Hola a todos, les escribo éste cuento desde mi patria chica, son las dos de la mañana y todo sereno. De verdad espero que no les guste... dejen sus comentarios.
Por cierto antier se aprobó el matrimonio y la adopción gay. La verdad que es un gran avace, solo espero que el chico palacio/ jefe de gobierno de la ciudad de la furia, no se deje envenenar por los curas pederastas y la derecha mierdera.
Me despido de ustedes fieles lectores (si como no!!). Hasta otro día, cuando todos y digo todos salgamos del closet, por que la verdad es que ahí adentro está muy apretado el asunto.
OJOS BLANCOS
La ciudad de la furia se encontraba en silencio, estaba muda. Cuando se escuchó el disparo, el ruido despertó únicamente a los muertos. Las tres personas que vieron a la muerta. Si hubieran hablado entre ellos, se habría impresionado, tal vez hubieran podido consolarse, evitar la tragedia. Sin embargo individualmente solo tenían la certeza de que la mujer se parecía demasiado a una hermana, a una amiga y a un deseo.
Ese día, tres extraños estarían unidos sin saberlo por un asesinato. La niña, adolescente, mujer, tenía pelo castaño común, su tez era clara, la estatura no tan alta, ni tan baja, las manos delicadas, sin embargo sus ojos al momento de morir quedaron abiertos y misteriosamente blancos.
Yo era uno de ellos. Abel Quezada, periodista. Esa madrugada presencie una pelea entre un hombre alto, fornido y una joven que aunque no pude ver en ese momento, la presentía hermosa entre las sombras. Escuche distraído su platica, al principio no gritaban, después el individuo se inquietó y golpeó la pared, ella le decía que no quería seguir con esa vida. El fornido la golpeo en la cara y ella cayó. Yo los miraba perplejo, pero no impedí la agresión, estaba inhibido por la coca y pensaba que después de todo el negocio de la carne era peligroso.
Ese día por presión de mi mejor amiga había asistido a una reunión de drogadictos anónimos, me había dado tanta pena mi propio caso, que no había opción más que escapar de ahí a toda prisa. Ariadna, la “ princesa de Minos”, como yo la llamaba no me lo habría perdonado, yo sabía que la quería un poco, sin embargo el sexo nos había complicado la amistad, ella me amaba y yo era un adicto que vivía en otro mundo, lejos de la realidad.
Cuando el hombre sacó el arma pensé en gritarle algo así, cómo soy periodista, pero no creía poder ni siquiera emitir algo coherente. Yo la hubiera salvado, sin embargo la blanca nieve y su viaje eran más fuertes. En eso se escuchó un estallido. La bala le perforó el corazón, la mató al instante. El fornido corrió, la noche se lo trago. Fui el primero en acercarme y cuando la vi, mi “princesa de Minos” estaba tirada, su cabello era el mismo, su cuerpo, sus curvas también, sin embargo a sus ojos verdes se los había tragado la muerte y eran blancos. Entonces una anciana haraposa se acercó y yo brinque inquieto, la droga me estaba poniendo paranoico.
Me acerqué lentamente al cuerpo, no podía distinguirla bien y la pierna me dolía más que nunca. Un chico extraño estaba mirándola, parecía alterado. Yo la conocía, era una prostituta y yo una indigente. Ella era tan inocente y se parecía tanto a mi hermana Carolina, que desde que la conocí nos hicimos confidentes de calle y vecindad. La pocilga dónde yo me refugiaba por las noches albergaba todo tipo de negocios sucios. Las prostitutas, eran chamacas pueblerinas. Yo las conocía a todas, aunque solo le hablaba a ella, porque de vez en cuando me daba algo de comida, sabía que estaba casi ciega y que no podía caminar así que se compadecía de mí. Ella era huérfana. Y aunque no tenía un futuro fuera de ese mundo, era dueña de un aura de eterna inocencia, como si todo el tiempo estuviera pensando que eso era temporal. Yo estaba convencida de que eso era lo único que no le arrancaron esos animales infelices y llenos de perversión. Y yo tan vieja, no le pude dar ningún consejo que la ayudara, si Carolina estuviera viva, tal vez ella nos hubiera rescatado a las dos, nos sacaría de ahí, me curaría la pierna y a ella el espíritu. Cuando logré estar cerca de ella, me arrodillé a su lado y llorando, le tomé la mano. Mire su rostro y eran los mismos labios, los de mi hermana y sus manos, sin embargo sus ojos negros de ella, estaban extrañamente blancos. Después de un rato un policía me ayudó a levantarme y me preguntó por ella.
Cuando llegué a la escena del crimen, vi el cuerpo de una joven de mediana estatura, de tez clara y cabello castaño, por el aspecto de su ropa pude deducir que era una prostituta, a nadie le va importar pensé, algún cliente la habrá matado. Tal vez no la chupaba bien. Decidí entrevistar a los únicos testigos, un periodista Abel Quezada y una anciana indigente que dijo llamarse María Rodríguez. El periodista no dejaba de temblar y me dijo que había sido un individuo fornido, alto, y que no había visto más, la vieja corroboró que ella era prostituta y que a parte de todo era una santa, que pendejada. Dejé que se llevaran el cuerpo, estaba seguro que nadie reclamaría por la pobre diabla. Hice el informe y me fui a casa con mi mujer. La encontré dormida, siempre estaba dormida, recordé entonces el cuerpo de la prostituta, sin duda estaba buena, me empecé a calentar, se me paró y entonces me acerqué a mi mujer, tenía puesto un camisón largo de abuela, se lo levante, ella se movió un poco, le baje el calzón y entonces se despertó. Me pregunto qué hacía, me le trepé encima y me miró angustiada, me gritó que no y tapé su boca. Seguí sin que me importara nada, cuando me di cuenta, ya me había venido, ella no se movía, su boca estaba abierta y entonces recordé los ojos de la muerta, estaban blancos como los de mi esposa.
En ese instante la ciudad de la furia no grita, no se exalta, cuando una mujer muere, se queda callada esperando porque el ruido solo despierta a los muertos.

1 comentario:
Niñita, que buen cuento.
erer muy buena, te amo
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