Lo que no fue no será

Lo sé, lo bueno es un artilugio, un suspiro que se agota en cuanto el efecto se va; los instantes son un misterio, ayer la memoria te sonreía y hoy te ignora. Lo sé, lo bueno ya no importa, por eso recoge los pedazos y no mires atrás.

Residuos de una locura

Quiero escribir algo. Me siento de la fregada. con las cosas del exterior. Puto mundo invisible. Estoy segura que no puedo medir todas las cosas. Entre más cierro los ojos para dormir, pocas veces sueño algo agradable. Estoy apunto de creer, que nada es real. Necesito correr muy lejos. Para llegar a algún lado, cero real. Fumar o beber, y aceptar lo que tenga que venir. Que haces cosas y que en realidad no haces nada de provecho. Un puto año más. Extrañando a los extraños. Sabiendo lo qué es  la soledad. Que elegiste mal. No eres muy inteligente después de todo. Vas a perder. Llegarás a un lugar obscuro. No vas a saber decidir bien. Vas a avanzar mucho a ningún lugar. Por poco me voy a ir a muchos lugares. Sonreír aunque no lo sientas, por favor haz lo que te digo. Callar cuando es necesario. Nunca.

La sangre no es eterna

Fumamos.
Me cortaste una vena
De mi mano
Llena de henna.

Nadamos,
por la calle vacía.
La sangre dibujó la vía
de la escapada triunfal.

Ese día,
Fuiste la sirena
Que dormía
En la arena
Sideral.

Cuando nos amamos
Yo fui un simple humano
Frágil y terrenal.

Pero la sangre no fue en vano,
Nuestra unión no fue eterna
Y hoy, nos olvidamos.

Telequinesis

Estábamos en la barra. No necesitábamos hablar con nadie. Tampoco amigos. Me tomé un trago de mezcal y miré fijamente el cuadro que se encontraba colgado en la pared a un costado tuyo. Eras diferente, pensé. Me levanté decidido a caminar hasta el otro lado de la barra para hablarte. Pero estaba muy borracho y al hacer el intento tambaleé. No hice nada. Intenté hacer contacto visual. Leí en alguna revista que puedes hacer telequinesis con las personas que te atraen. Empecé a pensar en eso, en la telequinesis, me imaginé diciéndote unas palabras que leí en otra parte. Hacer eso te podría hacer sonreír. De repente te comenzaste a mover, parecías flotar como las nubes. Interpreté que bailabas. Aunque la música en ese bar me estresaba. Observé que veías mucho tu celular, me imaginé entonces mandándote un mensaje que te descolocaría totalmente: te estoy mirando fijamente, tienes un vestido azul y flotas. Seguí bebiendo unos mezcales, trago tras trago, seguías mirando tu celular. Entonces pensé que te habían dejado plantada. Era mi oportunidad, aunque tambaleara, cuando empecé a caminar sentía que me caía de borracho, sin embargo, tú dejaste la copa, y sin despegar la mirada del celular saliste del bar, justo cuando yo llegaba a tu lugar. Miré la barra y había una servilleta que decía: Hostigarme mentalmente de esa forma y no dirigirme la palabra está muy mal, te dejo mí número de celular háblame cuando se te baje…

De izquierdas, libros y demás

Podría ponerle a éste post un nombre rimbombante como “En defensa de las izquierdas” (tal como lo harían los clásicos), sin embargo no estoy a ese nivel de capacidad discursiva.

Empezaré por comentarles que debido a que soy una sujeta histórica, me es necesario posicionarme en algún punto de la balanza imaginaria, en la cual todos (los luchadores sociales) nos paramos para medirnos frente al otro, y de ahí poder expresar mejor las ideas.

Y destacaré que escribo, porque tengo un amigo que me compartió una reflexión, dónde logró responderse ¿por qué él no es de izquierda? En su escrito da entender, que todas las luchas de la izquierda política, se pueden meter en un licuadora y mezclarse tanto, que no podemos distinguirlas entre sí, ni posicionarnos desde un lugar llamado izquierda sin quedar embarrados por el lado recalcitrante, determinista, evolucionista y autoritario. Llegando a la conclusión de que su única opción es abrazar al nihilismo y de ahí dedicarse a develar las grandes mentiras de la izquierda y la derecha (obvio él lo redactó de una forma más compleja).

Como esto es un post para el blog, pues no quiero caer en analizar historiográficamente algún movimiento autodenominado de izquierda, ni siquiera voy a ponerme academicista (aunque sí diré mis fuentes). Por ello hoy, elijo hablar de mi persona (no en un afán narcisista), sino porque es la historia que conozco a la perfección y yo políticamente me coloco en la parte izquierda de la balanza, tal como mi corazón (cursilería).

Hablar de mí, es sin duda, hacer un ejercicio de permitirme mostrarme y separar las hebras de la madeja que es mi vida. Como varios de mi generación, yo soy producto de la unión de unos hippies, que vivieron su juventud en los años setenta. Tanto así que yo llevo el nombre de una revolucionaria cubana y mi hermano gemelo se llama Ernesto. Mi papá en su juventud perteneció a un partido trotskista, creía firmemente que a la Revolución Rusa le faltó una revolución cultural, odiaba a Stalin y era un activista al que sus compañeros le apodaban “El Chivo”. Mientras mi madre cuando iba en la secundaria, fue llevada por mis tíos a la manifestación del 2 de octubre del 68, y salió viva porque en la desesperación su hermana la tiró al suelo, mientras algunas personas caían muertas por las balas que disparó el gobierno autoritario priista.

