Éste cuentito, es pura ficción, sin embargo intenta hablarles de algo que para nada fue ficción, la represión que vivieron las organizaciones armadas en los años setentas, fue cruenda y exagerada, la guerra es dolorosa, sin embargo en un país dónde aún no existe justicia para los presos políticos, los desaparecidos y los asesinados, la historia punza y no deja cicatrizar las heridas. Lo único que me queda decir es ni perdón, ni olvido.
María
estaba asustada, como si le hubiera pedido que lo matara. Tal vez intuía
demasiado. La tranquilice y me hizo prometerle que no le pasaría nada al tipo.
Ese día tuvimos relaciones y eso la hizo más humana, lo cual me perturbaba. Al
otro día, el rescaté no había llegado, el dinero no estaba en el lugar
acordado. La organización nos dio a los tres una orden estricta. Nadie quería
asumir esa responsabilidad. En la otra habitación estaba un condenado, ¡por
favor era rico! y su familia no había pagado nada. María había recibido el mensaje, el flaco estaba asustado, era un chiquillo de 19 años. Entonces
tomé mi arma y entre al cuarto. Cuando salí, yo ya no era humano.
Porque tenía que
haberse suicidado mi viejo. Justo cuando estábamos más cerca el uno del otro.
Heriberto se llamaba, fumaba unos tabacos que olían a madres y nunca me dijo
que me quería. Cuando se suicidó me dejo una nota condenándome por jugar a la
guerra. La prensa había llegado a su casa, el imbécil había usado mi arma. La
policía política estaba como perro rabioso, a por nosotros. Yo lo quería un
poco, sólo un poco.
María
salió
de la casa de seguridad y se dirigió a la cafetería, ahí ya la estaban esperando.
Por fin entraría infiltrada, como criada de ese disque empresario. Ella nos
indicaría ¿cómo? y ¿cuándo? dar el golpe. Yo confiaba mucho en ella, era mi
único asidero. La clandestinidad era menos complicada, si me hablaba. Nunca
supe su verdadero nombre, ni conocí absolutamente nada de su pasado, sólo me
sabía de memoria su cuerpo delgado, moreno, y su cabello largo y negro. Aun así,
para mí, era la más hermosa. Yo le llamaba Tania
la guerrillera y ella me decía que no la chingara.
El tipo sollozaba y el
llanto se mezclaba con la sangre que emanaba de su cabeza, estaba amordazado en
una silla de madera, la única que teníamos en la casa. Nunca pensé en lo
difícil que sería enfrentarme a la realidad de un país que se desmoronaba en la
pobreza y la impunidad. Aún recuerdo que el 2 de octubre, como si fuera ayer. Estaba
en la casa de mi padre, no salí, ni estuve en la Plaza de las Tres Culturas. En
ese momento era un joven vale madres, que no sabía nada de la vida. Pero
Joaquín, él era grande, su cuerpo el de un atleta, yo pensaba que era intocable,
estudiaba ingeniería en la UNAM. Ese fatídico día no lo vi irse a la
manifestación que saldría rumbo a Tlatelolco, ni siquiera me pude despedir. Él
acostumbraba traer los volantes de las manifestaciones a la casa y platicarme
durante horas que algo grande estaba por suceder, que las condiciones estaban
dadas para que al fin se modificara el gobierno autoritario de nuestro país. En
cambio, yo me sentí morir cuando su novia Laura llegó en la madrugada, parecía
un alma en pena, su cara no parecía la de ella, estaba desencajada. Apenas la
habían dejado escapar de aquel espanto, sin embargo a mi único hermano lo
habían asesinado. Su cuerpo quedó tendido en la plaza, junto al de otros
cientos de jóvenes rebeldes.
Miré al pendejo y le
dije que se calmara que no era para tanto, solamente le había dado un
golpecito. Le dije que mi compañera lo curaría. La habitación estaba en
penumbra, habíamos puesto algunas velas para poder ver, no teníamos
electricidad y el individuo estaba realmente asustado. María entró y lo miró con pena, traía consigo unas gazas y alcohol
para limpiar la herida. ¿Por qué le tenía tanta lastima? Era un desgraciado, se había enriquecido con el dinero del pueblo
explotado. Al final lo dejaríamos ir cuando nos dieran el pago rescate. La
organización nos presionaba para que actuáramos. El plazo se vencería dentro de
dos días. El tipo era un empresario cervecero, a veces me ponía a platicar con
él, para contarle de nuestros ideales, de nuestras consignas. Sin embargo no
entendía, pensaba que el capitalismo lo era todo. Negaba la lucha revolucionaria,
nos negaba a nosotros, -ustedes son muy jóvenes, estudien y verán que algún día
lograrán llegar hasta dónde estoy-decía. Ese día me desesperó y le di un golpe
seco en la cabeza con el arma. Inmediatamente entró el flaco y me dijo que no podíamos pegarle que así no éramos
nosotros. Contesté que así no era él, pero yo sentía tanta rabia contenida
recorrerme las venas, era el recuerdo de mi hermano.
