Yo misma no quiero distinguir el
dolor. No te voy a exigir estar abierta a las sensaciones que perduran, que te
llenan de incertidumbre, te conozco, te exalta, tendrías que tomar tus pedazos
y armarlos. Verte sin ningún velo. Tener miedo a perder la cordura y estar en
la nada existencial. Sabes que en algún momento vas a regresar, -no tengas
miedo- me repito en mi cabeza, si logras ver, tal vez no sea tan grave, tan
desolador; sin embargo no te puedo asegurar nada. Espera entonces, pánico, pánico,
mi cerebro se aturde. No puedo continuar y respirar. Lo veo de lejos, es una
llamarada, es el puro miedo, ¿soy cobarde? Polaridades, puedo sentir demasiado,
puede arrastrarme un deseo, un idilio, sin embargo de repente la prótesis, que
no deja que me doble demasiado. Entonces vuelvo a hacer un esfuerzo por desprenderla,
me la quitaré, tal vez si veo, eso que enterré en lo profundo de mi memoria,
aunque me destruya, aunque me confirme que la soledad fue mi aliada y que yo
misma soy mi propia salvación.
Marisela, Marcela, Marisol
Marisela, Marcela, Marisol
“Quisiera pedirte perdón, pero el coraje es
más grande. Quisiera haberme mantenido lejos y no someterme a lo que me haces
sentir. Me ofreciste una amistad, pero yo, ¿para qué la necesito? Mi irascibilidad
no me lo permite.”
Saqué el papel de la máquina de
escribir, el maldito cuento no nacía, no iba. Seguía pensando en ella. Marisela,
Marcela, Marisol, de mis días. Cualquiera que fuera tu nombre, el recordarte,
me paralizaba en mi proceso creativo. Tomé la botella de tequila, me la empiné.
Solamente me quedaba mi machismo paralítico.
Mi celular estaba ahí, busqué sus
fotografías, me había enviado algunas con poca ropa. Disfrute mirarlas
detenidamente, una sonrisa (seguramente falsa), las inundaba. Me dieron ganas
de lanzarlo por la ventana abierta. Es increíble la manera en que avanzan los
errores. Marisela esa mujer valiente, Marcela la insegura y Marisol la pasión.
El cuento lo tenía que mandar en dos días, el concurso más significativo de la
nación. Ganarlo era mi esperanza desde los 23 años, cuando terminé ingeniería y no volví a los libros de química.
Realizaba algunas correcciones de estilo para una revista de la capital, ahí
escribía sobre rock and roll y mamadas. Ganaba algo de dinero y podía ir a
conciertos hípsters pendejones. Ahí la conocí, a mis 23 años, yo era la persona
más “x” de la tierra, ni amistades tenía, solo me la pasaba escribiendo miles
de historias y novelas, que aún no habían visto la luz. Le entregué el título a
mi familia y les dije que no me buscaran más.
El departamento donde vivía tenía
una mesa y una silla, un colchón en el suelo y mi ropa regada alrededor. En la
mesa estaba mi maquinita de escribir, le llamaba la veloz. Yo era un mamón de mierda, pues tenía lap top, pero
prefería escribirlo todo en ella, porque mis manos corrían por las teclas. Y
siempre me regalaba una gran satisfacción, ver la cara de las muchachitas que
me ligaba, cuando decían –escribes con esto, ¡qué sofisticado!-, regularmente
eran de alguna preparatoria o un CCH, no quería relacionarme con mujeres ingenieras,
ni de otras facultades. La razón muy simple, las mujeres que estudian
cuestionan demasiado, quieren una amistad. Las muchachitas quieren enamorarse y
desenamorarse, en cinco segundos.
