Marisela, Marcela, Marisol
“Quisiera pedirte perdón, pero el coraje es
más grande. Quisiera haberme mantenido lejos y no someterme a lo que me haces
sentir. Me ofreciste una amistad, pero yo, ¿para qué la necesito? Mi irascibilidad
no me lo permite.”
Saqué el papel de la máquina de
escribir, el maldito cuento no nacía, no iba. Seguía pensando en ella. Marisela,
Marcela, Marisol, de mis días. Cualquiera que fuera tu nombre, el recordarte,
me paralizaba en mi proceso creativo. Tomé la botella de tequila, me la empiné.
Solamente me quedaba mi machismo paralítico.
Mi celular estaba ahí, busqué sus
fotografías, me había enviado algunas con poca ropa. Disfrute mirarlas
detenidamente, una sonrisa (seguramente falsa), las inundaba. Me dieron ganas
de lanzarlo por la ventana abierta. Es increíble la manera en que avanzan los
errores. Marisela esa mujer valiente, Marcela la insegura y Marisol la pasión.
El cuento lo tenía que mandar en dos días, el concurso más significativo de la
nación. Ganarlo era mi esperanza desde los 23 años, cuando terminé ingeniería y no volví a los libros de química.
Realizaba algunas correcciones de estilo para una revista de la capital, ahí
escribía sobre rock and roll y mamadas. Ganaba algo de dinero y podía ir a
conciertos hípsters pendejones. Ahí la conocí, a mis 23 años, yo era la persona
más “x” de la tierra, ni amistades tenía, solo me la pasaba escribiendo miles
de historias y novelas, que aún no habían visto la luz. Le entregué el título a
mi familia y les dije que no me buscaran más.
El departamento donde vivía tenía
una mesa y una silla, un colchón en el suelo y mi ropa regada alrededor. En la
mesa estaba mi maquinita de escribir, le llamaba la veloz. Yo era un mamón de mierda, pues tenía lap top, pero
prefería escribirlo todo en ella, porque mis manos corrían por las teclas. Y
siempre me regalaba una gran satisfacción, ver la cara de las muchachitas que
me ligaba, cuando decían –escribes con esto, ¡qué sofisticado!-, regularmente
eran de alguna preparatoria o un CCH, no quería relacionarme con mujeres ingenieras,
ni de otras facultades. La razón muy simple, las mujeres que estudian
cuestionan demasiado, quieren una amistad. Las muchachitas quieren enamorarse y
desenamorarse, en cinco segundos.
A Marisol la conocí en ese
concierto, al cual me mandó mi editora, con la cual sostenía relaciones para
mantener mi trabajo, realmente no me empeñaba como debería, me la pasaba ebrio
en mi departamento de renta barata en la lagunilla. Tiro por viaje, cuando
estaba pedo, me asaltaban, yo ya no traía nada, solo recibía los golpes en el
cuerpo, pero la neta me valía madre, hasta disfrutaba el dolor. En algún momento
Marcela me dijo –deberías entrenar
boxeo, así por lo menos podrías defenderte- me dio tanta risa, ella me provocaba
una sonora risa, con su inocencia. El concierto era de un grupo muy subnormal
Rana Santacruz, ¿qué pedo? Trova Latinoamericana, baratona. Sin embargo a
Marisela le encantaba. Ponía esa música cada que podía y me dedicaba una cajita de barro y lloraba convencida
del amor, que inhalábamos y profesábamos en mi departamento semi vacío. La
complicidad de tenerla en mi vida, cuando quería ser apasionada, ya no lloraba,
me enfrentaba con mis demonios, me daba los ánimos para elaborar el cuento para
el concurso, cuando tenía esa necesidad loca de invitarme a bailar, Marisol era
la elegida. La que me envenenaba con sus historias de triunfos y esperanzas. Ella
estudió artes plásticas en Casa Lamm (una escuela hípster mamona), cuando la
veía dibujando esos bocetos y dudaba de los trazos era Marcela. Su cabellera
china, negra, su piel morena, era hermosa, sin duda. Ese día en el concierto me volvió loco su forma de ser, la
pasión cuando cantaba. Ese día yo solo vi a dos a Marisol y a Marisela, la
pasión y la valentía, cuando bailaba en su vestido rojo y sus piernas largas se
movían con el ritmo, cuando gritaba histérica de felicidad. No le perdí la
mirada, la atraje poco a poco. Le conté que estaba haciendo periodismo, que
venía a documentar el concierto, y que se notaba que ella era una fan. Lo cual
me lo confirmó, le invite una cerveza y la alejé de sus amigas.
