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A veces brillabas


Brillas y brillas tan lindo y brillamos juntos entre pestañas divina, divina sonrisa abrazo de luna, de luna llena

Los momentos esquizofrénicos eran los más creativos, las escenas macabras que pintabas, todos esos cuerpos mutilados, la pintura que más me inquietaba, era una que por alguna razón no terminabas, una mujer en una tina llena de sangre, pero le faltaba el rostro. Esa pintura estaba en el caballete de nuestra habitación, nunca la movías, ni siquiera la mirabas, tenías otro caballete en la sala dónde trabajabas.

Y a veces brillabas, estabas parada en el umbral de la puerta, no dijiste nada que pudiese darme una respuesta a mi petición. Me entregué a ti desesperado, me abalancé sobre tu cuerpo, temblaba. Todo el tiempo busqué tu mirada, mientras te despojaba de tu falda. La penetración fue un acto fallido, porque ya no estabas. Intenté atraerte, me sentí extraviado. Tu piel siempre suave, tus piernas largas, blancas, demasiado excitante, me rebasabas.

Terminé con una exhalación tan fuerte y confusa, en el suelo de la habitación, -no sé lo que piensas, nunca-.  Me sentí de la chingada. –No llores- dijiste. Pero el llanto inundaba mi rostro, un hombre que llora –demonios-, no cuestioné ningún privilegio para llegar a eso. Te amaba y lloraba como un niño extraviado, la obscuridad empezó a avanzar desde la ventana.Miré el cuarto, estaba semivacío.

Cuando nos mudamos al depa, lo llenamos de libros, de objetos, de chacharas. Me sentí dichoso a tu lado, pensé en tu sonrisa, cada vez que disparaba la cámara.  Tu cabello rizado, castaño, cuando te levantabas por las mañanas eras siempre una confusión, después de un tiempo las pastillas, la esquizofrenia. Eras tan locuaz, -la locura es una prerrogativa de los artistas- pensaba… El caballete con la puta pintura, era lo único que no te habías llevado.

Lloraba porque me sentía despojado de todo, de ti. Me levanté y fui a la cocina por mi copa de vino, estaba sediento y asqueado; quería decirte que no era necesario vivir tu ausencia, por el contrario necesitábamos más tiempo para estar juntos. Te levantaste y empezaste a fumar, tranquila, era por las pastillas, te quitaban el brillo de los ojos. Me serví más vino, -no huyas, no te esfumes- recité. Pero no lo decía en serio, estaba mintiéndote, porque yo no podía estar contigo, en ningún estado, ni de locura, ni de ausencia. El acuerdo era que te dejaba ir, si tomabas las putas pastillas… Y lo hiciste, porque te quemabas por dentro, porque ya no pintabas, porque las voces te decían que corrieras lejos.

Me acuerdo cuando te conocí, en tu primera exposición, en esa galería de la Roma, puros hipsters y yo un fotógrafo, bohemio, blasfemo y ateo, te divisé entre tus cuadros macabros, no entendía, cómo todo eso había podido salir de ese cuerpo, te tomé una fotografía.

Después muchas más, tantas que ya no podía sacarte de mi cabeza. La esquizofrenia es una compañera difícil, incoherente, cuando estabas en ese estado, eras un sube y baja de emociones, podíamos irnos en el coche a tomar por culo todo… y coger en la carretera desolada, o podíamos estar encerrados en el depa, sin luz, ni agua, ni nada, -porque venían por nosotros-, yo me dejaba arrastrar, porque te amaba. Y las fotografías estaban prohibidas, porque el flash de la cámara te robaba el alma. 

Tengo muy presente que ese día hacía mucho calor, tanto que había puesto el ventilador nuevo que no había querido estrenar porque me había costado un chingo de varo. Te sentía a mi lado, esa noche tardé tres horas en hacer que durmieras, -las malditas voces en tu cabeza- Me fui quedando dormido, y de repente sentí la punzada, por un momento no era tan fuerte, abrí los ojos de golpe, y te vi encima de mí, tenías un cuchillo en tu mano. Tomé tu mano rápidamente y forcejeamos, te grité que era yo. Estabas muy alterada, gritabas, llorabas confundida. Llamé a emergencias, me di cuenta que también sangrabas, balbuceabas –tenía que salvarme de mi futuro-. Te sedaron en el hospital. Lo mío pudo ser más grave, si hubieras encajado bien el cuchillo. Tus padres decidieron internarte en un hospital psiquiátrico, dónde ya te conocían.

Transcurrió medio año, en el que te visitaba, y no querías verme. Hasta que apareciste ese día fue un viernes, eran las seis de la tarde, traías una mudanza, la última vez, por teléfono, lo habíamos acordado, tomarías las putas pastillas. Lo único que quedaba era el caballete, con el cuadro macabro (el sábado acordamos que lo recogerías) y ahí estábamos, yo siempre llorando, tu siempre huyendo y brillando. 

-Escapemos juntos, yo te puedo cuidar- declaré, -conozco cuando mientes- me dijiste. Entonces balbuceaste algo que en ese momento no entendí, -me siento como una pitonisa griega, prediciendo el futuro-. La verdad lo interpreté como otra de tus locuras. No podía ser más humillante la escena, no tenía la clave para acceder a tu cabeza. –Me tengo que ir, mañana paso por mi cuadro- fueron tus palabras.

Pasó una semana y nada. Cuando fui a buscarte a casa de tus padres, me recibió la  muchacha, me miro extrañada –no sabe joven, pobre-. La niña se suicidó, la encontraron, en una tina llena de pintura roja y sangre. 

Feliz Navidad

Todo depende de mi.

Prendí la radio y me puse a escuchar, "claro que me arrepiento porque ayer que fuiste mía no te supe hacer feliz", lo pensé un momento y me arrepentí de haber llegado a ese instante de plena soledad, estaba lejos de la luz. No sabia si era porque había elegido el camino más difícil, el revolucionario, el contestatario, el que no se conformaba, ni con la persona más hermosa del mundo, ni la más inocente. Apagué la radio, era demasiado tarde para mi. Tenía que pensarlo tres o cuatro veces, tenía que reflexionar. Salir no era la opción, ni tampoco volver a ti. Por eso solo me quedé. Y desde la ventana abierta entraba la música de banda de la vecina, "ya no te buscaré, no tiene caso, ya no te buscaré"Amanda.


Ojete

Hola, pues en estos momentos me encuentro en zamora, en mi patria chica... Como siempre añoras la ciudad de la Furia, por lo menos al gentío, la masa es hermosa de vez en cuando. Hice un cuento, inspirada en no se que personaje nocturno. ¡Disfrutenlo!


Ese día llegamos a la clínica, le tomaron la presión, le preguntaron su edad y ella mintió. Fue absurdo porque tenía la mirada de una adolescente y yo tal vez la un padre preocupado. La enfermera me sonrió mientras Adrianita se metía al consultorio del doctor, dónde le terminarían de arrancar la mitad de inocencia que había quedado intacta a pesar mis intentos por penetrarla. Tengo que admitir que siempre he sido un ojete. Empecé a hablar con la enfermera, me preguntó si estaba enojada con mi hija, yo la mire directo a los ojos y le contesté que no se hiciera la pendejita conmigo, su semblante cambió, tomó mi mano y me escribió su teléfono, seguro que la llamaría pensé.


Cuando salió, mi Adriana se veía más vieja, la dejé a una cuadra de su casa, no quería saber nada de esa niña. Mire mi mano y marqué; Nancy contestó emocionada le propuse pasar por su trabajo a su hora de salida, comencé a imaginarme el sexo con su uniforme blanco, como lo iba a embarrar de semen y si se pudiera de algo más por supuesto que lo haría. Tenía unos veinticinco añitos y yo era el lobo. Mi imaginación voló un buen rato, hasta que empecé a pensar en lo que ella sabría del cuerpo de un hombre mayor, llegué a la conclusión de que conocería exactamente como declina todo.