A Marisol la conocí en ese
concierto, al cual me mandó mi editora, con la cual sostenía relaciones para
mantener mi trabajo, realmente no me empeñaba como debería, me la pasaba ebrio
en mi departamento de renta barata en la lagunilla. Tiro por viaje, cuando
estaba pedo, me asaltaban, yo ya no traía nada, solo recibía los golpes en el
cuerpo, pero la neta me valía madre, hasta disfrutaba el dolor. En algún momento
Marcela me dijo –deberías entrenar
boxeo, así por lo menos podrías defenderte- me dio tanta risa, ella me provocaba
una sonora risa, con su inocencia. El concierto era de un grupo muy subnormal
Rana Santacruz, ¿qué pedo? Trova Latinoamericana, baratona. Sin embargo a
Marisela le encantaba. Ponía esa música cada que podía y me dedicaba una cajita de barro y lloraba convencida
del amor, que inhalábamos y profesábamos en mi departamento semi vacío. La
complicidad de tenerla en mi vida, cuando quería ser apasionada, ya no lloraba,
me enfrentaba con mis demonios, me daba los ánimos para elaborar el cuento para
el concurso, cuando tenía esa necesidad loca de invitarme a bailar, Marisol era
la elegida. La que me envenenaba con sus historias de triunfos y esperanzas. Ella
estudió artes plásticas en Casa Lamm (una escuela hípster mamona), cuando la
veía dibujando esos bocetos y dudaba de los trazos era Marcela. Su cabellera
china, negra, su piel morena, era hermosa, sin duda. Ese día en el concierto me volvió loco su forma de ser, la
pasión cuando cantaba. Ese día yo solo vi a dos a Marisol y a Marisela, la
pasión y la valentía, cuando bailaba en su vestido rojo y sus piernas largas se
movían con el ritmo, cuando gritaba histérica de felicidad. No le perdí la
mirada, la atraje poco a poco. Le conté que estaba haciendo periodismo, que
venía a documentar el concierto, y que se notaba que ella era una fan. Lo cual
me lo confirmó, le invite una cerveza y la alejé de sus amigas.
Tengo marido dijo, no sé si
debería ir contigo. Subimos al bocho destartalado y nos paramos en el puto Oxxo
para comprar más provisiones. -Lo de tu marido me vale verga- le dije, -No nací
ayer- las palabras se perdieron en un beso. Cuando nos adentramos por las
calles de Tepito, la insegura Marcela, me pregunto las razones por las cuales
vivía en un lugar tan peligroso. Mientras yo tocaba sus piernas morenas,
suaves. Estando sobre el colchón fui quitándole el vestido, tres pares de ojos
pequeños, negros me miraban. Marisol la ardiente pasionaria me llevó a las
profundidades de Marisela y Marcela. Aún recuerdo sus labios abiertos,
delgados, moraditos.
Después de seis meses de repetir
con ella. Marcela se hacía cada vez más presente, su inseguridad, la que no la
dejaba terminar lo que empezaba. La que mantenía constantemente presente su
otra relación en nuestras conversaciones. En aquel momento Marisela estaba
pintando un auto retrato con tres caras. Ahí fue cuando entendí qué era ella.
En ese momento, también yo escribía el cuento, el que me haría triunfar. Cuando
empezó a hablar tanto de su relación con ese wey, que si tenía una casa, una vida. Me sentía tan insignificante,
yo ¿qué tenía?, nada. Busqué en varios brazos de jóvenes, sin embargo, la mirada,
su cuerpo dividido en tres, me había inundado. Me emborrachaba, desde las 12
del día, hasta la madrugada y Marcela se enojaba. Se encabronaba, ¿qué vas a
hacer hoy? Eres un pendejo. Marisela me tronaba los dedos, Marisol solo se
burlaba.
Asistía a los conciertos y un
buen día la vi. Desde lejos estaba con él. Ese día identifiqué que estaba
Marcela y Marisela. Toda la noche a su lado. Me acerqué a ella, poco a poco.
Cuando la tuve de frente, Marcela puso cara de pánico y habló Marisela –Jorge te
presento a Jacobo, él es productor de este grupo- El wey estaba un poco sorprendido, era un mamón. Me saludó y preguntó
¿a qué te dedicas, eres pintor? –No, escritor, estoy trabajando en una crónica
de éste concierto- Jacobo me miro de arriba para abajo y amablemente me ofreció
unos pases para el after party y me
prometió presentarme a la banda, darme la entrevista exclusiva, ¡qué mamada! –Todo
por el amigo de Marisol, Marcela, Marisela- dijo altivo. Ella esperaba que yo
no aceptara. Pero en ese momento me moría de celos. Fuimos al after, la banda entera se embriago y yo
con ellos, la vocalista estaba buenísima y le tiré los perros abiertamente. Marcela
me miraba enojada. En un momento, cuando el wey
platicaba con sus amigos hípsters, la jalé al balcón. Marisol se emocionó, me dio
un beso furtivo y me dijo que presentaría sus cuadros en Bellas Artes, no le
creí pero me gustaba como me choreaba. Le intente meter mano y Marcela saltó,
que su wey, que su wey,- ¡no mames!- le grité. La tomé entre mis brazos, ella
levantó la mirada y entonces me tiro el pedo directo –Me voy a Nueva York con
él-.