Lo anterior podría hacer pensar al lector que mi giro a la izquierda fue producto de sus locuras de juventud, en parte sí, sin duda la vida de mis padres es parte de la historia transgeneracional que comparto con mi hermano (y si me pongo dramática soy sangre de su sangre).

Pero, yo en lo particular atribuyo mi incipiente formación política/ideológica,  a que ambos son unos empedernidos acumuladores de libros, y que para bien o para mal, la mayoría del tiempo no nos supervisaban. Desde muy pequeña (8 años) empecé a leer novelas y poesía latinoamericana, lo cual me llevó a conocer historias trágicas, sobre tempestuosas relaciones sexuales, sobre condiciones de vida difíciles, migración, pobreza, violencia, abandono, incesto, guerras civiles, homosexualidad, drogadicción, matrimonio, infidelidad, prostitución, noviazgos, amor romántico, asesinatos, alcoholismo, venganza, lucha social, machismo, celos, muerte, felicidad, clases sociales, hacendados, campesinos, fantasmas, magia, etc. 

Me metía a la biblioteca de la casa, que era una bodega desordenada y buscaba qué leer, como sabía que mi padre se encabronaba si tocábamos sus cosas, yo exploraba cuando no estaba, con un sentimiento de ansiedad porque sabía que estaba prohibido y que me pegaría si algo le pasaba a sus libros.

Un autor latinoamericano que me impactó a mis 10 años fue Benedetti, no por su posición política, porque a esa edad no tienes ni puta idea de qué fueron las dictaduras en América Latina, ni siquiera de qué significa conceptualmente el exilio. Leí Andamios una novela que habla sobre  desencuentros, me generó más dudas que certezas, evidentemente, pero algo pasó al leerla, y es lo siguiente: esos personajes totalmente contradictorios, llenos de claros oscuros, de dudas ante el amor, ante sus decisiones,  ante el desexilio, eran tan imperfectos como yo. Benedetti era un artista para describir el sentimiento de extravío (en esos años yo sufría de ese mal, creo que hasta ahora).

Seguí leyendo novelas no solo latinoamericanas, a los 14 años leí una historia que me pegó un duro golpe, se llama Hotel Sarajevo de Jack Kersh, ahí el autor habla sobre las consecuencias de la primera guerra mundial, la novela se desarrolla en Bosnia y la protagonista Alma es una niña de 13 años que junto con varios adolescentes se refugian de las bombas entre los escombros del Hotel. Fue una lectura impactante porque nunca había imaginado en ningún sentido los horrores de la guerra. Alma se enamora de Luka el líder de la comuna e inician un idilio adolescente que (evidentemente) termina en muerte.  Nunca me consideré alguien madura para mi edad, leía estas cosas en soledad, difícilmente compartía esto con mis amigos o con mi familia. Ese libro me produjo un despertar ante el dolor, lo que también sentí al leer  El diario de Ana Frank, supe que entre países se mataban por diferencias ideológicas, económicas y políticas.

Recuerdo que leía mucho, me obsesionaba conocer esos otros mundos y a nuevos personajes, lo hacía porque ahí encontraba respuestas para todo lo que se me podía ocurrir, desde niña sufrí insomnio, y ante eso: leía y escuchaba música muy bajito, para que no se dieran cuenta que seguía despierta. La mayoría de las veces descubría que las historias eran trágicas, que había diferencias de clase que dolían, pero que había personas dispuestas a dar la vida por defender sus creencias, inclusive a enfrentar el poder. Un libro que me encantó fue Don Quijote, me permitió reflexionar sobre la locura, aún hoy mientras leo algo de Foucault, no puedo evitar relacionarlo con la prosa de Cervantes ¿la locura libera al sujeto de la biopolítica?

Mi contacto directo con la izquierda revolucionaria fue a los 16 años cuando leí la biografía de Ernesto Guevara de Pacho O’Donnell, al conocer la historia del Che sus claros oscuros y su convicción ante la lucha social, la entrega revolucionaria, pero también al hombre débil, enfermo, con contradicciones, me produjo admiración, pero también me inyectó la duda teórica, ¿quiénes eran Lenin, Marx, Engels, Trotsky y Mao?

Comencé a leer libros teóricos sin entender absolutamente nada, decidí para aquellas épocas  renegar de la vida. Asistía a una escuela de monjas y necesitaba de forma imperante tener armas para cuestionar a Dios, porque me cagaban los imperativos, las normatividades y ellas eran todo eso que odiaba, entonces leí a Nietzsche específicamente La Genealogía de la Moral ahí entendí perfectamente algo: a todos se nos educa para estar sometidos.

Y eso, justo eso es lo que problematiza Foucault, existen una serie de instituciones que juegan con los discursos, y a su vez hacen dispositivos que se colocan en el cuerpo de los sujetos. Los discursos son utilizados para justificar la existencia de las instituciones, sin embargo no son estos los que dominan, sino los dispositivos actuando a través de las relaciones de poder que sostenemos entre sujetos. El filósofo  también explica que se pueden generar prácticas éticas que nos liberen de esos dispositivos de poder y dominación.