¡Que cojones tenía esa muchacha, no se intimidaba con nada! Le saqué el uniforme, tenía su ropa interior blanca, le hice a un lado el calzón y le metí todo sin miramientos, sus gemidos eran graves. Sin embargo algo pasaba, mi imaginación se dejaba ir, de repente Adrianita estaba riéndose a carcajadas, siempre inundaba todo con su voz delicada, ¿la odiaba o la quería?, sin duda la deseaba, era hermosa, su cuerpo joven, de una muchacha de diecisiete, suave y torpe. Nunca había tenido sexo con ningún hombre, yo fui el primero, sus manos no se movían antes de que yo la incitara, la besara. Era distinto, ahora salía con muchachos de su edad, niñatos, sin duda se aburría y volvía irremediablemente conmigo, el adulto ojete. Nunca supe hasta dónde podíamos llegar, todo paró cuando tuvo el retraso. De repente se me bajo la puta erección, Nancy se empezó a burlar, ¿no te tomaste tu viagra, anciano? La miré ofendido y simplemente se fue, al igual que mi orgullo por el caño.


Entre a la cantina y comencé con una cerveza, y otras más, al final tequila. Llegó Adrianita, más hermosa que nunca, se sentó y afirmaba que todo estaba perdonado, que era algo por lo que una mujer, tenía que pasar. Sin darme cuenta enloquecí, mis ojos estaban llorosos, ¡no eres una mujer, eres una niña!, le grité. Salí como pude a la calle, creo que una mujer desconocida me gritaba que regresara, entonces un claxon y una luz apuntándome. Después nada, estaba soñándola, pinche Adriana.


Cuando desperté en un hospital, unas enfermeras me veían al otro lado del cuarto y se reían, miré la razón de tantas risitas, tenía una erección del tamaño del mundo y me sentí avergonzado. Ellas se acercaron y me explicaron que era un milagro (la erección pensé), porque había sido atropellado y solo tenía una contusión en el brazo izquierdo, pero que no era nada grave que el doctor vendría posteriormente a visitarme. En eso llegó Adrianita, me avisaron que estabas aquí dijo, una vez más la tenía a mi lado, era bella y seguía siendo infantil, estaba toda llorosa, le supliqué que se calmara que le prometía que estaría bien, que la quería y haría todo por ella, estaba tan feliz. En la noche una de las enfermeras se acercó a mí y me preguntó por la edad de mi hermosa hija. Me sentí fatal, entonces me dio sorpresivamente su teléfono, dijo que quería conocerme. Estaba escrito en un papelito amarillo, lo tomé y leí Adriana y el número abajo. Inevitablemente me carcajié. Ella me miró extrañada, le dije que lo podíamos intentar ahí mismo a ver que pasaba, Adriana aceptó. Y de repente yo era el mismo ojete de siempre.

Quiero olvidar hasta mi nombre

Éste cuentito, es pura ficción, sin embargo intenta hablarles de algo que para nada fue ficción, la represión que vivieron las organizaciones armadas en los años setentas, fue cruenda y exagerada, la guerra es dolorosa, sin embargo en un país dónde aún no existe justicia para los presos políticos, los desaparecidos y los asesinados, la historia punza y no deja cicatrizar las heridas. Lo único que me queda decir es ni perdón, ni olvido.

María estaba asustada, como si le hubiera pedido que lo matara. Tal vez intuía demasiado. La tranquilice y me hizo prometerle que no le pasaría nada al tipo. Ese día tuvimos relaciones y eso la hizo más humana, lo cual me perturbaba. Al otro día, el rescaté no había llegado, el dinero no estaba en el lugar acordado. La organización nos dio a los tres una orden estricta. Nadie quería asumir esa responsabilidad. En la otra habitación estaba un condenado, ¡por favor era rico! y su familia no había pagado nada. María había recibido el mensaje, el flaco estaba asustado, era un chiquillo de 19 años. Entonces tomé mi arma y entre al cuarto. Cuando salí, yo ya no era humano.

Porque tenía que haberse suicidado mi viejo. Justo cuando estábamos más cerca el uno del otro. Heriberto se llamaba, fumaba unos tabacos que olían a madres y nunca me dijo que me quería. Cuando se suicidó me dejo una nota condenándome por jugar a la guerra. La prensa había llegado a su casa, el imbécil había usado mi arma. La policía política estaba como perro rabioso, a por nosotros. Yo lo quería un poco, sólo un poco.

María salió de la casa de seguridad y se dirigió a la cafetería, ahí ya la estaban esperando. Por fin entraría infiltrada, como criada de ese disque empresario. Ella nos indicaría ¿cómo? y ¿cuándo? dar el golpe. Yo confiaba mucho en ella, era mi único asidero. La clandestinidad era menos complicada, si me hablaba. Nunca supe su verdadero nombre, ni conocí absolutamente nada de su pasado, sólo me sabía de memoria su cuerpo delgado, moreno, y su cabello largo y negro. Aun así, para mí, era la más hermosa. Yo le llamaba Tania la guerrillera y ella me decía que no la chingara.

El tipo sollozaba y el llanto se mezclaba con la sangre que emanaba de su cabeza, estaba amordazado en una silla de madera, la única que teníamos en la casa. Nunca pensé en lo difícil que sería enfrentarme a la realidad de un país que se desmoronaba en la pobreza y la impunidad. Aún recuerdo que el 2 de octubre, como si fuera ayer. Estaba en la casa de mi padre, no salí, ni estuve en la Plaza de las Tres Culturas. En ese momento era un joven vale madres, que no sabía nada de la vida. Pero Joaquín, él era grande, su cuerpo el de un atleta, yo pensaba que era intocable, estudiaba ingeniería en la UNAM. Ese fatídico día no lo vi irse a la manifestación que saldría rumbo a Tlatelolco, ni siquiera me pude despedir. Él acostumbraba traer los volantes de las manifestaciones a la casa y platicarme durante horas que algo grande estaba por suceder, que las condiciones estaban dadas para que al fin se modificara el gobierno autoritario de nuestro país. En cambio, yo me sentí morir cuando su novia Laura llegó en la madrugada, parecía un alma en pena, su cara no parecía la de ella, estaba desencajada. Apenas la habían dejado escapar de aquel espanto, sin embargo a mi único hermano lo habían asesinado. Su cuerpo quedó tendido en la plaza, junto al de otros cientos de jóvenes rebeldes.

Miré al pendejo y le dije que se calmara que no era para tanto, solamente le había dado un golpecito. Le dije que mi compañera lo curaría. La habitación estaba en penumbra, habíamos puesto algunas velas para poder ver, no teníamos electricidad y el individuo estaba realmente asustado. María entró y lo miró con pena, traía consigo unas gazas y alcohol para limpiar la herida. ¿Por qué le tenía tanta lastima? Era un desgraciado,  se había enriquecido con el dinero del pueblo explotado. Al final lo dejaríamos ir cuando nos dieran el pago rescate. La organización nos presionaba para que actuáramos. El plazo se vencería dentro de dos días. El tipo era un empresario cervecero, a veces me ponía a platicar con él, para contarle de nuestros ideales, de nuestras consignas. Sin embargo no entendía, pensaba que el capitalismo lo era todo. Negaba la lucha revolucionaria, nos negaba a nosotros, -ustedes son muy jóvenes, estudien y verán que algún día lograrán llegar hasta dónde estoy-decía. Ese día me desesperó y le di un golpe seco en la cabeza con el arma. Inmediatamente entró el flaco y me dijo que no podíamos pegarle que así no éramos nosotros. Contesté que así no era él, pero yo sentía tanta rabia contenida recorrerme las venas, era el recuerdo de mi hermano.