Mucho tiempo no me relacioné con
nadie, porque la furia me invadía de diferentes maneras, a tal grado que cuando
me enojaba ya no recordaba lo que hacía. Me gustaba escribir porque me podía
evadir de esa personalidad iracunda. Con el tiempo aprendí a estar solo, a no
relacionarme. Me gustaban las mujeres, las adolescentes regularmente no
cuestionaban mucho. En la carrera no me relacioné con nadie, estudié porque mis
padres se empeñaron y la verdad me dio igual. Un día en un encuentro con una
joven, a ella le dio un pason de coca. Murió en mi departamento y yo la saqué a
la calle y no me importó. Nadie respondió por ella. Marcela, Marisol, Marisela,
era la mujer que yo amaba, por alguna razón me impulsaba a llenar esos vacíos.
La agresividad de tener esta puta furia, me la mataba con un abrazo, una
mirada, una palabra, una cogida. Cuando me dijo que se iba, la puse contra el barandal.
Mis temores, mis grandes miedos respecto a la vida, respecto a mi incapacidad
de relacionarme con alguien, con la puta sociedad, estando en ese balcón se
veía toda la Ciudad, las luces pequeñas, y cuando le dije-¡vete a la verga! No recuerdo.
Ella calló.
La máquina ya no tenía tinta,
miré el papel llenó de palabras, lo saqué, lo arrugué y lo tiré a la basura. -No
hay cuento que no se hubiese escrito mil veces - decían mis profesores de la
facultad de letras.
0
pinceladas
lunes, 8 de junio de 2015
Las vías
Claudia seguramente no lo pensó
cuando salió corriendo a las vías. Era madrugada. Sentía que el tren ya estaba
por llegar. Y tal vez está vez lo vería. Corrió bastante hasta que empezó a
temblar la tierra. El ruido se hizo más claro. No necesitaba luz, conocía bien
el terreno. Conocía bien las piedras, la tierra mojada, la vegetación
selvática. Hacía calor, sudaba, el vestido estaba empapado. No se había
percatado que iba descalza. Se paró cerca de las vías. Cuando pasó el tren y se
paró. El ruido de la maquina cesó.
Y los murmullos, no eran los de la
noche, sino los de los viajeros. Comenzaron a bajar en desbandada. No esperaba
verlo. Solo buscaba entre la soledad. Camino de regresó a su casa. Pisó
firmemente, mañana tal vez lo vería. Cuando se reunieran en el albergue. Cuando
les sirviera la comida. Entre la gente cansada, sudorosa, temerosa del porvenir.
Pensó en todo eso y llegó a la cama, se durmió. A las seis de la mañana, el
gallo comenzó su canto. Se levantó. Se colocó otro vestido, se lavó la cara y
el cabello en la tinaja. Tenía el cabello enmarañado, negro, rizado. Era
morena, con el cuerpo formado. No tan alta. Carácter fuerte. Salió rumbo al
albergue, saludo al padre y fue a la cocina, comenzó sus labores. Tenía el
presentimiento de que tal vez ése era el día. Colombia no estaba tan lejana, la
sentía cerca como todos los días. La comida empezaba a calentarse, las
tortillas en el anafre. Estaba trabajando lentamente, ella sabía. A las siete,
las personas ya se estaban sentando. Sus compañeras ya servían. Claudia salió
de la cocina. El comedor estaba lleno. El padre convocó a la oración antes de
comer. Pidió por los viajeros, por la vida. Ella rezó en silencio y buscó entre las caras. La mayoría
comían cabizbajos, cansados, rápido. La comida caía en sus estómagos.
Masticaban fuertemente. Empezaban entonces las pláticas, los recuerdos, la
añoranza por el otro lado. La melancolía de lo que se dejó atrás, familia,
amigos, nación. Repasaba las caras. Él no llegó. Recuerda la primera vez que lo
vio, tenía 17 años, ella servía la comida era una mañana igual a muchas otras.
