Llamarada

Yo misma no quiero distinguir el dolor. No te voy a exigir estar abierta a las sensaciones que perduran, que te llenan de incertidumbre, te conozco, te exalta, tendrías que tomar tus pedazos y armarlos. Verte sin ningún velo. Tener miedo a perder la cordura y estar en la nada existencial. Sabes que en algún momento vas a regresar, -no tengas miedo- me repito en mi cabeza, si logras ver, tal vez no sea tan grave, tan desolador; sin embargo no te puedo asegurar nada. Espera entonces, pánico, pánico, mi cerebro se aturde. No puedo continuar y respirar. Lo veo de lejos, es una llamarada, es el puro miedo, ¿soy cobarde? Polaridades, puedo sentir demasiado, puede arrastrarme un deseo, un idilio, sin embargo de repente la prótesis, que no deja que me doble demasiado. Entonces vuelvo a hacer un esfuerzo por desprenderla, me la quitaré, tal vez si veo, eso que enterré en lo profundo de mi memoria, aunque me destruya, aunque me confirme que la soledad fue mi aliada y que yo misma soy mi propia salvación. 

Ni un solo día sin ti

Cómo?

Marisela, Marcela, Marisol

Marisela, Marcela, Marisol


 “Quisiera pedirte perdón, pero el coraje es más grande. Quisiera haberme mantenido lejos y no someterme a lo que me haces sentir. Me ofreciste una amistad, pero yo, ¿para qué la necesito? Mi irascibilidad no me lo permite.”

Saqué el papel de la máquina de escribir, el maldito cuento no nacía, no iba. Seguía pensando en ella. Marisela, Marcela, Marisol, de mis días. Cualquiera que fuera tu nombre, el recordarte, me paralizaba en mi proceso creativo. Tomé la botella de tequila, me la empiné. Solamente me quedaba mi machismo paralítico.

Mi celular estaba ahí, busqué sus fotografías, me había enviado algunas con poca ropa. Disfrute mirarlas detenidamente, una sonrisa (seguramente falsa), las inundaba. Me dieron ganas de lanzarlo por la ventana abierta. Es increíble la manera en que avanzan los errores. Marisela esa mujer valiente, Marcela la insegura y Marisol la pasión. El cuento lo tenía que mandar en dos días, el concurso más significativo de la nación. Ganarlo era mi esperanza desde los 23 años, cuando terminé  ingeniería y no volví a los libros de química. Realizaba algunas correcciones de estilo para una revista de la capital, ahí escribía sobre rock and roll y mamadas. Ganaba algo de dinero y podía ir a conciertos hípsters pendejones. Ahí la conocí, a mis 23 años, yo era la persona más “x” de la tierra, ni amistades tenía, solo me la pasaba escribiendo miles de historias y novelas, que aún no habían visto la luz. Le entregué el título a mi familia y les dije que no me buscaran más.

El departamento donde vivía tenía una mesa y una silla, un colchón en el suelo y mi ropa regada alrededor. En la mesa estaba mi maquinita de escribir, le llamaba la veloz. Yo era un mamón de mierda, pues tenía lap top, pero prefería escribirlo todo en ella, porque mis manos corrían por las teclas. Y siempre me regalaba una gran satisfacción, ver la cara de las muchachitas que me ligaba, cuando decían –escribes con esto, ¡qué sofisticado!-, regularmente eran de alguna preparatoria o un CCH, no quería relacionarme con mujeres ingenieras, ni de otras facultades. La razón muy simple, las mujeres que estudian cuestionan demasiado, quieren una amistad. Las muchachitas quieren enamorarse y desenamorarse, en cinco segundos.