Mi viejo tenía fotos de nosotros, de cuando éramos chicos, estaba tan orgulloso de mi hermano Joaquín que cuando murió ya no quiso hablar. Yo le tenía que sacar las palabras a la fuerza. Su hijo el universitario había dejado de existir, el único que sería alguien en la vida ¡no un pobre obrero pendejo! Tenía tanto dolor que se volvió alcohólico. No tenía casi dinero, pero malgastó lo poco que había juntado en la bebida. Cuando me fui a la guerrilla, me senté a platicarle que lo hacía por un México digno, sin pobreza y sin explotación. Le dije convencido que era lo que mi hermano hubiese querido. Se lo dije todo y él no me dijo nada, sumido en sus fotografías, él también había dejado de existir.

El día que dimos el golpe, ella era nuestros ojos. Había estado un mes limpiando la mierda de esa gente rica, se había grabado todas las rutinas de sus patroncitos. Ese día tuvimos suerte y el empresario sólo llevaba una escolta. El Flaco y yo, los interceptamos a cuatro cuadras de la residencia. Fue relativamente fácil. La organización pidió a su familia diez millones y les puso un plazo de tres semanas para pagar. Sería la expropiación más grande que haríamos. María llegó dos días después, nos contó detalles de la reacción de la familia y de cómo había logrado salir librada, a pesar de que a todos los empleados los había interrogado la policía política. Como era mujer y tenía rasgos indígenas, ni la pelaron.

Antes de que se suicidara, lo había ido a ver, sentía la necesidad imperiosa de hacerlo. Había estado presente en la muerte de un hombre, tenía que sacarlo de alguna manera. Cuando llegué Heriberto estaba ahogado en alcohol y lloraba como un niño. La casa parecía ruinosa, no era como en mis recuerdos de infancia. No había luz y mi padre estaba envejecido en medio de la sala sin cosas. Me saludo como antes, me invitó y nos tomamos un aguardiente terrible. Recordamos a mi hermano y lloramos, la soledad era lo único que teníamos. Pensé en María, pensé que si lográbamos ganar la revolución, seríamos los más felices, tal vez tendríamos hijos, nos amaríamos libremente y viéndonos a los ojos, diríamos por primera vez nuestros verdaderos nombres. Ya no me llamaría Alfonso, ni yo le diría María, ni mucho menos Tania la guerrillera.

Era primero de Junio de 1973, María compró muy temprano el periódico, el Alarma, tenía en la portada al empresario. El tiro en el pecho enmarcaba la imagen, -así era la guerra- pensé. La DFS nos seguía la pista. ¡Puta madre! cuando lo vi no hice nada, la regla era no decir nada de nuestro pasado. En las páginas interiores del diario, aparecía la foto de mi padre, se había volado los sesos.
El flaco no había llegado a dormir, tenía que estar en la casa, pero no. En la tarde había salido a volantear el periódico que producíamos, El Revolucionario, lo repartíamos afuera de las fábricas. Tal vez lo habían agarrado. Dudé y pensé estúpidamente que volvería. Que tal vez como yo, habría querido ir a  ver a su familia, si es que tenía. Sentía tanto dolor que no carburé bien. En la madrugada María estaba histérica. Todo se trataba de ella, el flaco y yo, los únicos que sabíamos la verdad de las cosas.

Cuando entre a la habitación, pensaba amedrentarlo con el arma, presionarlo para que hablara por teléfono a su familia y exigiera el rescate. Tal como la organización nos había indicado. Pero él me miró despectivo y me dijo que estaba preparado para morir ahí. Me dijo que si quería hacerlo justo, que lo desatara y viéramos de a como nos tocaba. La rabia recorría mi cuerpo. Tanta pobreza, tanta impunidad y él solo tenía soberbia. Lo desamarré de la silla y le quite la venda, entonces se abalanzó sobre mí y me dio un puñetazo, forcejeamos  y de repente el ruido de un disparo seco llenó la habitación. El empresario sangraba sobre el suelo, mi cabeza daba vueltas. 


La miré fijamente, quería verla por última vez. Le dije que destruyera todos los papeles, empezamos a quemarlo todo en el lavabo, nos teníamos que ir. En eso tocaron a la puerta, me asomé a la ventana y era el flaco, ese chiquillo de 19 años. Sin embargo parecía otro, sus ojos tenían el pánico tatuado. Cuando tiraron la puerta y empezó la balacera, eran diez contra dos jóvenes revolucionarios. Yo no tenía mi arma,  mi padre me la había sacado para acabar con su dolor. María agarró la suya y valientemente les disparó, pero la ráfaga le cayó de lleno en ese cuerpo bendito que me sabía de memoria. A mí me hirieron en una pierna, caí y cerré los ojos fuertemente. Solamente quería estar con ella para siempre y olvidarlo todo, hasta mi nombre.

Ojos Blancos

Hola a todos, les escribo éste cuento desde mi patria chica, son las dos de la mañana y todo sereno. De verdad espero que no les guste... dejen sus comentarios.

Por cierto antier se aprobó el matrimonio y la adopción gay. La verdad que es un gran avace, solo espero que el chico palacio/ jefe de gobierno de la ciudad de la furia, no se deje envenenar por los curas pederastas y la derecha mierdera.

Me despido de ustedes fieles lectores (si como no!!). Hasta otro día, cuando todos y digo todos salgamos del closet, por que la verdad es que ahí adentro está muy apretado el asunto.


OJOS BLANCOS

La ciudad de la furia se encontraba en silencio, estaba muda. Cuando se escuchó el disparo, el ruido despertó únicamente a los muertos. Las tres personas que vieron a la muerta. Si hubieran hablado entre ellos, se habría impresionado, tal vez hubieran podido consolarse, evitar la tragedia. Sin embargo individualmente solo tenían la certeza de que la mujer se parecía demasiado a una hermana, a una amiga y a un deseo.

Ese día, tres extraños estarían unidos sin saberlo por un asesinato. La niña, adolescente, mujer, tenía pelo castaño común, su tez era clara, la estatura no tan alta, ni tan baja, las manos delicadas, sin embargo sus ojos al momento de morir quedaron abiertos y misteriosamente blancos.


Yo era uno de ellos. Abel Quezada, periodista. Esa madrugada presencie una pelea entre un hombre alto, fornido y una joven que aunque no pude ver en ese momento, la presentía hermosa entre las sombras. Escuche distraído su platica, al principio no gritaban, después el individuo se inquietó y golpeó la pared, ella le decía que no quería seguir con esa vida. El fornido la golpeo en la cara y ella cayó. Yo los miraba perplejo, pero no impedí la agresión, estaba inhibido por la coca y pensaba que después de todo el negocio de la carne era peligroso.

Ese día por presión de mi mejor amiga había asistido a una reunión de drogadictos anónimos, me había dado tanta pena mi propio caso, que no había opción más que escapar de ahí a toda prisa. Ariadna, la “ princesa de Minos”, como yo la llamaba no me lo habría perdonado, yo sabía que la quería un poco, sin embargo el sexo nos había complicado la amistad, ella me amaba y yo era un adicto que vivía en otro mundo, lejos de la realidad.

Cuando el hombre sacó el arma pensé en gritarle algo así, cómo soy periodista, pero no creía poder ni siquiera emitir algo coherente. Yo la hubiera salvado, sin embargo la blanca nieve y su viaje eran más fuertes. En eso se escuchó un estallido. La bala le perforó el corazón, la mató al instante. El fornido corrió, la noche se lo trago. Fui el primero en acercarme y cuando la vi, mi “princesa de Minos” estaba tirada, su cabello era el mismo, su cuerpo, sus curvas también, sin embargo a sus ojos verdes se los había tragado la muerte y eran blancos. Entonces una anciana haraposa se acercó y yo brinque inquieto, la droga me estaba poniendo paranoico.