Colocó el vaso de leche sobre la mesa, él tomó su mano, ella la quitó
bruscamente. Recuerda la excitación, la belleza de su rostro, los ojos
castaños, la profunda tristeza. Piel morena, sonrisa fácil. Tenía un acento, le
decía la Claudia. No se quedó mucho, lo suficiente para tenerla. Para quitarle
la esperanza. Le dijo que su fueran juntos al otro lado. -Vámonos. Ahí vas a
tener todo lo que deseas. Pero ella nunca ambicionó eso, su padre, sus hermanos,
se habían ido, no sabía de ellos, el dinero llegaba. Su preocupación la hacía
trabajar en el albergue. Él tenía un nombre colombiano, Dalton. Nombre extraño.
Típico. Le hablaba de su país, emocionado por la vida que no tenía. Del narco.
Del paraíso. Tenía 26 años. Tenía un acento. La llevó por las noches a la
orilla del río. La mecía entre sus brazos. Tenía emociones fuertes. La tocaba
seguro, como si la conociera, recorría su cuerpo. Ella era callada casi no le
dirigía la palabra, le daba vergüenza. La noche en que llegaron los militares.
Ellos estaban juntos, llevaba tres semanas que no pasaba el tren. Había muchos
viajeros. Muchos migrantes. El albergue parecía bullicioso. Los cuerpos estaban
relajados. El padre les hablaba de los cuidados, de no olvidar la lucha
cotidiana. De no perder la esperanza. El cura era una persona muy clara en los
apoyos que tenía que dar, del camino que Dios le había asignado. Claudia
escuchó los gritos, las personas corrían. Él la agarró y corrieron. -Vamos a mi
casa- le dijo. -Me van a agarrar, me van a agarrar. Y tal cual gritó. Acto
seguido. Claudia llevaba lavando los trastes, tres años, cocinando, tres años,
extrañando, tres años, esperando, tres años. Estaba segura de que él haría todo
por regresar. Todos los días tenía un presentimiento, corría a las vías a
esperar el tren. Miraba a los migrantes. Buscaba entre la gente. Ella no sabía
olvidar, ella no podía olvidar. El padre se acercó y le dijo- te vez cansada
Claudia-, sigues pensando en lo mismo, han sido tres años. Le tomó la mano,
ella se dejó guiar, la llevó al traspatio, había mucha maleza. Le contó una
historia de crímenes, de ultrajo. Se confesó ante ella. La frase se quedó en el
aire -Esa noche solo estuvimos Dios, los militares y yo-. Por eso siempre los
cuidaba, por eso siempre intento salvarlos. Entonces ella comprendió, se tiró a
la tierra y lloró. Corrió a su casa y abrazó a su hijo, lo miró a los ojos ahí
estaba él.
0
pinceladas
miércoles, 10 de septiembre de 2014
Él más allá
Ella no sabía definir adecuadamente cuáles
eran sus enojos. Tenía que pensarlo muy bien. Mirarse al espejo y repasar de arriba
abajo las palabras. No sabía que le provocaba un temblor. Saberse correspondida
o aquellas palabras que le provocaban duda.
Esa persona, le causaba un
sentimiento de asombro, pero también de pánico. Su voz, no la podía olvidar y
se enmarcaba junto con ciertos recuerdos. Que le provocaban cierta risa
nerviosa. Él no era la persona más sensata, la trataba bien, la trataba mal, la
trataba. Ella no quería repasar las veces en las que no había entendido
claramente qué estaban haciendo. Hablando, tranquilizándose, ¿coqueteando?
Probablemente un conocimiento de
causa tenían los dos. Sabían bien como les afectaba la indiferencia. Él la ejercía
magistralmente, sabía cuando hablar, cuando ignorar. Ella también sabía, a
veces era amistosa y en otras ponía una línea de separación descomunal
irónica. Las líneas no les agradan, pero sirven de algo. Después, ella resentía
sus ejercicios de despojo y regresaba a él.
Una palabra entonces, una amable,
hay que deletrear. Es extraordinario lo que puede hacer una sola, abandonada, ¿cómo
una gota de lluvia, se puede convertir
en un chubasco torrencial?
Pero siempre una mirada, vale
más. Entonces él, soltaba, la soltaba, -no deberíamos vernos jamás. Y entonces…
solo existe él, más allá.
