Lo que no fue no será
Lo sé, lo bueno es un artilugio, un suspiro que se agota en cuanto el efecto se va; los instantes son un misterio, ayer la memoria te sonreía y hoy te ignora. Lo sé, lo bueno ya no importa, por eso recoge los pedazos y no mires atrás.
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lunes, 8 de agosto de 2016
Residuos de una locura
Quiero escribir algo. Me siento de la fregada. con las cosas del exterior. Puto mundo invisible. Estoy segura que no puedo medir todas las cosas. Entre más cierro los ojos para dormir, pocas veces sueño algo agradable. Estoy apunto de creer, que nada es real. Necesito correr muy lejos. Para llegar a algún lado, cero real. Fumar o beber, y aceptar lo que tenga que venir. Que haces cosas y que en realidad no haces nada de provecho. Un puto año más. Extrañando a los extraños. Sabiendo lo qué es la soledad. Que elegiste mal. No eres muy inteligente después de todo. Vas a perder. Llegarás a un lugar obscuro. No vas a saber decidir bien. Vas a avanzar mucho a ningún lugar. Por poco me voy a ir a muchos lugares. Sonreír aunque no lo sientas, por favor haz lo que te digo. Callar cuando es necesario. Nunca.
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jueves, 28 de julio de 2016
La sangre no es eterna
Fumamos.
Me cortaste una vena
De mi mano
Llena de henna.
Nadamos,
por la calle vacía.
La sangre dibujó la vía
de la escapada triunfal.
Ese día,
Fuiste la sirena
Que dormía
En la arena
Sideral.
Cuando nos amamos
Yo fui un simple humano
Frágil y terrenal.
Pero la sangre no fue en vano,
Nuestra unión no fue eterna
Y hoy, nos olvidamos.
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miércoles, 20 de julio de 2016
Telequinesis
Estábamos en la barra. No
necesitábamos hablar con nadie. Tampoco amigos. Me tomé un trago de mezcal y
miré fijamente el cuadro que se encontraba colgado en la pared a un costado
tuyo. Eras diferente, pensé. Me levanté decidido a caminar hasta el otro lado
de la barra para hablarte. Pero estaba muy borracho y al hacer el intento tambaleé.
No hice nada. Intenté hacer contacto visual. Leí en alguna revista que puedes
hacer telequinesis con las personas que te atraen. Empecé a pensar en eso, en
la telequinesis, me imaginé diciéndote unas palabras que leí en otra parte. Hacer eso te podría hacer sonreír. De repente te comenzaste a mover, parecías
flotar como las nubes. Interpreté que bailabas. Aunque la música en ese bar me
estresaba. Observé que veías mucho tu celular, me imaginé entonces mandándote un
mensaje que te descolocaría totalmente: te estoy mirando fijamente, tienes un
vestido azul y flotas. Seguí bebiendo unos mezcales, trago tras trago, seguías
mirando tu celular. Entonces pensé que te habían dejado plantada. Era mi
oportunidad, aunque tambaleara, cuando empecé a caminar sentía que me caía de borracho,
sin embargo, tú dejaste la copa, y sin despegar la mirada del celular saliste
del bar, justo cuando yo llegaba a tu lugar. Miré la barra y había una
servilleta que decía: Hostigarme mentalmente de esa forma y no dirigirme la
palabra está muy mal, te dejo mí número de celular háblame cuando se te baje…
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miércoles, 6 de julio de 2016
De izquierdas, libros y demás
Publicado por
Arilin Hojaluna
en
20:21
Etiquetas:
anecdotario,
crítica política.,
Imaginando lo real,
Pensamientos
Podría ponerle a éste post un
nombre rimbombante como “En defensa de las izquierdas” (tal como lo harían los
clásicos), sin embargo no estoy a ese nivel de capacidad discursiva.
Empezaré por comentarles que
debido a que soy una sujeta histórica, me es necesario posicionarme en algún
punto de la balanza imaginaria, en la cual todos (los luchadores sociales) nos
paramos para medirnos frente al otro, y de ahí poder expresar mejor las ideas.
Y destacaré que escribo, porque
tengo un amigo que me compartió una reflexión, dónde logró responderse ¿por qué
él no es de izquierda? En su escrito da entender, que todas las luchas de la
izquierda política, se pueden meter en un licuadora y mezclarse tanto, que no
podemos distinguirlas entre sí, ni posicionarnos desde un lugar llamado
izquierda sin quedar embarrados por el lado recalcitrante, determinista,
evolucionista y autoritario. Llegando a la conclusión de que su única opción es
abrazar al nihilismo y de ahí dedicarse a develar las grandes mentiras de la
izquierda y la derecha (obvio él lo redactó de una forma más compleja).