Recuerdo ahora la clase que alcancé a tomar con Bolívar Echeverría, la del capítulo 5 de El Capital, ahí nos explicó como en un principio el humano se identificaba con lo que modificaba en la naturaleza, por eso, los mitos fundacionales siempre están llenos de referencias de materiales modificados por el hombre: el barro, la arcilla, la madera, etc. Él en específico puso el ejemplo de los hombres del maíz, en nuestro historia es muy clara la forma en la cual nos identificábamos con la naturaleza, que nos daba la vida, inclusive en el olor significábamos unidad con el maíz.  También el profesor explicaba que en la modernidad los seres humanos somos como un Golum, no tenemos historia a la cual asirnos, despojados de todo contenido, estamos tan alejados de la naturaleza que no podemos reflejarnos en ella, ni en otros. 

Marx explica desde el materialismo histórico, como en el sistema capitalista de producción la mercancía adquiere plusvalía gracias a los obreros explotados, entre más maquinas existan menos plusvalía, porque es el desgaste de la fuerza de trabajo la que produce riqueza. En el capitalismo los obreros despojados de los medios de producción, solo tienen su fuerza de trabajo para vender a la burguesía que son los que poseen las fábricas.

Marx también dijo que la única posibilidad de pasar a otro modo de producción, era por medio de una revolución violenta, dónde se tendría que destruir todo lo que actualmente conocemos, para dar paso a lo nuevo. Aunque también reitera que como en todo proceso dialéctico: la semilla del cambio está depositada al mismo tiempo que el nacimiento del sistema. Y esa revolución no se dará gracias a una toma de conciencia de la clase obrera.

La razón por la cual Marx hacía énfasis en la lucha de clases, es evidente, la clase explotada sería la clase social que destruiría al capital, porque la burguesía por su condición de clase no aceptará el cambio, porque ello, implicaría renunciar a sus privilegios. Algo que aprendí es que Marx quería hacer énfasis en que el capitalismo no era algo dado, inherente a la naturaleza humana, como regularmente se quiere hacer creer a las personas, que somos seres egoístas que solo velamos por un interés liberalista, sino que quería usar la historia para demostrar que otros mundos fueron y son posibles. No encuentro ningún dogmatismo estéril en Marx, inclusive nos da la posibilidad de imaginar ¿qué mundo nuevo traerá consigo la semilla del cambio?

 Los intelectuales panfletarios de la izquierda revolucionaria socialista y comunista, regularmente han mal leído a Marx y han promovido una idea falaz, de que la historia va por fases y que pasaríamos al comunismo impulsando la revolución, que la clase obrera tenía que dar la vida y que quienes no eran obreros se unirían por solidaridad y en contra de la burguesía.

Inclusive esa mentira es tan grande, que el propio Marx siempre dijo desde los principios materialistas que no era culpa de la burguesía en sí tener los medios de producción,  era una cuestión de la estructura que se organiza con base en la explotación. No hay buenos, ni malos, solo un sistema cruento que sirve para producir riqueza monetaria y que no nos permite ser seres humanos.

Reconozco que existe una izquierda de discursos estériles, que nos llevan a quemar las naves, por eso yo vuelvo a Foucault, él hablaba de personas que no se sometían, que eran “anormales”; “enfermos”, “delincuentes”, “monstruos”, los “inadaptados” en los cuales los dispositivos no actúan de la misma manera, ellos eran metidos en cárceles, hospitales psiquiátricos, eran excluidos de la sociedad y señalados. En la sociedad las relaciones de poder, que ejercemos uno a uno, cuando juzgamos, cuando educamos, cuando medicamos, cuando negamos quiénes somos, es la forma en la cual se reproduce el sistema del poder, el gran hermano ya no es necesario, cuando tenemos a miles controlando en razón de que un discurso dijo que poseía el monopolio de la verdad y de la realidad.
¿Esas irregularidades que surgen en el sistema serán expresiones de la semilla del cambio? Esas personas de carne y hueso, que contra todos los pronósticos cuestionan a los poderes autoritarios que les dicen que no encajan. Foucault analizó la sexualidad, porque era un campo muy efectivo para comprobar su metodología que desarrolla en la Arqueología del Saber.

La mayoría de los personajes que conocí cuando era niña, fueron producto del boom latinoamericano. Las historias eran muy realistas, de personas comunes y corrientes, que se enamoraban, que sufrían, que hacían pendejadas y violentaban al otro debido a fines egoístas, pero siempre había alguno que se salía de la regla de la realidad. El realismo mágico, también nos da la posibilidad de mirar la existencia de esos sujetos irregulares, de los que habla Foucault, esos niños con cola de cerdo y niñas que podían ver fantasmas o eran pitonisas.

Soy de izquierda,  porque entiendo y me horroriza como el sistema nos aliena de la posibilidad de identificarnos con los otros, la mayoría de las personas viven más preocupadas por juzgar a un movimiento, que por ayudar solidariamente ante una desgracia humanitaria. Soy de izquierda porque veo todos los días a los cientos de personas “inadaptadas” que son la expresión de la semilla del cambio. Soy de izquierda no para imponer un discurso, sino para resistir a los embates crueles del capitalismo salvaje y desde la resistencia visibilizar que el cambio ya está entre nosotros. 