0
pinceladas
martes, 2 de septiembre de 2014
Dolores como síntomas
Dolores, te llamarás así porque
no tienes solo un nombre. Tienes que ser más inestable, grosera, evasiva,
sofocante para que te escuchen, los que saben.
Categóricamente eres una persona
ágil. Pero en el fondo eres inusual. Me gustaría tomarte por sorpresa y hacerte
menos. Decirte las cosas de frente y que de repente tu hermoso rostro, se
paralice y llore.
Dolores, eres lo único que tengo.
Por tu corazón de piedra. ¡Maldita! Muy tarde se comprende lo mucho que se
necesita, como una droga. Sin embargo tú no eres la que me va a salvar. Más
bien todo un dolor de cabeza descomunal.
Nadie te va a poder amar, decían
y al final sí pudieron quererme. Y trastocar todo mi ser hasta dejarlo roto. Me
colocaron un nombre, me ordenaron cierto comportamiento, siempre negué la
necesidad de hacerlo. No quiero y me voy a ir, porque yo lo digo.
Dolores, fueron mejores los años
en los que no te nombraba, si en algún
momento quería tener la oportunidad de mirarte fijamente y decirte cuanto te
necesitaba, ese momento se esfumó. Porque eres evasiva como un animal, perdido.
Nunca dejas que te tenga. Si no entiendes mi agonía, entonces no te puedo
querer, me dije y te dije.
La mitad de las personas piensan
que pueden decirme como sentir. Debido a que se sienten tan infelices con ellos
mismos. La Soledad es muy dura. Pero yo también tengo lo mío. Soy egoísta, doy,
como quito. La paciencia debería ser mi amiga. Pero los que me amaron nunca
comprendieron esa desazón que provoco en quien me quiere.
Dolores, eres brisa fresca en
atardeceres impunes. Cuando estaba agonizante me dejaste tirado. En medio de la
nada, sudando por la fiebre, te fuiste lastimera y no me miraste.
El escuchar no es una de mis
cualidades, más bien me gusta dar, una y otra vez, estar en ese punto en el que
me convierto en síntoma, no en continuidad. Me gusta dar todo lo que puedo.
Cuando me voy, ya no tengo nada, esa es mi mayor anhelo, puedo y soy muy
complaciente, acompaño un rato. Después simplemente me evado.
Ayer tomé mi medicina, Dolores.
¡Adiós amor, me voy!
0
pinceladas
lunes, 25 de agosto de 2014
Un museo de grandes novedades
Un museo de grandes
novedades.
Repetimos, siempre repetimos
lo mismo, es como si no aprendiéramos de la historia. La soledad, es algo que
no podemos ni pensar y entonces buscamos a quien asirnos, para no estar solos. Te
conocí un día, no seguramente no lo hice. Tampoco ahora, aunque pueda saber que
vas a hacer, conozco los gestos, los nervios, la tristeza. Te tenía idealizado
en mi mente eras la persona que debía estar conmigo, toda la vida soportando
mis estupideces. Cuando te reencontré supe que estaba en un camino difuso de
convulsiones crónicas. Sabía que íbamos a hablar pendejadas y seguramente
confirmaría mis sentimientos. De deseo, pero también de miedo. No estábamos
ninguno de los dos en la mejor posición. Estábamos atolondrados por la novedad.
Éramos los mismos, pero ya no tanto. Nos alabábamos entre nosotros -que si ya
eres diferente-, -que si cambiaste de cierta manera-. No podíamos aceptar que
la habíamos regado por completo. Yo quería jugar con mis sentimientos, negar un
poco mi realidad, tú querías también tomarme por sorpresa, mirarme, decirme que
la regaste, hace mucho. En ese momento de antaño, yo también resguarde mis
heridas, las viví en verdad, estaba jodida completamente, pero eso te alejo
más. No me arrepiento, momentos felices vivimos separados. Actualmente estoy
convencida que los seres humanos, no podemos estar solos, somos seres
gregarios, necesitamos a los demás, sin duda digo muchas obviedades. Queremos
el afecto de los otros, aunque no sea lo más adecuado, aunque nos lastime y
lastime a nuestros seres cercanos. Tus palabras son intoxicantes me dejan volar
un rato. Pensar en las posibilidades de algo diferente. No en algo que
necesariamente tiene que hablar de tu persona conmigo. Sino de otros conmigo. ¡Alto! me digo,
esto no puede ser. Acuerdos, aunque duelan, aunque veas que la otra persona que
está contigo tampoco es feliz. Estaré sometida. Esquizofrénicamente voy a
escapar a otros lados en mi cabeza y al final voy a regresar con los míos. Con
los que quiero, con lo que no quiero, con los que tengo un conflicto, con los
que amo y también con los que odio. Y tú vas a estar ahí, aunque me de miedo.