A Marisol la conocí en ese concierto, al cual me mandó mi editora, con la cual sostenía relaciones para mantener mi trabajo, realmente no me empeñaba como debería, me la pasaba ebrio en mi departamento de renta barata en la lagunilla. Tiro por viaje, cuando estaba pedo, me asaltaban, yo ya no traía nada, solo recibía los golpes en el cuerpo, pero la neta me valía madre, hasta disfrutaba el dolor. En algún momento Marcela me dijo –deberías  entrenar boxeo, así por lo menos podrías defenderte- me dio tanta risa, ella me provocaba una sonora risa, con su inocencia. El concierto era de un grupo muy subnormal Rana Santacruz, ¿qué pedo? Trova Latinoamericana, baratona. Sin embargo a Marisela le encantaba. Ponía esa música cada que podía y me dedicaba una cajita de barro y lloraba convencida del amor, que inhalábamos y profesábamos en mi departamento semi vacío. La complicidad de tenerla en mi vida, cuando quería ser apasionada, ya no lloraba, me enfrentaba con mis demonios, me daba los ánimos para elaborar el cuento para el concurso, cuando tenía esa necesidad loca de invitarme a bailar, Marisol era la elegida. La que me envenenaba con sus historias de triunfos y esperanzas. Ella estudió artes plásticas en Casa Lamm (una escuela hípster mamona), cuando la veía dibujando esos bocetos y dudaba de los trazos era Marcela. Su cabellera china, negra, su piel morena, era hermosa, sin duda. Ese día en el concierto me volvió loco su forma de ser, la pasión cuando cantaba. Ese día yo solo vi a dos a Marisol y a Marisela, la pasión y la valentía, cuando bailaba en su vestido rojo y sus piernas largas se movían con el ritmo, cuando gritaba histérica de felicidad. No le perdí la mirada, la atraje poco a poco. Le conté que estaba haciendo periodismo, que venía a documentar el concierto, y que se notaba que ella era una fan. Lo cual me lo confirmó, le invite una cerveza y la alejé de sus amigas.

Tengo marido dijo, no sé si debería ir contigo. Subimos al bocho destartalado y nos paramos en el puto Oxxo para comprar más provisiones. -Lo de tu marido me vale verga- le dije, -No nací ayer- las palabras se perdieron en un beso. Cuando nos adentramos por las calles de Tepito, la insegura Marcela, me pregunto las razones por las cuales vivía en un lugar tan peligroso. Mientras yo tocaba sus piernas morenas, suaves. Estando sobre el colchón fui quitándole el vestido, tres pares de ojos pequeños, negros me miraban. Marisol la ardiente pasionaria me llevó a las profundidades de Marisela y Marcela. Aún recuerdo sus labios abiertos, delgados, moraditos.

Después de seis meses de repetir con ella. Marcela se hacía cada vez más presente, su inseguridad, la que no la dejaba terminar lo que empezaba. La que mantenía constantemente presente su otra relación en nuestras conversaciones. En aquel momento Marisela estaba pintando un auto retrato con tres caras. Ahí fue cuando entendí qué era ella. En ese momento, también yo escribía el cuento, el que me haría triunfar. Cuando empezó a hablar tanto de su relación con ese wey, que si tenía una casa, una vida. Me sentía tan insignificante, yo ¿qué tenía?, nada. Busqué en varios brazos de jóvenes, sin embargo, la mirada, su cuerpo dividido en tres, me había inundado. Me emborrachaba, desde las 12 del día, hasta la madrugada y Marcela se enojaba. Se encabronaba, ¿qué vas a hacer hoy? Eres un pendejo. Marisela me tronaba los dedos, Marisol solo se burlaba.

Asistía a los conciertos y un buen día la vi. Desde lejos estaba con él. Ese día identifiqué que estaba Marcela y Marisela. Toda la noche a su lado. Me acerqué a ella, poco a poco. Cuando la tuve de frente, Marcela puso cara de pánico y habló Marisela –Jorge te presento a Jacobo, él es productor de este grupo- El wey estaba un poco sorprendido, era un mamón. Me saludó y preguntó ¿a qué te dedicas, eres pintor? –No, escritor, estoy trabajando en una crónica de éste concierto- Jacobo me miro de arriba para abajo y amablemente me ofreció unos pases para el after party y me prometió presentarme a la banda, darme la entrevista exclusiva, ¡qué mamada! –Todo por el amigo de Marisol, Marcela, Marisela- dijo altivo. Ella esperaba que yo no aceptara. Pero en ese momento me moría de celos. Fuimos al after, la banda entera se embriago y yo con ellos, la vocalista estaba buenísima y le tiré los perros abiertamente. Marcela me miraba enojada. En un momento, cuando el wey platicaba con sus amigos hípsters, la jalé al balcón. Marisol se emocionó, me dio un beso furtivo y me dijo que presentaría sus cuadros en Bellas Artes, no le creí pero me gustaba como me choreaba. Le intente meter mano y Marcela saltó, que su wey, que su wey,- ¡no mames!- le grité. La tomé entre mis brazos, ella levantó la mirada y entonces me tiro el pedo directo –Me voy a Nueva York con él-.