A veces brillabas


Brillas y brillas tan lindo y brillamos juntos entre pestañas divina, divina sonrisa abrazo de luna, de luna llena

Los momentos esquizofrénicos eran los más creativos, las escenas macabras que pintabas, todos esos cuerpos mutilados, la pintura que más me inquietaba, era una que por alguna razón no terminabas, una mujer en una tina llena de sangre, pero le faltaba el rostro. Esa pintura estaba en el caballete de nuestra habitación, nunca la movías, ni siquiera la mirabas, tenías otro caballete en la sala dónde trabajabas.

Y a veces brillabas, estabas parada en el umbral de la puerta, no dijiste nada que pudiese darme una respuesta a mi petición. Me entregué a ti desesperado, me abalancé sobre tu cuerpo, temblaba. Todo el tiempo busqué tu mirada, mientras te despojaba de tu falda. La penetración fue un acto fallido, porque ya no estabas. Intenté atraerte, me sentí extraviado. Tu piel siempre suave, tus piernas largas, blancas, demasiado excitante, me rebasabas.

Terminé con una exhalación tan fuerte y confusa, en el suelo de la habitación, -no sé lo que piensas, nunca-.  Me sentí de la chingada. –No llores- dijiste. Pero el llanto inundaba mi rostro, un hombre que llora –demonios-, no cuestioné ningún privilegio para llegar a eso. Te amaba y lloraba como un niño extraviado, la obscuridad empezó a avanzar desde la ventana.Miré el cuarto, estaba semivacío.

Cuando nos mudamos al depa, lo llenamos de libros, de objetos, de chacharas. Me sentí dichoso a tu lado, pensé en tu sonrisa, cada vez que disparaba la cámara.  Tu cabello rizado, castaño, cuando te levantabas por las mañanas eras siempre una confusión, después de un tiempo las pastillas, la esquizofrenia. Eras tan locuaz, -la locura es una prerrogativa de los artistas- pensaba… El caballete con la puta pintura, era lo único que no te habías llevado.

Lloraba porque me sentía despojado de todo, de ti. Me levanté y fui a la cocina por mi copa de vino, estaba sediento y asqueado; quería decirte que no era necesario vivir tu ausencia, por el contrario necesitábamos más tiempo para estar juntos. Te levantaste y empezaste a fumar, tranquila, era por las pastillas, te quitaban el brillo de los ojos. Me serví más vino, -no huyas, no te esfumes- recité. Pero no lo decía en serio, estaba mintiéndote, porque yo no podía estar contigo, en ningún estado, ni de locura, ni de ausencia. El acuerdo era que te dejaba ir, si tomabas las putas pastillas… Y lo hiciste, porque te quemabas por dentro, porque ya no pintabas, porque las voces te decían que corrieras lejos.

Me acuerdo cuando te conocí, en tu primera exposición, en esa galería de la Roma, puros hipsters y yo un fotógrafo, bohemio, blasfemo y ateo, te divisé entre tus cuadros macabros, no entendía, cómo todo eso había podido salir de ese cuerpo, te tomé una fotografía.

Después muchas más, tantas que ya no podía sacarte de mi cabeza. La esquizofrenia es una compañera difícil, incoherente, cuando estabas en ese estado, eras un sube y baja de emociones, podíamos irnos en el coche a tomar por culo todo… y coger en la carretera desolada, o podíamos estar encerrados en el depa, sin luz, ni agua, ni nada, -porque venían por nosotros-, yo me dejaba arrastrar, porque te amaba. Y las fotografías estaban prohibidas, porque el flash de la cámara te robaba el alma. 

Tengo muy presente que ese día hacía mucho calor, tanto que había puesto el ventilador nuevo que no había querido estrenar porque me había costado un chingo de varo. Te sentía a mi lado, esa noche tardé tres horas en hacer que durmieras, -las malditas voces en tu cabeza- Me fui quedando dormido, y de repente sentí la punzada, por un momento no era tan fuerte, abrí los ojos de golpe, y te vi encima de mí, tenías un cuchillo en tu mano. Tomé tu mano rápidamente y forcejeamos, te grité que era yo. Estabas muy alterada, gritabas, llorabas confundida. Llamé a emergencias, me di cuenta que también sangrabas, balbuceabas –tenía que salvarme de mi futuro-. Te sedaron en el hospital. Lo mío pudo ser más grave, si hubieras encajado bien el cuchillo. Tus padres decidieron internarte en un hospital psiquiátrico, dónde ya te conocían.

Transcurrió medio año, en el que te visitaba, y no querías verme. Hasta que apareciste ese día fue un viernes, eran las seis de la tarde, traías una mudanza, la última vez, por teléfono, lo habíamos acordado, tomarías las putas pastillas. Lo único que quedaba era el caballete, con el cuadro macabro (el sábado acordamos que lo recogerías) y ahí estábamos, yo siempre llorando, tu siempre huyendo y brillando. 

-Escapemos juntos, yo te puedo cuidar- declaré, -conozco cuando mientes- me dijiste. Entonces balbuceaste algo que en ese momento no entendí, -me siento como una pitonisa griega, prediciendo el futuro-. La verdad lo interpreté como otra de tus locuras. No podía ser más humillante la escena, no tenía la clave para acceder a tu cabeza. –Me tengo que ir, mañana paso por mi cuadro- fueron tus palabras.