0
pinceladas
martes, 19 de agosto de 2014
De un precipicio me tiré
De un precipicio me tiré
El horizonte no es claro a veces
uno comete errores en las cuentas. Sin duda. Pero cuando hay un dejo de
extrañeza en la mirada de la persona que elegiste. Lo notas. Lo noté en ese
momento, el silencio, la incertidumbre de quien se ve cuestionando y entonces me
di cuenta. Leí su inseguridad, lo conozco, conozco su mirada, el gesto fingido
al ignorar las palabras pronunciadas. Me sorprendí tanto que no dije nada, me
quede como una tumba. Pero en el fondo, algo se quebró dentro de mí. Y la
incertidumbre de la posibilidad de perderte se hizo tan nítida. Estúpida, real,
seca. Entonces cuando duermes, te espío y no eres el mismo. Te miro dormir. Me
acerco a la fuente del saber. El que busca encuentra. Lo estoy leyendo en
realidad. ¿Una amistad? Lo dejo en su lugar. Quiero llorar, lloro, lejos en otro
lugar, dónde tú no puedas verme. ¿Engañada? Lo mismo da. No haré nada. Me
quedaré observando cómo te vas. Tengo miedo, pero no te voy a enterrar conmigo.
A lo lejos canta.... de un precipicio me tiré, oh! no existe el amor, no existe el amor, oh!, cuando le buscas siempre fuera de ti, me dices que soy un ser especial, pero me haces sentir como un vil souvenir. Mejor así sin engaños, ni mentiras...
0
pinceladas
jueves, 7 de agosto de 2014
Los niños de mamá Rosa y de nadie más.
El discurso del Estado solo revictimiza a las
víctimas de "La Gran Familia" y las estigmatiza. Todos hablan de sí
mamá Rosa era un monstruo o una santa, es decir totalmente un discurso
mediatizado. Pero la pregunta fundamental es qué pasará con los niños que
fueron sacados, o de reformatorios de diferentes estados, o de familias
violentas, que los metieron a un orfanato dónde se suponía velarían por sus
derechos humanos y no lo hicieron. Y ahora el gobierno michoacano hace lo mismo
que hacia mamá Rosa, hay que darles comida y sanitizarlos, y decirles y reafírmales
que fueron víctimas de una mala mujer, de una bruja. Y al final para qué para
que los devuelvan al DIF (como si en esa institución no existiera corrupción y
abuso)?, a otros orfanatos de otros estado de la república dónde seguro estarán
igual o peor (porque no están regulados), se los van a regresar a los padres
que una vez los dañaron o que no tienen medios económicos?, a reformatorios? yo
me pregunto a dónde?
Cuando se termine el gran notición mediático, a
dónde van a ir los niños? qué atenciones van a tener para no re-vivir lo que ya
sufrieron, quién se va a hacer cargo? Otra mamá Rosa?, el Estado corrupto (, la
sociedad michoacana sumida en la narco cultura y la violencia, la iglesia
asistencialista?
Esos niños son responsabilidad de la sociedad, no
sólo zamorana, sino de la sociedad mexicana. Que no exige o busca seguridad
para sus hijos. Una sociedad anómica que los está matando. Una estructura
violenta y corrupta. Ya sea enviándolos ilegalmente a los Estados Unidos,
orillándolos al narcotráfico, sumiéndolos en la pobreza, metiéndolos en las
autodefensas, explotándolos en las fábricas o en las grandes construcciones,
subrogando guarderias y así podría seguir mencionando. Es una responsabilidad
conjunta. Podemos rasgarnos las vestiduras por una y otra postura. Pero si
seguimos sin hacer nada, sin exigir justicia a todos los niveles, sin salir a
las calles, pues nos estamos matando así tal cual.
0
pinceladas
jueves, 17 de julio de 2014
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
