Ojete

Hola, pues en estos momentos me encuentro en zamora, en mi patria chica... Como siempre añoras la ciudad de la Furia, por lo menos al gentío, la masa es hermosa de vez en cuando. Hice un cuento, inspirada en no se que personaje nocturno. ¡Disfrutenlo!


Ese día llegamos a la clínica, le tomaron la presión, le preguntaron su edad y ella mintió. Fue absurdo porque tenía la mirada de una adolescente y yo tal vez la un padre preocupado. La enfermera me sonrió mientras Adrianita se metía al consultorio del doctor, dónde le terminarían de arrancar la mitad de inocencia que había quedado intacta a pesar mis intentos por penetrarla. Tengo que admitir que siempre he sido un ojete. Empecé a hablar con la enfermera, me preguntó si estaba enojada con mi hija, yo la mire directo a los ojos y le contesté que no se hiciera la pendejita conmigo, su semblante cambió, tomó mi mano y me escribió su teléfono, seguro que la llamaría pensé.


Cuando salió, mi Adriana se veía más vieja, la dejé a una cuadra de su casa, no quería saber nada de esa niña. Mire mi mano y marqué; Nancy contestó emocionada le propuse pasar por su trabajo a su hora de salida, comencé a imaginarme el sexo con su uniforme blanco, como lo iba a embarrar de semen y si se pudiera de algo más por supuesto que lo haría. Tenía unos veinticinco añitos y yo era el lobo. Mi imaginación voló un buen rato, hasta que empecé a pensar en lo que ella sabría del cuerpo de un hombre mayor, llegué a la conclusión de que conocería exactamente como declina todo.


¡Que cojones tenía esa muchacha, no se intimidaba con nada! Le saqué el uniforme, tenía su ropa interior blanca, le hice a un lado el calzón y le metí todo sin miramientos, sus gemidos eran graves. Sin embargo algo pasaba, mi imaginación se dejaba ir, de repente Adrianita estaba riéndose a carcajadas, siempre inundaba todo con su voz delicada, ¿la odiaba o la quería?, sin duda la deseaba, era hermosa, su cuerpo joven, de una muchacha de diecisiete, suave y torpe. Nunca había tenido sexo con ningún hombre, yo fui el primero, sus manos no se movían antes de que yo la incitara, la besara. Era distinto, ahora salía con muchachos de su edad, niñatos, sin duda se aburría y volvía irremediablemente conmigo, el adulto ojete. Nunca supe hasta dónde podíamos llegar, todo paró cuando tuvo el retraso. De repente se me bajo la puta erección, Nancy se empezó a burlar, ¿no te tomaste tu viagra, anciano? La miré ofendido y simplemente se fue, al igual que mi orgullo por el caño.


Entre a la cantina y comencé con una cerveza, y otras más, al final tequila. Llegó Adrianita, más hermosa que nunca, se sentó y afirmaba que todo estaba perdonado, que era algo por lo que una mujer, tenía que pasar. Sin darme cuenta enloquecí, mis ojos estaban llorosos, ¡no eres una mujer, eres una niña!, le grité. Salí como pude a la calle, creo que una mujer desconocida me gritaba que regresara, entonces un claxon y una luz apuntándome. Después nada, estaba soñándola, pinche Adriana.


Cuando desperté en un hospital, unas enfermeras me veían al otro lado del cuarto y se reían, miré la razón de tantas risitas, tenía una erección del tamaño del mundo y me sentí avergonzado. Ellas se acercaron y me explicaron que era un milagro (la erección pensé), porque había sido atropellado y solo tenía una contusión en el brazo izquierdo, pero que no era nada grave que el doctor vendría posteriormente a visitarme. En eso llegó Adrianita, me avisaron que estabas aquí dijo, una vez más la tenía a mi lado, era bella y seguía siendo infantil, estaba toda llorosa, le supliqué que se calmara que le prometía que estaría bien, que la quería y haría todo por ella, estaba tan feliz. En la noche una de las enfermeras se acercó a mí y me preguntó por la edad de mi hermosa hija. Me sentí fatal, entonces me dio sorpresivamente su teléfono, dijo que quería conocerme. Estaba escrito en un papelito amarillo, lo tomé y leí Adriana y el número abajo. Inevitablemente me carcajié. Ella me miró extrañada, le dije que lo podíamos intentar ahí mismo a ver que pasaba, Adriana aceptó. Y de repente yo era el mismo ojete de siempre.

1 comentario:

Jose Luis Montero. Yoko dijo...

Irónico final. ME guatño mucho el cuento