A veces brillabas


Brillas y brillas tan lindo y brillamos juntos entre pestañas divina, divina sonrisa abrazo de luna, de luna llena

Los momentos esquizofrénicos eran los más creativos, las escenas macabras que pintabas, todos esos cuerpos mutilados, la pintura que más me inquietaba, era una que por alguna razón no terminabas, una mujer en una tina llena de sangre, pero le faltaba el rostro. Esa pintura estaba en el caballete de nuestra habitación, nunca la movías, ni siquiera la mirabas, tenías otro caballete en la sala dónde trabajabas.

Y a veces brillabas, estabas parada en el umbral de la puerta, no dijiste nada que pudiese darme una respuesta a mi petición. Me entregué a ti desesperado, me abalancé sobre tu cuerpo, temblaba. Todo el tiempo busqué tu mirada, mientras te despojaba de tu falda. La penetración fue un acto fallido, porque ya no estabas. Intenté atraerte, me sentí extraviado. Tu piel siempre suave, tus piernas largas, blancas, demasiado excitante, me rebasabas.

Terminé con una exhalación tan fuerte y confusa, en el suelo de la habitación, -no sé lo que piensas, nunca-.  Me sentí de la chingada. –No llores- dijiste. Pero el llanto inundaba mi rostro, un hombre que llora –demonios-, no cuestioné ningún privilegio para llegar a eso. Te amaba y lloraba como un niño extraviado, la obscuridad empezó a avanzar desde la ventana.Miré el cuarto, estaba semivacío.

Cuando nos mudamos al depa, lo llenamos de libros, de objetos, de chacharas. Me sentí dichoso a tu lado, pensé en tu sonrisa, cada vez que disparaba la cámara.  Tu cabello rizado, castaño, cuando te levantabas por las mañanas eras siempre una confusión, después de un tiempo las pastillas, la esquizofrenia. Eras tan locuaz, -la locura es una prerrogativa de los artistas- pensaba… El caballete con la puta pintura, era lo único que no te habías llevado.

Lloraba porque me sentía despojado de todo, de ti. Me levanté y fui a la cocina por mi copa de vino, estaba sediento y asqueado; quería decirte que no era necesario vivir tu ausencia, por el contrario necesitábamos más tiempo para estar juntos. Te levantaste y empezaste a fumar, tranquila, era por las pastillas, te quitaban el brillo de los ojos. Me serví más vino, -no huyas, no te esfumes- recité. Pero no lo decía en serio, estaba mintiéndote, porque yo no podía estar contigo, en ningún estado, ni de locura, ni de ausencia. El acuerdo era que te dejaba ir, si tomabas las putas pastillas… Y lo hiciste, porque te quemabas por dentro, porque ya no pintabas, porque las voces te decían que corrieras lejos.

Me acuerdo cuando te conocí, en tu primera exposición, en esa galería de la Roma, puros hipsters y yo un fotógrafo, bohemio, blasfemo y ateo, te divisé entre tus cuadros macabros, no entendía, cómo todo eso había podido salir de ese cuerpo, te tomé una fotografía.

Después muchas más, tantas que ya no podía sacarte de mi cabeza. La esquizofrenia es una compañera difícil, incoherente, cuando estabas en ese estado, eras un sube y baja de emociones, podíamos irnos en el coche a tomar por culo todo… y coger en la carretera desolada, o podíamos estar encerrados en el depa, sin luz, ni agua, ni nada, -porque venían por nosotros-, yo me dejaba arrastrar, porque te amaba. Y las fotografías estaban prohibidas, porque el flash de la cámara te robaba el alma. 

Tengo muy presente que ese día hacía mucho calor, tanto que había puesto el ventilador nuevo que no había querido estrenar porque me había costado un chingo de varo. Te sentía a mi lado, esa noche tardé tres horas en hacer que durmieras, -las malditas voces en tu cabeza- Me fui quedando dormido, y de repente sentí la punzada, por un momento no era tan fuerte, abrí los ojos de golpe, y te vi encima de mí, tenías un cuchillo en tu mano. Tomé tu mano rápidamente y forcejeamos, te grité que era yo. Estabas muy alterada, gritabas, llorabas confundida. Llamé a emergencias, me di cuenta que también sangrabas, balbuceabas –tenía que salvarme de mi futuro-. Te sedaron en el hospital. Lo mío pudo ser más grave, si hubieras encajado bien el cuchillo. Tus padres decidieron internarte en un hospital psiquiátrico, dónde ya te conocían.

Transcurrió medio año, en el que te visitaba, y no querías verme. Hasta que apareciste ese día fue un viernes, eran las seis de la tarde, traías una mudanza, la última vez, por teléfono, lo habíamos acordado, tomarías las putas pastillas. Lo único que quedaba era el caballete, con el cuadro macabro (el sábado acordamos que lo recogerías) y ahí estábamos, yo siempre llorando, tu siempre huyendo y brillando. 

-Escapemos juntos, yo te puedo cuidar- declaré, -conozco cuando mientes- me dijiste. Entonces balbuceaste algo que en ese momento no entendí, -me siento como una pitonisa griega, prediciendo el futuro-. La verdad lo interpreté como otra de tus locuras. No podía ser más humillante la escena, no tenía la clave para acceder a tu cabeza. –Me tengo que ir, mañana paso por mi cuadro- fueron tus palabras.

Pasó una semana y nada. Cuando fui a buscarte a casa de tus padres, me recibió la  muchacha, me miro extrañada –no sabe joven, pobre-. La niña se suicidó, la encontraron, en una tina llena de pintura roja y sangre. 

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