Me acerqué lentamente al cuerpo, no podía distinguirla bien y la pierna me dolía más que nunca. Un chico extraño estaba mirándola, parecía alterado. Yo la conocía, era una prostituta y yo una indigente. Ella era tan inocente y se parecía tanto a mi hermana Carolina, que desde que la conocí nos hicimos confidentes de calle y vecindad. La pocilga dónde yo me refugiaba por las noches albergaba todo tipo de negocios sucios. Las prostitutas, eran chamacas pueblerinas. Yo las conocía a todas, aunque solo le hablaba a ella, porque de vez en cuando me daba algo de comida, sabía que estaba casi ciega y que no podía caminar así que se compadecía de mí. Ella era huérfana. Y aunque no tenía un futuro fuera de ese mundo, era dueña de un aura de eterna inocencia, como si todo el tiempo estuviera pensando que eso era temporal. Yo estaba convencida de que eso era lo único que no le arrancaron esos animales infelices y llenos de perversión. Y yo tan vieja, no le pude dar ningún consejo que la ayudara, si Carolina estuviera viva, tal vez ella nos hubiera rescatado a las dos, nos sacaría de ahí, me curaría la pierna y a ella el espíritu. Cuando logré estar cerca de ella, me arrodillé a su lado y llorando, le tomé la mano. Mire su rostro y eran los mismos labios, los de mi hermana y sus manos, sin embargo sus ojos negros de ella, estaban extrañamente blancos. Después de un rato un policía me ayudó a levantarme y me preguntó por ella.


Cuando llegué a la escena del crimen, vi el cuerpo de una joven de mediana estatura, de tez clara y cabello castaño, por el aspecto de su ropa pude deducir que era una prostituta, a nadie le va importar pensé, algún cliente la habrá matado. Tal vez no la chupaba bien. Decidí entrevistar a los únicos testigos, un periodista Abel Quezada y una anciana indigente que dijo llamarse María Rodríguez. El periodista no dejaba de temblar y me dijo que había sido un individuo fornido, alto, y que no había visto más, la vieja corroboró que ella era prostituta y que a parte de todo era una santa, que pendejada. Dejé que se llevaran el cuerpo, estaba seguro que nadie reclamaría por la pobre diabla. Hice el informe y me fui a casa con mi mujer. La encontré dormida, siempre estaba dormida, recordé entonces el cuerpo de la prostituta, sin duda estaba buena, me empecé a calentar, se me paró y entonces me acerqué a mi mujer, tenía puesto un camisón largo de abuela, se lo levante, ella se movió un poco, le baje el calzón y entonces se despertó. Me pregunto qué hacía, me le trepé encima y me miró angustiada, me gritó que no y tapé su boca. Seguí sin que me importara nada, cuando me di cuenta, ya me había venido, ella no se movía, su boca estaba abierta y entonces recordé los ojos de la muerta, estaban blancos como los de mi esposa.

En ese instante la ciudad de la furia no grita, no se exalta, cuando una mujer muere, se queda callada esperando porque el ruido solo despierta a los muertos.

Diario ficción


Hoy
Labor catártica, escribir un diario ficción. Tal vez mi falta de interés en escribir últimamente se deba a que no me ha sucedido nada distinto de la cotidianidad gris que me abruma en el vacío. Ante ello y para no aburrir a los lectores del blog. Empezaré una locura.

Hoy me levanté en la madrugada y lo encontré a él, estaba durmiendo a mi lado, se veía igual que un bebé enorme y desnudo. Sus pies estaban amoratados por el frío, decidí sacar unos calcetines de lana y se los puse cuidadosamente, silenciosamente.

Ayer estaba en mi casa tomándome una cerveza y me sentía cansada, entonces marqué su número de teléfono, sonó, sonó y me contestó Isabel, -¿está tu hermano?- salió. Entonces abrí la puerta del departamento y corriendo atravesé el parque, la acera, la tienda, hacía un frío de la chingada, no tenía un rumbo fijo solo sabía que lo encontraría por casualidad, cuando terminé, regresé y me lo encontré parado en la puerta, no lo saludé, le abrí la puerta,- ¿estabas tomando?- Estás loca- dijo. Lo llevé a la cama y lo calenté, cuando estaba a punto de venirse, hizo una cara de melancolía, que me recordó que en Mayo, nunca hace frío.

Después de observar a mi obra maestra, “el bebé gigante, con los calcetines de lana”, me levanté y prendí la computadora, me conecté a la red del vecino y decidí redactar algo para mi blog…

Hoy
Labor catártica, escribir un diario ficción. Tal vez por el frío no he podido escribir, últimamente se me van las ideas. Haya afuera todo es gris y me siento vacío. Ante ello y para no aburrir a los lectores de éste blog. Empezaré una locura.

Hoy me levanté en la madrugada y la encontré a ella, estaba durmiendo y me daba la espalda, se veía nerviosa, sus pupilas parecían moverse rápido dentro de sus parpados. Deseaba apagarla, ella no era normal.

Ayer estaba bebiendo y escuché el teléfono sonar, me espabilé un poco y contesté, borracho, -bueno- hola soy Isabel, necesito verte. Cuando llegó, parecía acalorada, afuera hacía mucho sol, la invité a pasar y le ofrecí mezcal, -estás loco te vas a quemar el estómago-dijo y se dirigió al baño, la seguí a la bañera, se quitó la ropa, me aventé sobre ella. Cuando estaba a punto de venirse, hizo una cara de placer, que se me antojo fotografiar, entonces la deje ahí sobre el lavamanos busqué la cámara y la empecé a capturar, su cuerpo aperlado, brillaba por el sudor y parecía morir a cada click que yo daba. Cuando terminamos la recosté sobre la cama y recordé que en Diciembre, nunca hace calor. Mientras ella dormía se me antojó escribir para mi blog, prendí la computadora y…

Hoy
Labor catártica, escribir un diario ficción. Tal vez por el calor no he podido escribir últimamente. Hallá afuera el sol es sofocante y me siento atontado. Ante ello y para no aburrir a los lectores de éste su blog. Empezaré una locura.

Ayer me desperté sobresaltado porque escuché ruidos provenientes del cuarto de Isabel, entonces decidí ir a ver que pasaba, me escabullí silencioso y logré ver que alguien la tenía amarrada sobre la cama, era otra mujer y jugaba con un artefacto extraño sobre el cuerpo de mi amada. Después de un rato de muchos gemidos, Isabel parecía llorar, mientras la otra mujer le mordía los senos, de repente la intrusa utilizó sus dedos y la hizo venir de una forma escandalosa. Cansado de observar aquel teatro de arañazos, sin cesar, pensé que Isabel parecía peor que gata en celo y eso era decir demasiado. Fui a la sala y de mal modo me dormí en el sillón.

Hoy me despertó Isabel, estaba acariciando mi pelo y yo solo la miraba apaciblemente. Entonces apareció esa horrible mujer, que me quitaba los afectos de mi amada. Decidido a echarla, me lance contra ella y le arañe el rostro. Solo recuerdo que la intrusa gritaba y lloraba, Isabel me regañaba y entonces corrí al cuarto, me escondí debajo de la cama, solo esperaría un rato a que se fuera la mujer y entonces volveríamos a ser como antes Isabel, el sillón y el gato negro. Otra vez solos nosotros tres.


A PROPOSITO DE LA NAVIDAD



Les dejo éste cuento navideño. Yo no festejo navidad, ni año nuevo, por cuestiones ideológicas y de convicción; sin embargo se que muchos de mis amigos si lo hacen, así que considerenlo un regalo de Navidad y año nuevo; y a los que al igual que yo, no creen en ello, pueden pensarlo como un regalo de parte mío en un día de todos los días de nuestras vidas.

Y yo, ya no supe más de mí

No quiero levantar sospechas sobre mí, espero que no tengas nada que decir, lo intento todo para ser mejor de lo que fui, de lo que fui hasta ayer, no hay nada nuevo bajo el Sol, ni escombros de un amor que pueda recoger, no tengo nada que esconder…
Los Bunkers, No hay nada nuevo bajo el Sol.

1.
Mi hermana Claudia entró a mi cuarto preocupada, enojada, me dijo que estabas en la entrada, que te veías inadaptado, como siempre. Me pidió que te corriera, que no te dejara entrar, que habláramos rápido, que te dijera que yo ya estaba en otro rollo distinto al tuyo.