Pasó una semana y nada. Cuando fui a buscarte a casa de tus padres, me recibió la  muchacha, me miro extrañada –no sabe joven, pobre-. La niña se suicidó, la encontraron, en una tina llena de pintura roja y sangre. 

Llamarada

Yo misma no quiero distinguir el dolor. No te voy a exigir estar abierta a las sensaciones que perduran, que te llenan de incertidumbre, te conozco, te exalta, tendrías que tomar tus pedazos y armarlos. Verte sin ningún velo. Tener miedo a perder la cordura y estar en la nada existencial. Sabes que en algún momento vas a regresar, -no tengas miedo- me repito en mi cabeza, si logras ver, tal vez no sea tan grave, tan desolador; sin embargo no te puedo asegurar nada. Espera entonces, pánico, pánico, mi cerebro se aturde. No puedo continuar y respirar. Lo veo de lejos, es una llamarada, es el puro miedo, ¿soy cobarde? Polaridades, puedo sentir demasiado, puede arrastrarme un deseo, un idilio, sin embargo de repente la prótesis, que no deja que me doble demasiado. Entonces vuelvo a hacer un esfuerzo por desprenderla, me la quitaré, tal vez si veo, eso que enterré en lo profundo de mi memoria, aunque me destruya, aunque me confirme que la soledad fue mi aliada y que yo misma soy mi propia salvación. 

Ni un solo día sin ti

Cómo?

Marisela, Marcela, Marisol

Marisela, Marcela, Marisol


 “Quisiera pedirte perdón, pero el coraje es más grande. Quisiera haberme mantenido lejos y no someterme a lo que me haces sentir. Me ofreciste una amistad, pero yo, ¿para qué la necesito? Mi irascibilidad no me lo permite.”

Saqué el papel de la máquina de escribir, el maldito cuento no nacía, no iba. Seguía pensando en ella. Marisela, Marcela, Marisol, de mis días. Cualquiera que fuera tu nombre, el recordarte, me paralizaba en mi proceso creativo. Tomé la botella de tequila, me la empiné. Solamente me quedaba mi machismo paralítico.

Mi celular estaba ahí, busqué sus fotografías, me había enviado algunas con poca ropa. Disfrute mirarlas detenidamente, una sonrisa (seguramente falsa), las inundaba. Me dieron ganas de lanzarlo por la ventana abierta. Es increíble la manera en que avanzan los errores. Marisela esa mujer valiente, Marcela la insegura y Marisol la pasión. El cuento lo tenía que mandar en dos días, el concurso más significativo de la nación. Ganarlo era mi esperanza desde los 23 años, cuando terminé  ingeniería y no volví a los libros de química. Realizaba algunas correcciones de estilo para una revista de la capital, ahí escribía sobre rock and roll y mamadas. Ganaba algo de dinero y podía ir a conciertos hípsters pendejones. Ahí la conocí, a mis 23 años, yo era la persona más “x” de la tierra, ni amistades tenía, solo me la pasaba escribiendo miles de historias y novelas, que aún no habían visto la luz. Le entregué el título a mi familia y les dije que no me buscaran más.

El departamento donde vivía tenía una mesa y una silla, un colchón en el suelo y mi ropa regada alrededor. En la mesa estaba mi maquinita de escribir, le llamaba la veloz. Yo era un mamón de mierda, pues tenía lap top, pero prefería escribirlo todo en ella, porque mis manos corrían por las teclas. Y siempre me regalaba una gran satisfacción, ver la cara de las muchachitas que me ligaba, cuando decían –escribes con esto, ¡qué sofisticado!-, regularmente eran de alguna preparatoria o un CCH, no quería relacionarme con mujeres ingenieras, ni de otras facultades. La razón muy simple, las mujeres que estudian cuestionan demasiado, quieren una amistad. Las muchachitas quieren enamorarse y desenamorarse, en cinco segundos.

A Marisol la conocí en ese concierto, al cual me mandó mi editora, con la cual sostenía relaciones para mantener mi trabajo, realmente no me empeñaba como debería, me la pasaba ebrio en mi departamento de renta barata en la lagunilla. Tiro por viaje, cuando estaba pedo, me asaltaban, yo ya no traía nada, solo recibía los golpes en el cuerpo, pero la neta me valía madre, hasta disfrutaba el dolor. En algún momento Marcela me dijo –deberías  entrenar boxeo, así por lo menos podrías defenderte- me dio tanta risa, ella me provocaba una sonora risa, con su inocencia. El concierto era de un grupo muy subnormal Rana Santacruz, ¿qué pedo? Trova Latinoamericana, baratona. Sin embargo a Marisela le encantaba. Ponía esa música cada que podía y me dedicaba una cajita de barro y lloraba convencida del amor, que inhalábamos y profesábamos en mi departamento semi vacío. La complicidad de tenerla en mi vida, cuando quería ser apasionada, ya no lloraba, me enfrentaba con mis demonios, me daba los ánimos para elaborar el cuento para el concurso, cuando tenía esa necesidad loca de invitarme a bailar, Marisol era la elegida. La que me envenenaba con sus historias de triunfos y esperanzas. Ella estudió artes plásticas en Casa Lamm (una escuela hípster mamona), cuando la veía dibujando esos bocetos y dudaba de los trazos era Marcela. Su cabellera china, negra, su piel morena, era hermosa, sin duda. Ese día en el concierto me volvió loco su forma de ser, la pasión cuando cantaba. Ese día yo solo vi a dos a Marisol y a Marisela, la pasión y la valentía, cuando bailaba en su vestido rojo y sus piernas largas se movían con el ritmo, cuando gritaba histérica de felicidad. No le perdí la mirada, la atraje poco a poco. Le conté que estaba haciendo periodismo, que venía a documentar el concierto, y que se notaba que ella era una fan. Lo cual me lo confirmó, le invite una cerveza y la alejé de sus amigas.