Mucho tiempo no me relacioné con nadie, porque la furia me invadía de diferentes maneras, a tal grado que cuando me enojaba ya no recordaba lo que hacía. Me gustaba escribir porque me podía evadir de esa personalidad iracunda. Con el tiempo aprendí a estar solo, a no relacionarme. Me gustaban las mujeres, las adolescentes regularmente no cuestionaban mucho. En la carrera no me relacioné con nadie, estudié porque mis padres se empeñaron y la verdad me dio igual. Un día en un encuentro con una joven, a ella le dio un pason de coca. Murió en mi departamento y yo la saqué a la calle y no me importó. Nadie respondió por ella. Marcela, Marisol, Marisela, era la mujer que yo amaba, por alguna razón me impulsaba a llenar esos vacíos. La agresividad de tener esta puta furia, me la mataba con un abrazo, una mirada, una palabra, una cogida. Cuando me dijo que se iba, la puse contra el barandal. Mis temores, mis grandes miedos respecto a la vida, respecto a mi incapacidad de relacionarme con alguien, con la puta sociedad, estando en ese balcón se veía toda la Ciudad, las luces pequeñas, y cuando le dije-¡vete a la verga! No recuerdo. Ella calló.


La máquina ya no tenía tinta, miré el papel llenó de palabras, lo saqué, lo arrugué y lo tiré a la basura. -No hay cuento que no se hubiese escrito mil veces - decían mis profesores de la facultad de letras. 

