Ella no sabía definir adecuadamente cuáles
eran sus enojos. Tenía que pensarlo muy bien. Mirarse al espejo y repasar de arriba
abajo las palabras. No sabía que le provocaba un temblor. Saberse correspondida
o aquellas palabras que le provocaban duda.
Esa persona, le causaba un
sentimiento de asombro, pero también de pánico. Su voz, no la podía olvidar y
se enmarcaba junto con ciertos recuerdos. Que le provocaban cierta risa
nerviosa. Él no era la persona más sensata, la trataba bien, la trataba mal, la
trataba. Ella no quería repasar las veces en las que no había entendido
claramente qué estaban haciendo. Hablando, tranquilizándose, ¿coqueteando?
Probablemente un conocimiento de
causa tenían los dos. Sabían bien como les afectaba la indiferencia. Él la ejercía
magistralmente, sabía cuando hablar, cuando ignorar. Ella también sabía, a
veces era amistosa y en otras ponía una línea de separación descomunal
irónica. Las líneas no les agradan, pero sirven de algo. Después, ella resentía
sus ejercicios de despojo y regresaba a él.
Una palabra entonces, una amable,
hay que deletrear. Es extraordinario lo que puede hacer una sola, abandonada, ¿cómo
una gota de lluvia, se puede convertir
en un chubasco torrencial?
Pero siempre una mirada, vale
más. Entonces él, soltaba, la soltaba, -no deberíamos vernos jamás. Y entonces…
solo existe él, más allá.

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