Mi viejo tenía fotos de
nosotros, de cuando éramos chicos, estaba tan orgulloso de mi hermano Joaquín que
cuando murió ya no quiso hablar. Yo le tenía que sacar las palabras a la
fuerza. Su hijo el universitario había dejado de existir, el único que sería
alguien en la vida ¡no un pobre obrero pendejo! Tenía tanto dolor que se volvió
alcohólico. No tenía casi dinero, pero malgastó lo poco que había juntado en la
bebida. Cuando me fui a la guerrilla, me senté a platicarle que lo hacía por un
México digno, sin pobreza y sin explotación. Le dije convencido que era lo que
mi hermano hubiese querido. Se lo dije todo y él no me dijo nada, sumido en sus
fotografías, él también había dejado de existir.
El día que dimos el
golpe, ella era nuestros ojos. Había estado un mes limpiando la mierda de esa gente
rica, se había grabado todas las rutinas de sus patroncitos. Ese día tuvimos
suerte y el empresario sólo llevaba una escolta. El Flaco y yo, los interceptamos
a cuatro cuadras de la residencia. Fue relativamente fácil. La organización pidió
a su familia diez millones y les puso un plazo de tres semanas para pagar.
Sería la expropiación más grande que haríamos. María llegó dos días después, nos contó detalles de la reacción de
la familia y de cómo había logrado salir librada, a pesar de que a todos los
empleados los había interrogado la policía política. Como era mujer y tenía rasgos
indígenas, ni la pelaron.
Antes de que se
suicidara, lo había ido a ver, sentía la necesidad imperiosa de hacerlo. Había estado
presente en la muerte de un hombre, tenía que sacarlo de alguna manera. Cuando
llegué Heriberto estaba ahogado en alcohol y lloraba como un niño. La casa
parecía ruinosa, no era como en mis recuerdos de infancia. No había luz y mi padre
estaba envejecido en medio de la sala sin cosas. Me saludo como antes, me
invitó y nos tomamos un aguardiente terrible. Recordamos a mi hermano y
lloramos, la soledad era lo único que teníamos. Pensé en María, pensé que si lográbamos ganar la revolución, seríamos los
más felices, tal vez tendríamos hijos, nos amaríamos libremente y viéndonos a
los ojos, diríamos por primera vez nuestros verdaderos nombres. Ya no me
llamaría Alfonso, ni yo le diría María, ni mucho menos Tania la guerrillera.
Era primero de Junio de
1973, María compró muy temprano el
periódico, el Alarma, tenía en la portada al empresario. El tiro en el pecho
enmarcaba la imagen, -así era la guerra- pensé. La DFS nos seguía la pista.
¡Puta madre! cuando lo vi no hice nada, la regla era no decir nada de nuestro
pasado. En las páginas interiores del diario, aparecía la foto de mi padre, se
había volado los sesos.
El
flaco no había llegado a dormir, tenía que estar en la
casa, pero no. En la tarde había salido a volantear el periódico que
producíamos, El Revolucionario, lo
repartíamos afuera de las fábricas. Tal vez lo habían agarrado. Dudé y pensé
estúpidamente que volvería. Que tal vez como yo, habría querido ir a ver a su familia, si es que tenía. Sentía
tanto dolor que no carburé bien. En la madrugada María estaba histérica. Todo se trataba de ella, el flaco y yo, los únicos que sabíamos
la verdad de las cosas.
Cuando entre a la
habitación, pensaba amedrentarlo con el arma, presionarlo para que hablara por
teléfono a su familia y exigiera el rescate. Tal como la organización nos había
indicado. Pero él me miró despectivo y me dijo que estaba preparado para morir
ahí. Me dijo que si quería hacerlo justo, que lo desatara y viéramos de a como
nos tocaba. La rabia recorría mi cuerpo. Tanta pobreza, tanta impunidad y él
solo tenía soberbia. Lo desamarré de la silla y le quite la venda, entonces se
abalanzó sobre mí y me dio un puñetazo, forcejeamos y de repente el ruido de un disparo seco
llenó la habitación. El empresario sangraba sobre el suelo, mi cabeza daba
vueltas.
La miré fijamente,
quería verla por última vez. Le dije que destruyera todos los papeles,
empezamos a quemarlo todo en el lavabo, nos teníamos que ir. En eso tocaron a la
puerta, me asomé a la ventana y era el
flaco, ese chiquillo de 19 años. Sin embargo parecía otro, sus ojos tenían
el pánico tatuado. Cuando tiraron la puerta y empezó la balacera, eran diez
contra dos jóvenes revolucionarios. Yo no tenía mi arma, mi padre me la había sacado para acabar con su
dolor. María agarró la suya y
valientemente les disparó, pero la ráfaga le cayó de lleno en ese cuerpo
bendito que me sabía de memoria. A mí me hirieron en una pierna, caí y cerré
los ojos fuertemente. Solamente quería estar con ella para siempre y olvidarlo
todo, hasta mi nombre.

1 comentario:
hey,hola,pues te cmento rapidito que los rumores del nocturno son ciertos,mas aun no se en que fechas,a ver que pasa,saudos chica!!
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