Carlos le gritó a mi hermana, ella bajó corriendo y le explicó que yo hablaría contigo. Él mascullaba nervioso, creó que le decía a Claudia que no me lo permitiera, que eras malo para mí. Siempre le caíste mal, cuando me veía hablando contigo, después me decía -ese Roberto se las da de conquistador, pero solo es un puto sin futuro- y me explicaba que sabía que eras un puto porque constantemente estabas en el parque con esos amigos tuyos que eran drogadictos y que lo más seguro es que se vendían por dinero, para conseguir más mota. Mientras Carlos me sermoneaba, mi hermana se ponía celosa y le pedía que fuera al mercado por jamón u otra cosa, yo sabía que era para alejarlo de mí.

Hay Roberto cuando abrí la puerta y te miré, me acordé de golpe de todo lo que vivimos juntos. Cuando murió mi mamá, mi hermana que en ese momento tenía 25 años, trabajaba como secretaria en el consultorio de su futuro y flamante esposo, de hecho creo que a los 6 meses se casaron. Yo sufrí mucho, ella trajo a Carlos a vivir a la casa y yo tenía que aguantar todo, porque supuestamente estaba estudiando. En realidad no entraba a clases y me la pasaba con la Popi, con Nico, contigo y los demás. Tú trabajabas en la tiendita de tu padre, que estaba enfrente del parque, siempre estábamos ahí tomando cerveza. Para la gente del barrio, siempre dábamos de que hablar, que si éramos unos drogos, alcohólicos y promiscuos, por supuesto no nos importaba y nos burlábamos de ellos, de sus vidas patéticas. Cuando llegaba la noche, los dos estábamos ebrios y vagábamos por las calles en la moto a toda velocidad, me acuerdo que a veces íbamos a un motelillo que estaba cerca de mi casa, entre risas alcoholizadas, sacabas un porro, en ese momento yo volaba, me reía, hacíamos el amor a veces lento, a veces rápido, era una locura, no sentía nada, eran viajes a otro mundo. Yo nunca te pregunté donde conseguías las droga, ni que hacías para tener dinero, la tiendita no debía de dar para mucho, sin embargo tu si que tenías, me regalabas ropa, peluches, muchas chucherías. Estaba segura de que estaríamos unidos para toda la eternidad, era una niña, a los 17 años ¿quién sabe lo que quiere?

Yo te propuse ir al parque, donde todo había empezado. Caminamos del brazo, te veías más viejo, tus manos se veían más gruesas, supongo que era el trabajo en la cementera, yo estaba emocionada de verte, de caminar junto al amor de mi vida. Tengo que confesar que temblaba pero no era de frío, tu me observabas te quitaste la chamarra y me la diste, entonces cuando llegamos a la banca donde siempre nos besábamos, te pregunté si tenías pareja, novia, amante o algo parecido, tu me miraste serio inconfundible, esa mirada me lo dijo todo. Entonces te besé profundamente, como antes. Luego caminamos en silencio hacía el motelillo, entramos como si lo hubiésemos planeado mucho tiempo atrás, pedimos una habitación, el muchacho que atendía nos dio la 20, en esa habitación pasaron muchas cosas pensé, entramos y se veía más pequeña, reflexioné cuanto habíamos crecido. Cuando estaba acostada desnuda junto a ti, te conté que estaba terminando la carrera en contabilidad, que no me gustaba mucho, pero que lo sobrellevaba. Parecías cansado, estabas como triste, me dijiste que no te ibas a quedar por mucho tiempo, que tenías que regresar al trabajo a San Luís. Te conté entonces que andaba de novia con un abogado, que conocí por una amiga de la carrera y que pronto sería la esposa maravillosa de un licenciado. Tú estabas serio, te dije otras cosas, no se si me escuchaste.

2.
-Señor Roberto Fernández, si se llama así, ¿no?, sabe la razón del porque está usted detenido.

-Solamente me dijeron que le había pasado algo a Támara, que estaba desaparecida.

-Ayer 24 de Diciembre, usted fue el último que estuvo con ella, eso nos dijeron su hermana Claudia Martínez y su marido Carlos Ibarra, ellos pusieron la denuncia.


-Señor Fernández nos puede decir ¿qué hizo con la señorita Támara Martínez el día 24 de diciembre, entre las 6:00 de la tarde y las 10 de la noche?

3.
Estaba parado frente a su casa, me acerqué y toqué el timbre, no sonaba, entonces saqué la única moneda que traía conmigo y empecé a llamar a la puerta.

Salió su hermana, me miró escudriñándome, buscando la razón de porque había vuelto, me dijo que no estaba, yo sabía que mentía, le dije que solo sería un rato, no me dejó entrar y esperé afuera, antes de ir por ella murmuró entre dientes- tenía que venir éste pendejo y en noche buena, yo pensé para mis adentros- que a la chingada, con su puta noche buena-. Traté de calmarme, hace 6 años que no la veía.

Mientras estaba esperándola afuera, llegó el esposo de su hermana, me vio como siempre, con desprecio y entró a su casa gritando no se que cosas. Supongo que desde un principio estuvo celoso porque cuando salía con Támara, él sólo la miraba con esa mirada de deseo clavada en sus retinas. Él se había casado con su hermana, porque ella no lo pelaba, yo creo que pensaba que podía estar cerca de Támara y que terminaría enamorándose de él.

Cuando por fin salió, me vino a la mente la primera vez que la conocí era tan hermosa como ahora, solamente que antes tenía la mirada más inocente, de quien no conoce las cosas. Ese día ella estaba en el parque con su amiga de la escuela, a la que le decíamos la Popis, yo le hablaba porque era hermana de Nico, mi compa, mi hermano de aventuras. Támara estaba con el uniforme de la secu, se veía linda, como era de esperarse nos presentaron. Desde entonces nos veíamos en el parque todos los días, su madre estaba muy enferma, para ella era difícil y sus escapadas para vernos eran su única distracción. Fuimos muy amigos. Cuando entró en el último año de la prepa, su madre murió, fue un golpe muy duro, lo bueno es que yo estaba con ella y la cuidé, si que la cuidé.

4.
Empezamos a hablar despacio, nos preguntamos lo normal, ¿cómo estábamos?, ¿qué hacíamos en ese momento? Expliqué que había llegado hace una semana al pueblo, que la quería ver y por eso la busqué, no sabía si la encontraría viviendo todavía en la misma casa. Ella se mostró interesada, me preguntó si el trabajo era bueno. Yo estaba francamente emocionado pero me mostré serio. Támara es lo mejor que ha pasado en mi vida. Ella es inteligente, cuando yo la dejé fue porque sabía que nunca le podría dar algo bueno, yo estaba metido en cosas y me estaba volviendo alcohólico. El día que nos despedimos en la estación de autobuses, Támara no paraba de llorar, de decirme que no me fuera sin ella. Yo le dije que terminara de estudiar, que sería lo mejor para los dos.

Fuimos a las 7:00 p.m. al Motel que está cerca de su casa, como a cuatro cuadras. Lo hicimos, después como a las 9:30 p.m. salimos y nos despedimos. No supe más de ella, pensé que iría a su casa a festejar Noche Buena.

-¿Sabía que la señorita Támara Martínez, no regresó a su casa?

-Evidentemente que no, ya se los dije.

-¿Sabe que ella fue asesinada?, y ¿Qué antes fue violada? la señorita Támara Martínez está muerta, usted la asesinó. Encontramos sus huellas señor Fernández, por todo el cuerpo de la joven, estaba tirada en un contenedor de basura, pero eso usted ya lo sabe, puesto que la puso ahí después de asesinarla. La asfixió, la violó, sabemos que lo hizo. También conocemos de usted que antes robaba y que consumía drogas; huyó del pueblo porque tenía problemas con su proveedor y con nosotros, la justicia.