Tengo marido dijo, no sé si debería ir contigo. Subimos al bocho destartalado y nos paramos en el puto Oxxo para comprar más provisiones. -Lo de tu marido me vale verga- le dije, -No nací ayer- las palabras se perdieron en un beso. Cuando nos adentramos por las calles de Tepito, la insegura Marcela, me pregunto las razones por las cuales vivía en un lugar tan peligroso. Mientras yo tocaba sus piernas morenas, suaves. Estando sobre el colchón fui quitándole el vestido, tres pares de ojos pequeños, negros me miraban. Marisol la ardiente pasionaria me llevó a las profundidades de Marisela y Marcela. Aún recuerdo sus labios abiertos, delgados, moraditos.

Después de seis meses de repetir con ella. Marcela se hacía cada vez más presente, su inseguridad, la que no la dejaba terminar lo que empezaba. La que mantenía constantemente presente su otra relación en nuestras conversaciones. En aquel momento Marisela estaba pintando un auto retrato con tres caras. Ahí fue cuando entendí qué era ella. En ese momento, también yo escribía el cuento, el que me haría triunfar. Cuando empezó a hablar tanto de su relación con ese wey, que si tenía una casa, una vida. Me sentía tan insignificante, yo ¿qué tenía?, nada. Busqué en varios brazos de jóvenes, sin embargo, la mirada, su cuerpo dividido en tres, me había inundado. Me emborrachaba, desde las 12 del día, hasta la madrugada y Marcela se enojaba. Se encabronaba, ¿qué vas a hacer hoy? Eres un pendejo. Marisela me tronaba los dedos, Marisol solo se burlaba.

Asistía a los conciertos y un buen día la vi. Desde lejos estaba con él. Ese día identifiqué que estaba Marcela y Marisela. Toda la noche a su lado. Me acerqué a ella, poco a poco. Cuando la tuve de frente, Marcela puso cara de pánico y habló Marisela –Jorge te presento a Jacobo, él es productor de este grupo- El wey estaba un poco sorprendido, era un mamón. Me saludó y preguntó ¿a qué te dedicas, eres pintor? –No, escritor, estoy trabajando en una crónica de éste concierto- Jacobo me miro de arriba para abajo y amablemente me ofreció unos pases para el after party y me prometió presentarme a la banda, darme la entrevista exclusiva, ¡qué mamada! –Todo por el amigo de Marisol, Marcela, Marisela- dijo altivo. Ella esperaba que yo no aceptara. Pero en ese momento me moría de celos. Fuimos al after, la banda entera se embriago y yo con ellos, la vocalista estaba buenísima y le tiré los perros abiertamente. Marcela me miraba enojada. En un momento, cuando el wey platicaba con sus amigos hípsters, la jalé al balcón. Marisol se emocionó, me dio un beso furtivo y me dijo que presentaría sus cuadros en Bellas Artes, no le creí pero me gustaba como me choreaba. Le intente meter mano y Marcela saltó, que su wey, que su wey,- ¡no mames!- le grité. La tomé entre mis brazos, ella levantó la mirada y entonces me tiro el pedo directo –Me voy a Nueva York con él-.

Mucho tiempo no me relacioné con nadie, porque la furia me invadía de diferentes maneras, a tal grado que cuando me enojaba ya no recordaba lo que hacía. Me gustaba escribir porque me podía evadir de esa personalidad iracunda. Con el tiempo aprendí a estar solo, a no relacionarme. Me gustaban las mujeres, las adolescentes regularmente no cuestionaban mucho. En la carrera no me relacioné con nadie, estudié porque mis padres se empeñaron y la verdad me dio igual. Un día en un encuentro con una joven, a ella le dio un pason de coca. Murió en mi departamento y yo la saqué a la calle y no me importó. Nadie respondió por ella. Marcela, Marisol, Marisela, era la mujer que yo amaba, por alguna razón me impulsaba a llenar esos vacíos. La agresividad de tener esta puta furia, me la mataba con un abrazo, una mirada, una palabra, una cogida. Cuando me dijo que se iba, la puse contra el barandal. Mis temores, mis grandes miedos respecto a la vida, respecto a mi incapacidad de relacionarme con alguien, con la puta sociedad, estando en ese balcón se veía toda la Ciudad, las luces pequeñas, y cuando le dije-¡vete a la verga! No recuerdo. Ella calló.


La máquina ya no tenía tinta, miré el papel llenó de palabras, lo saqué, lo arrugué y lo tiré a la basura. -No hay cuento que no se hubiese escrito mil veces - decían mis profesores de la facultad de letras. 