Como esto es un post para el
blog, pues no quiero caer en analizar historiográficamente algún movimiento
autodenominado de izquierda, ni siquiera voy a ponerme academicista (aunque sí
diré mis fuentes). Por ello hoy, elijo hablar de mi persona (no en un afán
narcisista), sino porque es la historia que conozco a la perfección y yo políticamente
me coloco en la parte izquierda de la balanza, tal como mi corazón (cursilería).
Hablar de mí, es sin duda, hacer
un ejercicio de permitirme mostrarme y separar las hebras de la madeja que es
mi vida. Como varios de mi generación, yo soy producto de la unión de unos
hippies, que vivieron su juventud en los años setenta. Tanto así que yo llevo
el nombre de una revolucionaria cubana y mi hermano gemelo se llama Ernesto. Mi
papá en su juventud perteneció a un partido trotskista, creía firmemente que a
la Revolución Rusa le faltó una revolución cultural, odiaba a Stalin y era un
activista al que sus compañeros le apodaban “El Chivo”. Mientras mi madre
cuando iba en la secundaria, fue llevada por mis tíos a la manifestación del 2
de octubre del 68, y salió viva porque en la desesperación su hermana la tiró
al suelo, mientras algunas personas caían muertas por las balas que disparó el
gobierno autoritario priista.
Lo anterior podría hacer pensar
al lector que mi giro a la izquierda fue producto de sus locuras de juventud,
en parte sí, sin duda la vida de mis padres es parte de la historia
transgeneracional que comparto con mi hermano (y si me pongo dramática soy
sangre de su sangre).
Pero, yo en lo particular
atribuyo mi incipiente formación política/ideológica, a que ambos son unos empedernidos acumuladores
de libros, y que para bien o para mal, la mayoría del tiempo no nos supervisaban.
Desde muy pequeña (8 años) empecé a leer novelas y poesía latinoamericana, lo
cual me llevó a conocer historias trágicas, sobre tempestuosas relaciones
sexuales, sobre condiciones de vida difíciles, migración, pobreza, violencia,
abandono, incesto, guerras civiles, homosexualidad, drogadicción, matrimonio,
infidelidad, prostitución, noviazgos, amor romántico, asesinatos, alcoholismo,
venganza, lucha social, machismo, celos, muerte, felicidad, clases sociales,
hacendados, campesinos, fantasmas, magia, etc.
Me metía a la biblioteca de la
casa, que era una bodega desordenada y buscaba qué leer, como sabía que mi
padre se encabronaba si tocábamos sus cosas, yo exploraba cuando no estaba, con
un sentimiento de ansiedad porque sabía que estaba prohibido y que me pegaría
si algo le pasaba a sus libros.
Un autor latinoamericano que me impactó
a mis 10 años fue Benedetti, no por su posición política, porque a esa edad no
tienes ni puta idea de qué fueron las dictaduras en América Latina, ni siquiera
de qué significa conceptualmente el exilio. Leí Andamios una novela que habla sobre desencuentros, me generó más dudas que
certezas, evidentemente, pero algo pasó al leerla, y es lo siguiente: esos
personajes totalmente contradictorios, llenos de claros oscuros, de dudas ante
el amor, ante sus decisiones, ante el
desexilio, eran tan imperfectos como yo. Benedetti era un artista para
describir el sentimiento de extravío (en esos años yo sufría de ese mal, creo
que hasta ahora).
Seguí leyendo novelas no solo
latinoamericanas, a los 14 años leí una historia que me pegó un duro golpe, se
llama Hotel Sarajevo de Jack Kersh,
ahí el autor habla sobre las consecuencias de la primera guerra mundial, la
novela se desarrolla en Bosnia y la protagonista Alma es una niña de 13 años
que junto con varios adolescentes se refugian de las bombas entre los escombros
del Hotel. Fue una lectura impactante porque nunca había imaginado en ningún
sentido los horrores de la guerra. Alma se enamora de Luka el líder de la
comuna e inician un idilio adolescente que (evidentemente) termina en muerte. Nunca me consideré alguien madura para mi edad,
leía estas cosas en soledad, difícilmente compartía esto con mis amigos o con
mi familia. Ese libro me produjo un despertar ante el dolor, lo que también sentí
al leer El diario de Ana Frank, supe que entre países se mataban por
diferencias ideológicas, económicas y políticas.
Recuerdo que leía mucho, me
obsesionaba conocer esos otros mundos y a nuevos personajes, lo hacía porque
ahí encontraba respuestas para todo lo que se me podía ocurrir, desde niña
sufrí insomnio, y ante eso: leía y escuchaba música muy bajito, para que no se
dieran cuenta que seguía despierta. La mayoría de las veces descubría que las
historias eran trágicas, que había diferencias de clase que dolían, pero que
había personas dispuestas a dar la vida por defender sus creencias, inclusive a
enfrentar el poder. Un libro que me encantó fue Don Quijote, me permitió reflexionar sobre la locura, aún hoy
mientras leo algo de Foucault, no puedo evitar relacionarlo con la prosa de
Cervantes ¿la locura libera al sujeto de la biopolítica?