Las vías




Claudia seguramente no lo pensó cuando salió corriendo a las vías. Era madrugada. Sentía que el tren ya estaba por llegar. Y tal vez está vez lo vería. Corrió bastante hasta que empezó a temblar la tierra. El ruido se hizo más claro. No necesitaba luz, conocía bien el terreno. Conocía bien las piedras, la tierra mojada, la vegetación selvática. Hacía calor, sudaba, el vestido estaba empapado. No se había percatado que iba descalza. Se paró cerca de las vías. Cuando pasó el tren y se paró.  El ruido de la maquina cesó. Y  los murmullos, no eran los de la noche, sino los de los viajeros. Comenzaron a bajar en desbandada. No esperaba verlo. Solo buscaba entre la soledad. Camino de regresó a su casa. Pisó firmemente, mañana tal vez lo vería. Cuando se reunieran en el albergue. Cuando les sirviera la comida. Entre la gente cansada, sudorosa, temerosa del porvenir. Pensó en todo eso y llegó a la cama, se durmió. A las seis de la mañana, el gallo comenzó su canto. Se levantó. Se colocó otro vestido, se lavó la cara y el cabello en la tinaja. Tenía el cabello enmarañado, negro, rizado. Era morena, con el cuerpo formado. No tan alta. Carácter fuerte. Salió rumbo al albergue, saludo al padre y fue a la cocina, comenzó sus labores. Tenía el presentimiento de que tal vez ése era el día. Colombia no estaba tan lejana, la sentía cerca como todos los días. La comida empezaba a calentarse, las tortillas en el anafre. Estaba trabajando lentamente, ella sabía. A las siete, las personas ya se estaban sentando. Sus compañeras ya servían. Claudia salió de la cocina. El comedor estaba lleno. El padre convocó a la oración antes de comer. Pidió por los viajeros, por la vida. Ella rezó en  silencio y buscó entre las caras. La mayoría comían cabizbajos, cansados, rápido. La comida caía en sus estómagos. Masticaban fuertemente. Empezaban entonces las pláticas, los recuerdos, la añoranza por el otro lado. La melancolía de lo que se dejó atrás, familia, amigos, nación. Repasaba las caras. Él no llegó. Recuerda la primera vez que lo vio, tenía 17 años, ella servía la comida era una mañana igual a muchas otras. Colocó el vaso de leche sobre la mesa, él tomó su mano, ella la quitó bruscamente. Recuerda la excitación, la belleza de su rostro, los ojos castaños, la profunda tristeza. Piel morena, sonrisa fácil. Tenía un acento, le decía la Claudia. No se quedó mucho, lo suficiente para tenerla. Para quitarle la esperanza. Le dijo que su fueran juntos al otro lado. -Vámonos. Ahí vas a tener todo lo que deseas. Pero ella nunca ambicionó eso, su padre, sus hermanos, se habían ido, no sabía de ellos, el dinero llegaba. Su preocupación la hacía trabajar en el albergue. Él tenía un nombre colombiano, Dalton. Nombre extraño. Típico. Le hablaba de su país, emocionado por la vida que no tenía. Del narco. Del paraíso. Tenía 26 años. Tenía un acento. La llevó por las noches a la orilla del río. La mecía entre sus brazos. Tenía emociones fuertes. La tocaba seguro, como si la conociera, recorría su cuerpo. Ella era callada casi no le dirigía la palabra, le daba vergüenza. La noche en que llegaron los militares. Ellos estaban juntos, llevaba tres semanas que no pasaba el tren. Había muchos viajeros. Muchos migrantes. El albergue parecía bullicioso. Los cuerpos estaban relajados. El padre les hablaba de los cuidados, de no olvidar la lucha cotidiana. De no perder la esperanza. El cura era una persona muy clara en los apoyos que tenía que dar, del camino que Dios le había asignado. Claudia escuchó los gritos, las personas corrían. Él la agarró y corrieron. -Vamos a mi casa- le dijo. -Me van a agarrar, me van a agarrar. Y tal cual gritó. Acto seguido. Claudia llevaba lavando los trastes, tres años, cocinando, tres años, extrañando, tres años, esperando, tres años. Estaba segura de que él haría todo por regresar. Todos los días tenía un presentimiento, corría a las vías a esperar el tren. Miraba a los migrantes. Buscaba entre la gente. Ella no sabía olvidar, ella no podía olvidar. El padre se acercó y le dijo- te vez cansada Claudia-, sigues pensando en lo mismo, han sido tres años. Le tomó la mano, ella se dejó guiar, la llevó al traspatio, había mucha maleza. Le contó una historia de crímenes, de ultrajo. Se confesó ante ella. La frase se quedó en el aire -Esa noche solo estuvimos Dios, los militares y yo-. Por eso siempre los cuidaba, por eso siempre intento salvarlos. Entonces ella comprendió, se tiró a la tierra y lloró. Corrió a su casa y abrazó a su hijo, lo miró a los ojos ahí estaba él.

Él más allá


Ella no sabía definir adecuadamente cuáles eran sus enojos. Tenía que pensarlo muy bien. Mirarse al espejo y repasar de arriba abajo las palabras. No sabía que le provocaba un temblor. Saberse correspondida o aquellas palabras que le provocaban duda.

Esa persona, le causaba un sentimiento de asombro, pero también de pánico. Su voz, no la podía olvidar y se enmarcaba junto con ciertos recuerdos. Que le provocaban cierta risa nerviosa. Él no era la persona más sensata, la trataba bien, la trataba mal, la trataba. Ella no quería repasar las veces en las que no había entendido claramente qué estaban haciendo. Hablando, tranquilizándose, ¿coqueteando?

Probablemente un conocimiento de causa tenían los dos. Sabían bien como les afectaba la indiferencia. Él la ejercía magistralmente, sabía cuando hablar, cuando ignorar. Ella también sabía, a veces era amistosa y  en otras  ponía una línea de separación descomunal irónica. Las líneas no les agradan, pero sirven de algo. Después, ella resentía sus ejercicios de despojo y regresaba a él.

Una palabra entonces, una amable, hay que deletrear. Es extraordinario lo que puede hacer una sola, abandonada, ¿cómo una gota de  lluvia, se puede convertir en un chubasco torrencial?