Las vías




Claudia seguramente no lo pensó cuando salió corriendo a las vías. Era madrugada. Sentía que el tren ya estaba por llegar. Y tal vez está vez lo vería. Corrió bastante hasta que empezó a temblar la tierra. El ruido se hizo más claro. No necesitaba luz, conocía bien el terreno. Conocía bien las piedras, la tierra mojada, la vegetación selvática. Hacía calor, sudaba, el vestido estaba empapado. No se había percatado que iba descalza. Se paró cerca de las vías. Cuando pasó el tren y se paró.  El ruido de la maquina cesó. Y  los murmullos, no eran los de la noche, sino los de los viajeros. Comenzaron a bajar en desbandada. No esperaba verlo. Solo buscaba entre la soledad. Camino de regresó a su casa. Pisó firmemente, mañana tal vez lo vería. Cuando se reunieran en el albergue. Cuando les sirviera la comida. Entre la gente cansada, sudorosa, temerosa del porvenir. Pensó en todo eso y llegó a la cama, se durmió. A las seis de la mañana, el gallo comenzó su canto. Se levantó. Se colocó otro vestido, se lavó la cara y el cabello en la tinaja. Tenía el cabello enmarañado, negro, rizado. Era morena, con el cuerpo formado. No tan alta. Carácter fuerte. Salió rumbo al albergue, saludo al padre y fue a la cocina, comenzó sus labores. Tenía el presentimiento de que tal vez ése era el día. Colombia no estaba tan lejana, la sentía cerca como todos los días. La comida empezaba a calentarse, las tortillas en el anafre. Estaba trabajando lentamente, ella sabía. A las siete, las personas ya se estaban sentando. Sus compañeras ya servían. Claudia salió de la cocina. El comedor estaba lleno. El padre convocó a la oración antes de comer. Pidió por los viajeros, por la vida. Ella rezó en  silencio y buscó entre las caras. La mayoría comían cabizbajos, cansados, rápido. La comida caía en sus estómagos. Masticaban fuertemente. Empezaban entonces las pláticas, los recuerdos, la añoranza por el otro lado. La melancolía de lo que se dejó atrás, familia, amigos, nación. Repasaba las caras. Él no llegó. Recuerda la primera vez que lo vio, tenía 17 años, ella servía la comida era una mañana igual a muchas otras. Colocó el vaso de leche sobre la mesa, él tomó su mano, ella la quitó bruscamente. Recuerda la excitación, la belleza de su rostro, los ojos castaños, la profunda tristeza. Piel morena, sonrisa fácil. Tenía un acento, le decía la Claudia. No se quedó mucho, lo suficiente para tenerla. Para quitarle la esperanza. Le dijo que su fueran juntos al otro lado. -Vámonos. Ahí vas a tener todo lo que deseas. Pero ella nunca ambicionó eso, su padre, sus hermanos, se habían ido, no sabía de ellos, el dinero llegaba. Su preocupación la hacía trabajar en el albergue. Él tenía un nombre colombiano, Dalton. Nombre extraño. Típico. Le hablaba de su país, emocionado por la vida que no tenía. Del narco. Del paraíso. Tenía 26 años. Tenía un acento. La llevó por las noches a la orilla del río. La mecía entre sus brazos. Tenía emociones fuertes. La tocaba seguro, como si la conociera, recorría su cuerpo. Ella era callada casi no le dirigía la palabra, le daba vergüenza. La noche en que llegaron los militares. Ellos estaban juntos, llevaba tres semanas que no pasaba el tren. Había muchos viajeros. Muchos migrantes. El albergue parecía bullicioso. Los cuerpos estaban relajados. El padre les hablaba de los cuidados, de no olvidar la lucha cotidiana. De no perder la esperanza. El cura era una persona muy clara en los apoyos que tenía que dar, del camino que Dios le había asignado. Claudia escuchó los gritos, las personas corrían. Él la agarró y corrieron. -Vamos a mi casa- le dijo. -Me van a agarrar, me van a agarrar. Y tal cual gritó. Acto seguido. Claudia llevaba lavando los trastes, tres años, cocinando, tres años, extrañando, tres años, esperando, tres años. Estaba segura de que él haría todo por regresar. Todos los días tenía un presentimiento, corría a las vías a esperar el tren. Miraba a los migrantes. Buscaba entre la gente. Ella no sabía olvidar, ella no podía olvidar. El padre se acercó y le dijo- te vez cansada Claudia-, sigues pensando en lo mismo, han sido tres años. Le tomó la mano, ella se dejó guiar, la llevó al traspatio, había mucha maleza. Le contó una historia de crímenes, de ultrajo. Se confesó ante ella. La frase se quedó en el aire -Esa noche solo estuvimos Dios, los militares y yo-. Por eso siempre los cuidaba, por eso siempre intento salvarlos. Entonces ella comprendió, se tiró a la tierra y lloró. Corrió a su casa y abrazó a su hijo, lo miró a los ojos ahí estaba él.

Él más allá


Ella no sabía definir adecuadamente cuáles eran sus enojos. Tenía que pensarlo muy bien. Mirarse al espejo y repasar de arriba abajo las palabras. No sabía que le provocaba un temblor. Saberse correspondida o aquellas palabras que le provocaban duda.

Esa persona, le causaba un sentimiento de asombro, pero también de pánico. Su voz, no la podía olvidar y se enmarcaba junto con ciertos recuerdos. Que le provocaban cierta risa nerviosa. Él no era la persona más sensata, la trataba bien, la trataba mal, la trataba. Ella no quería repasar las veces en las que no había entendido claramente qué estaban haciendo. Hablando, tranquilizándose, ¿coqueteando?