Tengo marido dijo, no sé si
debería ir contigo. Subimos al bocho destartalado y nos paramos en el puto Oxxo
para comprar más provisiones. -Lo de tu marido me vale verga- le dije, -No nací
ayer- las palabras se perdieron en un beso. Cuando nos adentramos por las
calles de Tepito, la insegura Marcela, me pregunto las razones por las cuales
vivía en un lugar tan peligroso. Mientras yo tocaba sus piernas morenas,
suaves. Estando sobre el colchón fui quitándole el vestido, tres pares de ojos
pequeños, negros me miraban. Marisol la ardiente pasionaria me llevó a las
profundidades de Marisela y Marcela. Aún recuerdo sus labios abiertos,
delgados, moraditos.
Después de seis meses de repetir
con ella. Marcela se hacía cada vez más presente, su inseguridad, la que no la
dejaba terminar lo que empezaba. La que mantenía constantemente presente su
otra relación en nuestras conversaciones. En aquel momento Marisela estaba
pintando un auto retrato con tres caras. Ahí fue cuando entendí qué era ella.
En ese momento, también yo escribía el cuento, el que me haría triunfar. Cuando
empezó a hablar tanto de su relación con ese wey, que si tenía una casa, una vida. Me sentía tan insignificante,
yo ¿qué tenía?, nada. Busqué en varios brazos de jóvenes, sin embargo, la mirada,
su cuerpo dividido en tres, me había inundado. Me emborrachaba, desde las 12
del día, hasta la madrugada y Marcela se enojaba. Se encabronaba, ¿qué vas a
hacer hoy? Eres un pendejo. Marisela me tronaba los dedos, Marisol solo se
burlaba.
Asistía a los conciertos y un
buen día la vi. Desde lejos estaba con él. Ese día identifiqué que estaba
Marcela y Marisela. Toda la noche a su lado. Me acerqué a ella, poco a poco.
Cuando la tuve de frente, Marcela puso cara de pánico y habló Marisela –Jorge te
presento a Jacobo, él es productor de este grupo- El wey estaba un poco sorprendido, era un mamón. Me saludó y preguntó
¿a qué te dedicas, eres pintor? –No, escritor, estoy trabajando en una crónica
de éste concierto- Jacobo me miro de arriba para abajo y amablemente me ofreció
unos pases para el after party y me
prometió presentarme a la banda, darme la entrevista exclusiva, ¡qué mamada! –Todo
por el amigo de Marisol, Marcela, Marisela- dijo altivo. Ella esperaba que yo
no aceptara. Pero en ese momento me moría de celos. Fuimos al after, la banda entera se embriago y yo
con ellos, la vocalista estaba buenísima y le tiré los perros abiertamente. Marcela
me miraba enojada. En un momento, cuando el wey
platicaba con sus amigos hípsters, la jalé al balcón. Marisol se emocionó, me dio
un beso furtivo y me dijo que presentaría sus cuadros en Bellas Artes, no le
creí pero me gustaba como me choreaba. Le intente meter mano y Marcela saltó,
que su wey, que su wey,- ¡no mames!- le grité. La tomé entre mis brazos, ella
levantó la mirada y entonces me tiro el pedo directo –Me voy a Nueva York con
él-.
Mucho tiempo no me relacioné con
nadie, porque la furia me invadía de diferentes maneras, a tal grado que cuando
me enojaba ya no recordaba lo que hacía. Me gustaba escribir porque me podía
evadir de esa personalidad iracunda. Con el tiempo aprendí a estar solo, a no
relacionarme. Me gustaban las mujeres, las adolescentes regularmente no
cuestionaban mucho. En la carrera no me relacioné con nadie, estudié porque mis
padres se empeñaron y la verdad me dio igual. Un día en un encuentro con una
joven, a ella le dio un pason de coca. Murió en mi departamento y yo la saqué a
la calle y no me importó. Nadie respondió por ella. Marcela, Marisol, Marisela,
era la mujer que yo amaba, por alguna razón me impulsaba a llenar esos vacíos.
La agresividad de tener esta puta furia, me la mataba con un abrazo, una
mirada, una palabra, una cogida. Cuando me dijo que se iba, la puse contra el barandal.
Mis temores, mis grandes miedos respecto a la vida, respecto a mi incapacidad
de relacionarme con alguien, con la puta sociedad, estando en ese balcón se
veía toda la Ciudad, las luces pequeñas, y cuando le dije-¡vete a la verga! No recuerdo.
Ella calló.
La máquina ya no tenía tinta,
miré el papel llenó de palabras, lo saqué, lo arrugué y lo tiré a la basura. -No
hay cuento que no se hubiese escrito mil veces - decían mis profesores de la
facultad de letras.

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