-¡Yo no la mate! Necesito un abogado.

-¡Deje de mentir hijo de puta! ¿Sabe cuántos años de cárcel le esperan por haber asesinado a un muchacha y por haberla violado? 40, 40 años y sabe que es lo peor, que ahí dentro le van a hacer todo lo que le hizo a esa pobre chica, pero será mil veces peor.

El sargento mando arrestarme, todo fue muy rápido, por más que intentaba defenderme, todo apuntaba a que yo la había matado, no hubo poder humano que hiciera que cambiarán de opinión, que se dieran cuenta de la verdad. Su hermana Claudia declaró ante el juez, que yo siempre había sido un vago, que cuando vivía en el pueblo, salía con Támara y que yo la drogaba y la alcoholizaba; Su esposo Carlos dijo que lo más seguro era que yo había estado celoso de que ella se había comprometido y que cuando Támara me lo dijo yo habría ardido en furia. Armaron una historia dijeron que después de despedirme de ella yo la había seguido, que la había asfixiado, pero que no me había conformado con eso sino que aparte después de muerta la había violado. Todo parecía inverosímil, todos me señalaban, en el cuerpo solo estaban mis huellas. Cuando el juez dictó 38 años de cárcel, yo no lo podía creer. Pero lo que más increíble me parecía era que Támara ya no estaba, el amor de mi vida había desaparecido del mundo, jamás la vería de nuevo emocionada.

5.
Támara nunca te voy a olvidar, me dijo Roberto al despedirse. Estábamos afuera del Motel y él parecía consternado. Yo lo besé convencida de que sería la última vez que nos veríamos, yo me casaría con Francisco. Entonces empecé a caminar y lo dejé ahí, sentí como me miraba. Caminé hacía el parque y de ahí doble hacía mi casa. En eso escuché que alguien me llamaba, me paré y entonces vi a Carlos parecía alterado ¿de dónde vienes? Preguntó, no le contesté y seguí caminando. Entonces me agarró del brazo, traía unos guantes de esos que usaba en el consultorio. -Se que fuiste con Roberto al motel, eres una puta- me dijo. Yo lo miré y todo me parecía sacado de contexto, como si no estuviera pasando. Él estaba llorando, histérico balbuceaba que me amaba y que siempre lo había hecho, que no se podía resignar a que yo me casara, pero que lo peor era que todavía me acostara con ese puto de Roberto. Entonces sin decir más puso sus manos en mi cuello. Y yo, ya no supe más de mí.

Arilin Hojaluna

ESOS

Hace tiempo que no escribía, pero les dejo éste cuento.

ESOS

Observar el horizonte y gritar, es lo único que podía hacer. No voy a salir de ahí, nadie me va a rescatar. ¿Cómo fue que me metí en éste problema?

Miro al horizonte sólo estás tú, espero que te compadezcas y me ayudes, no importa que no seamos iguales, que tus besos me quemen y que estemos perdidos.

Espero huir contigo de la mano, no importa hacía donde. Estoy sufriendo, quiero correr, quiero estar a tu lado.

-¿Por qué me dejas? Hay cosas que aún no han quedado claras. Estas conmigo o estás con ellos, estoy sangrando ayúdame. Llévame contigo, estoy en el fondo y tú eres la única que me podría salvar. Yo soy pequeño e insignificante, tú eres lo más importante de mi vida, no quiero estar solo.

Estoy desangrándome y no la veo cerca, ¿dónde está?, ella mi dueña, la luz de mis ojos.

Dos días después…

Me acerco a él. Mi padre está comiendo. Entonces le cuento lo que vi:

-Papá, estaba caminando por el bosque y encontré algo espeluznante y huele mal, estoy algo asustado

-No tengas miedo Miguel, de seguro es otro ciervo muerto.

-Pero, pero, tenía forma humana…

Mi papá y yo caminamos por el bosque, hace unos días yo había escuchado ruidos que provenían de ahí y ahora estaba seguro de que no era otro ciervo.

-Ahí está papá ¿es uno de esos?

Mi padre era grande, a diferencia de mi madre que más bien era de talle pequeña. Olió con cuidado aquella cosa, se veía consternado.

-Bueno creo que tienes razón.

Miramos a lo lejos, el humo sigue saliendo de esos galerones de concreto. Mi papá me contó que hay humanos malos y ambiciosos, que tienen esclavos de su misma especie.

Desde hace cientos de años los vemos entrar, miles entran, son obreros, alimentan las máquinas enormes que nunca paran; de vez en cuando unos intentan liberarse, entonces los de negro vienen al bosque, que está siendo destruido por los humos tóxicos y desperdicios, y entonces tiran los cuerpos inertes de los rebeldes, a veces nos tocan ver que algunos luchan por su vida, pero están muy heridos...

Un día le pregunté a mi papá porque nosotros no moríamos como ellos.- Nosotros no pertenecemos a su especie, somos seres del bosque, vivimos en la clandestinidad- contestó. Y me hizo prometerle jamás acercarme ahí.

-La otra noche papá, escuche y vi a dos humanos, uno era un hombre, igual a éste, la otra era una mujer vestida de negro, ellos se besaban.

-Ya no digas nada Miguel, los muertos deben ser enterrados en silencio.

El TRISTE

Aquí dejo otro cuento que escribí, espero que les guste.

EL TRISTE

Era domingo y entré al bar, estaba seguro de que encontraría a una linda dama y que la llevaría conmigo. Fui directo a la barra y pedí una cerveza, me dediqué a mirar hacia la pista, donde la rocola tocaba un bolero, había algunas parejas bailando, entonces la vi, estaba parada al lado de una mesa, tomando una bebida y al igual que yo observaba a los otros bailar, iba vestida de negro, su cabellera era larga y castaña, ella era alta, blanca y sus caderas atrayentes. Tomé mi cerveza y me dirigí a donde se encontraba, pero llegó una muchacha delgada y la abrazó, le dijo algo y la jalo hacia la salida, cuando me di cuenta ya se había ido.

Esa noche conocí a María, tenía 20 años, era morena, no muy alta, pero bella muy bella. Sus ojos eran grandes y oscuros. -Me gustas- le dije, cuando llegamos al departamento, la besé, recorrí sus caderas, ella me preguntó- Miguel, ¿eres cómo todos los hombres?, le sonreí fascinado y la lleve al baño, yo tenía una tina, era lo único lujoso del pequeño lugar donde vivía, los pisos eran de madera y rechinaban cuando caminabas. Abrí la llave y empezó a caer el agua, ella traía una blusa negra de tirantes, se la quite y le bese lentamente los senos, cuando se llenó la bañera, la desnudé con cuidado, me quite la ropa con prisa, mi pulso se aceleró, la morena hermosa se sumergió y yo la poseí…

A la mañana siguiente me fui al trabajo, estaba satisfecho. Soy fotógrafo de nota roja, para un periódico que se llama “En la mira del escándalo”, en definitiva no es conocido y subsiste gracias a los asaltos y asesinatos de todos los días. El editor, era un hombre mayor, amistoso, que siempre estaba tosiendo, pero no dejaba de fumar como chacuaco, cuando me miraba entrar a la micro oficinita me decía- Otra vez tarde Miguel, pareces zombie, ¿qué? nunca duermes-. Mi trabajo es fotografiar a los muertos de la ciudad de la furia, los casos en la mayoría de las veces son los mismos -esposa acuchilla a su esposo alcohólico y lo mata,- asaltantes acribillan a una pareja en el parque-, pero últimamente las notas siempre eran sobre asesinatos de mujeres, -mujer joven es encontrada asesinada en un callejón, era de complexión delgada, estaba desnuda y tenía extrañas heridas en el cuello-, yo miraba todos esos cadáveres, el rigor mortis, sus miradas perdidas entre el miedo o el asombro;- no detestaba mi trabajo, ¡claro que no!-, era lo único que me mantenía en pie, las fotos las revelaba en mi casa, de tanto mirarlas, ya nada me impresionaba, sus cuerpos pálidos, se parecían a mi.