Probablemente un conocimiento de causa tenían los dos. Sabían bien como les afectaba la indiferencia. Él la ejercía magistralmente, sabía cuando hablar, cuando ignorar. Ella también sabía, a veces era amistosa y  en otras  ponía una línea de separación descomunal irónica. Las líneas no les agradan, pero sirven de algo. Después, ella resentía sus ejercicios de despojo y regresaba a él.

Una palabra entonces, una amable, hay que deletrear. Es extraordinario lo que puede hacer una sola, abandonada, ¿cómo una gota de  lluvia, se puede convertir en un chubasco torrencial?


Pero siempre una mirada, vale más. Entonces él, soltaba, la soltaba, -no deberíamos vernos jamás. Y entonces… solo existe él, más allá. 

Dolores como síntomas


Dolores, te llamarás así porque no tienes solo un nombre. Tienes que ser más inestable, grosera, evasiva, sofocante para que te escuchen, los que saben.

Categóricamente eres una persona ágil. Pero en el fondo eres inusual. Me gustaría tomarte por sorpresa y hacerte menos. Decirte las cosas de frente y que de repente tu hermoso rostro, se paralice y llore.
Dolores, eres lo único que tengo. Por tu corazón de piedra. ¡Maldita! Muy tarde se comprende lo mucho que se necesita, como una droga. Sin embargo tú no eres la que me va a salvar. Más bien todo un dolor de cabeza descomunal.

Nadie te va a poder amar, decían y al final sí pudieron quererme. Y trastocar todo mi ser hasta dejarlo roto. Me colocaron un nombre, me ordenaron cierto comportamiento, siempre negué la necesidad de hacerlo. No quiero y me voy a ir, porque yo lo digo.

Dolores, fueron mejores los años en los que no te nombraba,  si en algún momento quería tener la oportunidad de mirarte fijamente y decirte cuanto te necesitaba, ese momento se esfumó. Porque eres evasiva como un animal, perdido. Nunca dejas que te tenga. Si no entiendes mi agonía, entonces no te puedo querer, me dije y te dije.

La mitad de las personas piensan que pueden decirme como sentir. Debido a que se sienten tan infelices con ellos mismos. La Soledad es muy dura. Pero yo también tengo lo mío. Soy egoísta, doy, como quito. La paciencia debería ser mi amiga. Pero los que me amaron nunca comprendieron esa desazón que provoco en quien me quiere. 

Dolores, eres brisa fresca en atardeceres impunes. Cuando estaba agonizante me dejaste tirado. En medio de la nada, sudando por la fiebre, te fuiste lastimera y no me miraste.

El escuchar no es una de mis cualidades, más bien me gusta dar, una y otra vez, estar en ese punto en el que me convierto en síntoma, no en continuidad. Me gusta dar todo lo que puedo. Cuando me voy, ya no tengo nada, esa es mi mayor anhelo, puedo y soy muy complaciente, acompaño un rato. Después simplemente me evado.

Ayer tomé mi medicina, Dolores.

¡Adiós amor, me voy!

Un museo de grandes novedades


Un museo de grandes novedades.

Repetimos, siempre repetimos lo mismo, es como si no aprendiéramos de la historia. La soledad, es algo que no podemos ni pensar y entonces buscamos a quien asirnos, para no estar solos. Te conocí un día, no seguramente no lo hice. Tampoco ahora, aunque pueda saber que vas a hacer, conozco los gestos, los nervios, la tristeza. Te tenía idealizado en mi mente eras la persona que debía estar conmigo, toda la vida soportando mis estupideces. Cuando te reencontré supe que estaba en un camino difuso de convulsiones crónicas. Sabía que íbamos a hablar pendejadas y seguramente confirmaría mis sentimientos. De deseo, pero también de miedo. No estábamos ninguno de los dos en la mejor posición. Estábamos atolondrados por la novedad. Éramos los mismos, pero ya no tanto. Nos alabábamos entre nosotros -que si ya eres diferente-, -que si cambiaste de cierta manera-. No podíamos aceptar que la habíamos regado por completo. Yo quería jugar con mis sentimientos, negar un poco mi realidad, tú querías también tomarme por sorpresa, mirarme, decirme que la regaste, hace mucho. En ese momento de antaño, yo también resguarde mis heridas, las viví en verdad, estaba jodida completamente, pero eso te alejo más. No me arrepiento, momentos felices vivimos separados. Actualmente estoy convencida que los seres humanos, no podemos estar solos, somos seres gregarios, necesitamos a los demás, sin duda digo muchas obviedades. Queremos el afecto de los otros, aunque no sea lo más adecuado, aunque nos lastime y lastime a nuestros seres cercanos. Tus palabras son intoxicantes me dejan volar un rato. Pensar en las posibilidades de algo diferente. No en algo que necesariamente tiene que hablar de tu persona conmigo. Sino de otros conmigo. ¡Alto! me digo, esto no puede ser. Acuerdos, aunque duelan, aunque veas que la otra persona que está contigo tampoco es feliz. Estaré sometida. Esquizofrénicamente voy a escapar a otros lados en mi cabeza y al final voy a regresar con los míos. Con los que quiero, con lo que no quiero, con los que tengo un conflicto, con los que amo y también con los que odio. Y tú vas a estar ahí, aunque me de miedo.