Las vías




Claudia seguramente no lo pensó cuando salió corriendo a las vías. Era madrugada. Sentía que el tren ya estaba por llegar. Y tal vez está vez lo vería. Corrió bastante hasta que empezó a temblar la tierra. El ruido se hizo más claro. No necesitaba luz, conocía bien el terreno. Conocía bien las piedras, la tierra mojada, la vegetación selvática. Hacía calor, sudaba, el vestido estaba empapado. No se había percatado que iba descalza. Se paró cerca de las vías. Cuando pasó el tren y se paró.  El ruido de la maquina cesó. Y  los murmullos, no eran los de la noche, sino los de los viajeros. Comenzaron a bajar en desbandada. No esperaba verlo. Solo buscaba entre la soledad. Camino de regresó a su casa. Pisó firmemente, mañana tal vez lo vería. Cuando se reunieran en el albergue. Cuando les sirviera la comida. Entre la gente cansada, sudorosa, temerosa del porvenir. Pensó en todo eso y llegó a la cama, se durmió. A las seis de la mañana, el gallo comenzó su canto. Se levantó. Se colocó otro vestido, se lavó la cara y el cabello en la tinaja. Tenía el cabello enmarañado, negro, rizado. Era morena, con el cuerpo formado. No tan alta. Carácter fuerte. Salió rumbo al albergue, saludo al padre y fue a la cocina, comenzó sus labores. Tenía el presentimiento de que tal vez ése era el día. Colombia no estaba tan lejana, la sentía cerca como todos los días. La comida empezaba a calentarse, las tortillas en el anafre. Estaba trabajando lentamente, ella sabía. A las siete, las personas ya se estaban sentando. Sus compañeras ya servían. Claudia salió de la cocina. El comedor estaba lleno. El padre convocó a la oración antes de comer. Pidió por los viajeros, por la vida. Ella rezó en  silencio y buscó entre las caras. La mayoría comían cabizbajos, cansados, rápido. La comida caía en sus estómagos. Masticaban fuertemente. Empezaban entonces las pláticas, los recuerdos, la añoranza por el otro lado. La melancolía de lo que se dejó atrás, familia, amigos, nación. Repasaba las caras. Él no llegó. Recuerda la primera vez que lo vio, tenía 17 años, ella servía la comida era una mañana igual a muchas otras. Colocó el vaso de leche sobre la mesa, él tomó su mano, ella la quitó bruscamente. Recuerda la excitación, la belleza de su rostro, los ojos castaños, la profunda tristeza. Piel morena, sonrisa fácil. Tenía un acento, le decía la Claudia. No se quedó mucho, lo suficiente para tenerla. Para quitarle la esperanza. Le dijo que su fueran juntos al otro lado. -Vámonos. Ahí vas a tener todo lo que deseas. Pero ella nunca ambicionó eso, su padre, sus hermanos, se habían ido, no sabía de ellos, el dinero llegaba. Su preocupación la hacía trabajar en el albergue. Él tenía un nombre colombiano, Dalton. Nombre extraño. Típico. Le hablaba de su país, emocionado por la vida que no tenía. Del narco. Del paraíso. Tenía 26 años. Tenía un acento. La llevó por las noches a la orilla del río. La mecía entre sus brazos. Tenía emociones fuertes. La tocaba seguro, como si la conociera, recorría su cuerpo. Ella era callada casi no le dirigía la palabra, le daba vergüenza. La noche en que llegaron los militares. Ellos estaban juntos, llevaba tres semanas que no pasaba el tren. Había muchos viajeros. Muchos migrantes. El albergue parecía bullicioso. Los cuerpos estaban relajados. El padre les hablaba de los cuidados, de no olvidar la lucha cotidiana. De no perder la esperanza. El cura era una persona muy clara en los apoyos que tenía que dar, del camino que Dios le había asignado. Claudia escuchó los gritos, las personas corrían. Él la agarró y corrieron. -Vamos a mi casa- le dijo. -Me van a agarrar, me van a agarrar. Y tal cual gritó. Acto seguido. Claudia llevaba lavando los trastes, tres años, cocinando, tres años, extrañando, tres años, esperando, tres años. Estaba segura de que él haría todo por regresar. Todos los días tenía un presentimiento, corría a las vías a esperar el tren. Miraba a los migrantes. Buscaba entre la gente. Ella no sabía olvidar, ella no podía olvidar. El padre se acercó y le dijo- te vez cansada Claudia-, sigues pensando en lo mismo, han sido tres años. Le tomó la mano, ella se dejó guiar, la llevó al traspatio, había mucha maleza. Le contó una historia de crímenes, de ultrajo. Se confesó ante ella. La frase se quedó en el aire -Esa noche solo estuvimos Dios, los militares y yo-. Por eso siempre los cuidaba, por eso siempre intento salvarlos. Entonces ella comprendió, se tiró a la tierra y lloró. Corrió a su casa y abrazó a su hijo, lo miró a los ojos ahí estaba él.

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