El domingo regresé al bar, “Los tres diablos” estaba a dos cuadras de mi departamento, y la gente que asistía de vez en cuando se levantaba de las mesas a bailar, me acerqué a la barra y pedí como siempre una cerveza, entonces me dirigí a la rocola, elegí unas de José José, la maquinita empezó a tocar “qué triste fue decirnos adiós, cuando nos adorábamos más…”. En ese momento la encontré, era la misma mujer, su cabellera larga y castaña, estaba recogida en un chongo y llevaba un vestido negro largo, está vez la observaría desde lejos, ella no bailaba, era inexpresiva, era tentadora, después de un rato se le acercó una mujer delgada, rubia, sin duda no era la misma de la otra vez, la güera, le bailó un rato, la besó y se la llevó.

En la madrugada, llegué a mi departamento, estaba entre feliz y ebrio, traía conmigo a Inés, una muchacha de ojos claros, que era diferente a las que había conocido, era muy complicada, no se dejaba abrazar la condenada y sus besos eran húmedos; entrando a mi guarida se sentó en el sillón viejo que adornaba mi sala de pisos de madera decolorados por la humedad, sobre él estaba el periódico del miércoles, lo tomó y leyó en voz alta- ¡Mujer joven, no identificada, apareció muerta en un callejón, no llevaba ropa y tenía extrañas mordeduras en el cuello!- le dije que yo había sacado la fotografía, me miró curiosa pero circunspecta, le quité el periódico de sus hermosas manos y la besé, le dije -que confiara en mí, que yo no mordía-, la fui desnudando despacio, admiré su belleza y la cargué hacía la bañera…

Pasaron los días de la semana rápido, en mi trabajo seguían las cosas como siempre, asesinados, violentados, hombres y mujeres, que dejaron de existir por un amor, por un deseo, por una mentira, por un sueño; todos ellos salían en la mira del escándalo, a veces me cansaba, me hartaba, sentía nauseas, quería ser otra persona; el viernes encontró la policía a otra mujer, estaba muerta, era delgada, blanca, llevaba varios días tirada en un baldío, estaba desnuda, sin identificación, tomé las fotos de rigor, unos de los policías que se encontraban ahí me dijo que enfocará el cuello, que observará bien, ella tenía las mismas marcas encontradas en otros cuerpos, parecían mordeduras, pensé en el encabezado inútil del diario -¡El chupacabras regresó, pero ahora mata mujeres!-.

Esa noche mientras revelaba las fotos de la joven asesinada, sentí una sensación extraña, como que ella me recordaba a alguien, que había visto en algún lado, tal vez a mi madre, era hermosa, tenía el pelo largo, muy claro y su nariz respingada; se llamaba Raquel era fuerte y me crío sola, a los 18 fue madre soltera y nunca se arrepintió, enfrentó a los problemas, el pobre diablo que la embarazó nunca dio la cara por ella, mucho menos por mi, yo la admiraba. Pocos meses después de que yo cumpliera 12 años, la encontré muerta en medio de nuestra sala, alguien que había entrado a robar nuestra casa, la había asesinado, recuerdo sus ojos, parecían desorbitados, con miedo; aún hoy estoy convencido de que murió pensando en mi, nunca encontraron al asesino, al igual que muchos otros, su crimen quedó impune.

El domingo me dirigí a “Los tres diablos”, esta vez al llegar pedí un tequila, yo estaba cansado, arto, tenso, quería desahogarme, beber hasta más no poder y cantar canciones para dolidos, mi mujer de caderas atrayentes, vestido negro y pelo largo, estaba bailando sola en medio de la pista, la rocola cantaba una de José José, “ llorando de alegría y no de miedo y dudo que te pase igual con él, igual con él, anda y ve, te está esperando anda y ve…”, se veía hermosa, la miré, la dese, esperé al lado de la pista, me terminé el tequila y cuando paro de danzar me acerqué a ella; Elisa se llamaba, bailamos un rato, -yo te conozco- le dije, me miró con aire taciturno, como si no estuviera en éste mundo, me penetró con la mirada, la besé y me elevó al cielo, le pedí que saliéramos, que fuéramos a mi departamento, dude que aceptara siempre estaba con chicas. Ella salió detrás de mí, llegamos abrí la puerta, yo ya estaba muy excitado, la quería poseer, ella miro a su alrededor y me pidió un cigarro, yo casi nunca fumaba, por que el pequeño espacio se apestaba, pero inmediatamente saque un encendedor y la cajetilla de mi la bolsa del pantalón y se los dí, me sentía intoxicado, entre más la veía fumar, más se me antojaba toda ella, era un diosa, la invité a la tina, sus ojos oscuros no dudaban, antes de ir, se quito el vestido y la ropa interior, yo abrí la llave de la bañera mientras observaba sus pezones claros y delicados, sus caderas atrayentes me provocaban, me ordenó con una voz decidida que me desnudará. Mientras nos sumergíamos, note que su piel era muy fría, que parecía no sentirme, ansiosa besaba mi cuerpo, sus maneras tenían algo de animal y salvaje, me empezó a besar el cuello, súbitamente sus caricias se tornaron punzantes, sus ojos se volvieron completamente negros, sentí un fuerte dolor, ella me estaba devorando.

Poco después salió públicado "En la mira del escándalo", una nota que asombró a muchos, -Seres de otro mundo, asesinan hombres y mujeres dejando como únicos rastros extrañas mordeduras en sus cuellos-. De eso ya han pasado eternidades, hoy yo sigo siendo el mismo; y estoy convencido de que antes de convertirme en vampiro, solamente estaba pensando en ella, en Elisa.

“No se si vuelva a verte después, no se que de mi vida será, sin el lucero azul de tu ser, que no me alumbra ya, hoy quiero saborear mi dolor, no pido compasión ni piedad, la historia de ese amor se escribió para la eternidad…”

FIN
arilin hojaluna

PRESENTACIÓN

Nunca he sido constante al escribir en un blog, no prometo serlo, sin embargo, terminé éste cuento y creo que podría ir bien como una presentación de la "Tierra Entintada", de la tierra libre mía.
LA CANCIÓN DESESPERADA

Hola, ¿cómo haz estado? Le contesté a Mara. Ella con su voz alegre me dijo que estaba bien, que le gustaba escucharme después de un tiempo de no saber nada de mí. Aunque sea por teléfono dijo. Recordamos el pasado, cuando íbamos a la preparatoria de monjas y siempre nos saltábamos las clases para ir a tomar una cerveza al parque que estaba a dos cuadras del colegio. En ese entonces nos gustaban las mismas cosas y éramos como uña y mugre.

Me contó que ya no trabajaba de mesera en un bar gay de la zona rosa y que ahora estaba laborando como cajera en un banco. La escuche un poco triste, por la situación económica difícil en la que vivía, se quejo de la renta excesiva de su departamento.
Marita, como le decía yo, siempre la tuvo muy difícil, la echaron de su casa después de que terminamos la preparatoria, porque sus padres no aceptaban que fuera gay.

Cuando terminó de contarme sobre su vida, le hablé de mis viajes despilfarrando el dinero que mis padres me daban para estudiar Derecho en la IBERO y que no me arrepentía de haberme salido de la casa y de dejar esa carrera repulsiva. Le conté que ahora vivía en una “casi comuna” junto con mis compañeros de viajes y de pedas. Le platique de mis aventuras por la república y de las condiciones de miseria de muchos pueblos campesinos y comunidades indígenas en México. Fui a Oaxaca, Chiapas, Veracruz, Michoacán, Campeche, Yucatán, quisiera describirte a detalle, tantas cosas que me cambiaron la visión “cuadrada de citadina ingenua”.