Pero siempre una mirada, vale más. Entonces él, soltaba, la soltaba, -no deberíamos vernos jamás. Y entonces… solo existe él, más allá. 

Dolores como síntomas


Dolores, te llamarás así porque no tienes solo un nombre. Tienes que ser más inestable, grosera, evasiva, sofocante para que te escuchen, los que saben.

Categóricamente eres una persona ágil. Pero en el fondo eres inusual. Me gustaría tomarte por sorpresa y hacerte menos. Decirte las cosas de frente y que de repente tu hermoso rostro, se paralice y llore.
Dolores, eres lo único que tengo. Por tu corazón de piedra. ¡Maldita! Muy tarde se comprende lo mucho que se necesita, como una droga. Sin embargo tú no eres la que me va a salvar. Más bien todo un dolor de cabeza descomunal.

Nadie te va a poder amar, decían y al final sí pudieron quererme. Y trastocar todo mi ser hasta dejarlo roto. Me colocaron un nombre, me ordenaron cierto comportamiento, siempre negué la necesidad de hacerlo. No quiero y me voy a ir, porque yo lo digo.

Dolores, fueron mejores los años en los que no te nombraba,  si en algún momento quería tener la oportunidad de mirarte fijamente y decirte cuanto te necesitaba, ese momento se esfumó. Porque eres evasiva como un animal, perdido. Nunca dejas que te tenga. Si no entiendes mi agonía, entonces no te puedo querer, me dije y te dije.

La mitad de las personas piensan que pueden decirme como sentir. Debido a que se sienten tan infelices con ellos mismos. La Soledad es muy dura. Pero yo también tengo lo mío. Soy egoísta, doy, como quito. La paciencia debería ser mi amiga. Pero los que me amaron nunca comprendieron esa desazón que provoco en quien me quiere. 

Dolores, eres brisa fresca en atardeceres impunes. Cuando estaba agonizante me dejaste tirado. En medio de la nada, sudando por la fiebre, te fuiste lastimera y no me miraste.

El escuchar no es una de mis cualidades, más bien me gusta dar, una y otra vez, estar en ese punto en el que me convierto en síntoma, no en continuidad. Me gusta dar todo lo que puedo. Cuando me voy, ya no tengo nada, esa es mi mayor anhelo, puedo y soy muy complaciente, acompaño un rato. Después simplemente me evado.

Ayer tomé mi medicina, Dolores.

¡Adiós amor, me voy!

Un museo de grandes novedades


Un museo de grandes novedades.

Repetimos, siempre repetimos lo mismo, es como si no aprendiéramos de la historia. La soledad, es algo que no podemos ni pensar y entonces buscamos a quien asirnos, para no estar solos. Te conocí un día, no seguramente no lo hice. Tampoco ahora, aunque pueda saber que vas a hacer, conozco los gestos, los nervios, la tristeza. Te tenía idealizado en mi mente eras la persona que debía estar conmigo, toda la vida soportando mis estupideces. Cuando te reencontré supe que estaba en un camino difuso de convulsiones crónicas. Sabía que íbamos a hablar pendejadas y seguramente confirmaría mis sentimientos. De deseo, pero también de miedo. No estábamos ninguno de los dos en la mejor posición. Estábamos atolondrados por la novedad. Éramos los mismos, pero ya no tanto. Nos alabábamos entre nosotros -que si ya eres diferente-, -que si cambiaste de cierta manera-. No podíamos aceptar que la habíamos regado por completo. Yo quería jugar con mis sentimientos, negar un poco mi realidad, tú querías también tomarme por sorpresa, mirarme, decirme que la regaste, hace mucho. En ese momento de antaño, yo también resguarde mis heridas, las viví en verdad, estaba jodida completamente, pero eso te alejo más. No me arrepiento, momentos felices vivimos separados. Actualmente estoy convencida que los seres humanos, no podemos estar solos, somos seres gregarios, necesitamos a los demás, sin duda digo muchas obviedades. Queremos el afecto de los otros, aunque no sea lo más adecuado, aunque nos lastime y lastime a nuestros seres cercanos. Tus palabras son intoxicantes me dejan volar un rato. Pensar en las posibilidades de algo diferente. No en algo que necesariamente tiene que hablar de tu persona conmigo. Sino de otros conmigo. ¡Alto! me digo, esto no puede ser. Acuerdos, aunque duelan, aunque veas que la otra persona que está contigo tampoco es feliz. Estaré sometida. Esquizofrénicamente voy a escapar a otros lados en mi cabeza y al final voy a regresar con los míos. Con los que quiero, con lo que no quiero, con los que tengo un conflicto, con los que amo y también con los que odio. Y tú vas a estar ahí, aunque me de miedo.