Ella me contestó- que sabía que al final nunca terminaría de estudiar derecho- que no era para mis pulgas- se río divertida. Entonces le contesté con tristeza que - la mayoría de las personas con las que me tope en la universidad, buscaban sólo una satisfacción personal a través del dinero, eran elitistas y etnocéntricos; - Yo no encajaba ahí-, siempre fui la rara y contestataria- Mara suspiro en el teléfono y pregunto sobre lo que hacía en ese momento –le contesté- Trabajo en la “radio rebelde”-, entre a un colectivo con unos compañeros de la UNAM, que estudian Estudios Latinoamericanos en FILOS; me gustaría estudiar Historia, estoy pensando en hacer mi examen. Pero en estos momentos estoy muy metida en lo de la radio-. Por ahora nuestros programas solo se transmiten por internet, pero pensamos lanzarnos al aire de manera ilegal, ya tenemos cabina y toda la cosa. Trabajamos en una bodega, de los papás de un compa, que no la utilizan. De manera algo inesperada Mara (o muy añorada por mi) me dijo- Me encantaría conocer tu nueva vida. Si quieres el viernes de la semana que entra nos vemos, puedes pasar por mi cuando termine mi trabaja de “esclava” en el banco. Está bien- le contesté- yo paso por ti, dime la dirección- y antes de que termináramos la conversación- le conté emocionada: ¡tengo un programa en la radio de música regge- le puse “Mi canción desesperada”!- siempre te gustó Neruda, ¿verdad Sofía? -Si Marita, siempre me gustó-. Entonces colgamos.

Me quede pesando en ella, Mara siempre fue hermosa, tenía unos ojos castaños preciosos y un cabello del mismo color. Recordé la última vez que nos vimos, fue en un antro, fuimos a festejar el cumpleaños de nuestro amigo de la prepa Carlos. Nos pusimos bien pedas y bailamos abrazadas. Ella tenía mucho pegue con los chicos, siempre la sacaban a bailar y coqueteaban con ella, aunque nunca les hacía mucho caso, lo de ella siempre fueron las mujeres, siempre la veía observarlas durante las fiestas, la única novia real que le conocí a Mara, se llamaba Paula, pero la dejo poco tiempo después de que entrara a trabajar de mesera al bar, Paula siempre le reclamaba que no le dedicaba mucho tiempo. Yo en cambio cuando íbamos a fiestas nunca era muy bailadora, me gustaba tomar cerveza y platicar con alguno que otro chavo. Mara en cuanto me veía sentada, corría tras de mí y gritando como españolita y me decía -Sofía que estás muy maja, deberías venir a la pista y bailar un rato conmigo- que chistosa se escuchaba con su acento español fingido, Entonces yo me paraba y bailábamos juntas, muy juntas.

Llego el día viernes y estaba nublado. Me la pase todo el santo día en la casa, peleando con Fernando (uno de mis compañeros de la “casi comuna”) porque no limpiaba el baño los días que le tocaban.
En la noche que llegué en el bocho por Marita, al Banamex. Ella me esperaba afuera del cajero electrónico, en cuanto me vio me abrazó y me dio un beso en cada mejilla. La observe no había cambiado mucho, aunque su cabello ahora estaba teñido de rojo, la edad le había acentuado sus ojos castaños y su uniforme de cajera la hacía verse muy madura. A manera de saludo le dije -Antes usabas la falda del colegio, como si fuera minifalda, y ahora mírate- toda una ejecutiva bancaria-,Y tú pareces un hippi de los 70´s y andas en un bocho que parece cascajo- me riño divertida.

Ya en el bocho puse a la radio que tocaba la Arrolladora y Mara empezó a cantar: “compárame, compárame en el corazón y dime en donde está tu corazón”… Cuando llegamos a la bodega, abrí despacio la cerradura, entramos, todo estaba oscuro y había un olor concentrado a humedad, prendí entonces la luces que apenas iluminaron el espacio, al fondo estaba la cabina improvisaba, la invite a pasar, prendí los aparatos, puse un poco de regge y pensé para mis adentros: que era una lastima que no hubiéramos pasado a comprar un six. La mire entonces, ella estaba recargada en una mesa, se veía firme. como si los años no hubieran pasado en balde. Ella curioseaba con la mirada, como lo hace una niña en un lugar desconocido y nuevo, entonces dijo – te acuerdas cuando nos besábamos en la sala de mi casa, cuando no estaban mis papás, según nosotras para ensayar cuando llegará nuestro príncipe. La mire y le dije que bailara como antes, ella empezó a bailar lentamente a mi alrededor, sentí un impulso suave que recorría mi cuerpo, en cuanto la tuve enfrente mío, la tome entre mis brazos,- le dije que no entendía como nunca habíamos estado, tan cerca como ahora, que en ese entonces hubiera sido lógico, éramos tan amigas. Mara me miro y puso su mando en mi boca en señal de que no quería que hablará, me besó y empezó a recorrerme con sus manos, tomo mi cintura, me pego hacia ella, acaricio mi espalda, yo estaba temblando, entonces me anime y la bese, ella me subió sobre la mesa y me quitó la blusa- la música de regge sonaba lenta embriagadora en ella retumbaban nuestros gemidos, en ese instante fui muy feliz y ella también lo fue, en ese instante mientras le hacía el amor también pensaba en los versos de Neruda:

"Ah mujer, no sé como pudiste contenerme en la tierra de tu alma, y en la cruz de tus brazos!
Mi deseo de ti fue el más terrible y corto, el más revuelto y ebrio, el más tirante y ávido. Cementerio de besos, aún hay fuego en tus tumbas, aún los racimos arden picoteados de pájaros.
Oh la boca mordida, oh los besados miembros, oh los hambrientos dientes, oh los cuerpos trenzados.
Oh la cópula loca de esperanza y esfuerzo en que nos anudamos y nos desesperamos. "

Me imagine también como éramos antes, las niñas bien de la preparatoria de monjas, que a veces se besaban y bailaban juntas, muy juntas. Yo sabía que amaba a Mara y sin embargo nunca se lo confesé, no en aquel tiempo adolescente, no en éste tiempo de vidas cambiantes y de crisis existenciales.

Después de ese episodio en la radio, nos vimos algunas veces más, hablamos de nuestras vidas miserables, de nuestra profunda amistad, pero no de amor. La lleve a la comuna, teníamos relaciones, pero ella, Mara, Marita siempre estaba distante; yo le dediqué muchas canciones en el programa, le escribí mil poemas; Sin embargo un día, se distanció, le marqué a su número varias veces y jamás me contestó. Por esos días de su desaparición, me dio por leer una y otra vez a Neruda, buscaba en él, el rastro de su cuerpo hermoso, que yo amaba y deseaba; a Mara, solo la encontré en un poema, en un verso:

“Abandonado como los muelles en el alba. Sólo la sombra trémula se retuerce en mis manos.
Ah más allá de todo. Ah más allá de todo.
Es la hora de partir. Oh abandonado!”

Después de varios meses de no saber de ella, en mi condición de abandonada deje la “radio rebelde” (cuyo futuro era incierto y triste), deje también a la “casi comuna”; y como en los versos de Neruda sarpe de “los muelles en el alba” y llegue a una pequeña población indígena de la sierra oaxaqueña, estando ahí me uní a un proyecto de radio comunitaria. De Marita, lo único que supe por conocidos de la prepa, que ya no trabajaba en el banco, que se había enamorado de una mujer extranjera, que se había fugado con ella a otro país, que se encontraba lejos. De vez en cuando sueño con ella, en mis sueños Mara está en medio de una tormenta, yo la intento ayudar, pero como en los versos de Neruda: “todo el ti fue naufragio”.

“Era la alegre hora del asalto y el beso. La hora del estupor que ardía como un faro.
Ansiedad de piloto, furia de buzo ciego, turbia embriaguez de amor, todo en ti fue naufragio!
Te ceñiste al dolor, te agarraste al deseo. Te tumbó la tristeza, todo en ti fue naufragio!"

FIN
Arilin Hojaluna