De un precipicio me tiré


 De un precipicio me tiré

El horizonte no es claro a veces uno comete errores en las cuentas. Sin duda. Pero cuando hay un dejo de extrañeza en la mirada de la persona que elegiste. Lo notas. Lo noté en ese momento, el silencio, la incertidumbre de quien se ve cuestionando y entonces me di cuenta. Leí su inseguridad, lo conozco, conozco su mirada, el gesto fingido al ignorar las palabras pronunciadas. Me sorprendí tanto que no dije nada, me quede como una tumba. Pero en el fondo, algo se quebró dentro de mí. Y la incertidumbre de la posibilidad de perderte se hizo tan nítida. Estúpida, real, seca. Entonces cuando duermes, te espío y no eres el mismo. Te miro dormir. Me acerco a la fuente del saber. El que busca encuentra. Lo estoy leyendo en realidad. ¿Una amistad? Lo dejo en su lugar. Quiero llorar, lloro, lejos en otro lugar, dónde tú no puedas verme. ¿Engañada? Lo mismo da. No haré nada. Me quedaré observando cómo te vas. Tengo miedo, pero no te voy a enterrar conmigo. 

A lo lejos canta.... de un precipicio me tiré, oh! no existe el amor, no existe el amor, oh!, cuando le buscas siempre fuera de ti, me dices que soy un ser especial, pero me haces sentir como un vil souvenir.  Mejor así sin engaños, ni mentiras...

Los niños de mamá Rosa y de nadie más.

El discurso del Estado solo revictimiza a las víctimas de "La Gran Familia" y las estigmatiza. Todos hablan de sí mamá Rosa era un monstruo o una santa, es decir totalmente un discurso mediatizado. Pero la pregunta fundamental es qué pasará con los niños que fueron sacados, o de reformatorios de diferentes estados, o de familias violentas, que los metieron a un orfanato dónde se suponía velarían por sus derechos humanos y no lo hicieron. Y ahora el gobierno michoacano hace lo mismo que hacia mamá Rosa, hay que darles comida y sanitizarlos, y decirles y reafírmales que fueron víctimas de una mala mujer, de una bruja. Y al final para qué para que los devuelvan al DIF (como si en esa institución no existiera corrupción y abuso)?, a otros orfanatos de otros estado de la república dónde seguro estarán igual o peor (porque no están regulados), se los van a regresar a los padres que una vez los dañaron o que no tienen medios económicos?, a reformatorios? yo me pregunto a dónde?

Cuando se termine el gran notición mediático, a dónde van a ir los niños? qué atenciones van a tener para no re-vivir lo que ya sufrieron, quién se va a hacer cargo? Otra mamá Rosa?, el Estado corrupto (, la sociedad michoacana sumida en la narco cultura y la violencia, la iglesia asistencialista?

Esos niños son responsabilidad de la sociedad, no sólo zamorana, sino de la sociedad mexicana. Que no exige o busca seguridad para sus hijos. Una sociedad anómica que los está matando. Una estructura violenta y corrupta. Ya sea enviándolos ilegalmente a los Estados Unidos, orillándolos al narcotráfico, sumiéndolos en la pobreza, metiéndolos en las autodefensas, explotándolos en las fábricas o en las grandes construcciones, subrogando guarderias y así podría seguir mencionando. Es una responsabilidad conjunta. Podemos rasgarnos las vestiduras por una y otra postura. Pero si seguimos sin hacer nada, sin exigir justicia a todos los niveles, sin salir a las calles, pues nos estamos matando así tal cual.