Mi contacto directo con la
izquierda revolucionaria fue a los 16 años cuando leí la biografía de Ernesto
Guevara de Pacho O’Donnell, al conocer la historia del Che sus claros oscuros y
su convicción ante la lucha social, la entrega revolucionaria, pero también al
hombre débil, enfermo, con contradicciones, me produjo admiración, pero también
me inyectó la duda teórica, ¿quiénes eran Lenin, Marx, Engels, Trotsky y Mao?
Comencé a leer libros teóricos
sin entender absolutamente nada, decidí para aquellas épocas renegar de la vida. Asistía a una escuela de
monjas y necesitaba de forma imperante tener armas para cuestionar a Dios,
porque me cagaban los imperativos, las normatividades y ellas eran todo eso que
odiaba, entonces leí a Nietzsche específicamente La Genealogía de la Moral ahí entendí perfectamente algo: a todos
se nos educa para estar sometidos.
Y eso, justo eso es lo que
problematiza Foucault, existen una serie de instituciones que juegan con los
discursos, y a su vez hacen dispositivos que se colocan en el cuerpo de los
sujetos. Los discursos son utilizados para justificar la existencia de las
instituciones, sin embargo no son estos los que dominan, sino los dispositivos
actuando a través de las relaciones de poder que sostenemos entre sujetos. El
filósofo también explica que se pueden
generar prácticas éticas que nos liberen de esos dispositivos de poder y
dominación.
Recuerdo ahora la clase que
alcancé a tomar con Bolívar Echeverría, la del capítulo 5 de El Capital, ahí nos explicó como en un
principio el humano se identificaba con lo que modificaba en la naturaleza, por
eso, los mitos fundacionales siempre están llenos de referencias de materiales
modificados por el hombre: el barro, la arcilla, la madera, etc. Él en
específico puso el ejemplo de los hombres
del maíz, en nuestro historia es muy clara la forma en la cual nos identificábamos
con la naturaleza, que nos daba la vida, inclusive en el olor significábamos
unidad con el maíz. También el profesor
explicaba que en la modernidad los seres humanos somos como un Golum, no
tenemos historia a la cual asirnos, despojados de todo contenido, estamos tan
alejados de la naturaleza que no podemos reflejarnos en ella, ni en otros.
Marx explica desde el
materialismo histórico, como en el sistema capitalista de producción la
mercancía adquiere plusvalía gracias a los obreros explotados, entre más
maquinas existan menos plusvalía, porque es el desgaste de la fuerza de trabajo
la que produce riqueza. En el capitalismo los obreros despojados de los medios
de producción, solo tienen su fuerza de trabajo para vender a la burguesía que
son los que poseen las fábricas.
Marx también dijo que la única
posibilidad de pasar a otro modo de producción, era por medio de una revolución
violenta, dónde se tendría que destruir todo lo que actualmente conocemos, para
dar paso a lo nuevo. Aunque también reitera que como en todo proceso
dialéctico: la semilla del cambio está depositada al mismo tiempo que el
nacimiento del sistema. Y esa revolución no se dará gracias a una toma de
conciencia de la clase obrera.
La razón por la cual Marx hacía énfasis en la
lucha de clases, es evidente, la clase explotada sería la clase
social que destruiría al capital, porque la burguesía por su condición de clase
no aceptará el cambio, porque ello, implicaría renunciar a sus privilegios.
Algo que aprendí es que Marx quería hacer énfasis en que el capitalismo no era
algo dado, inherente a la naturaleza humana, como regularmente se quiere hacer
creer a las personas, que somos seres egoístas que solo velamos por un interés
liberalista, sino que quería usar la historia para demostrar que otros mundos
fueron y son posibles. No encuentro ningún dogmatismo estéril en Marx,
inclusive nos da la posibilidad de imaginar ¿qué mundo nuevo traerá consigo la
semilla del cambio?
Los intelectuales panfletarios de la izquierda
revolucionaria socialista y comunista, regularmente han mal leído a Marx y han
promovido una idea falaz, de que la historia va por fases y que pasaríamos al comunismo
impulsando la revolución, que la clase obrera tenía que dar la vida y que
quienes no eran obreros se unirían por solidaridad y en contra de la burguesía.
Inclusive esa mentira es tan
grande, que el propio Marx siempre dijo desde los principios materialistas que
no era culpa de la burguesía en sí tener los medios de producción, era una cuestión de la estructura que se
organiza con base en la explotación. No hay buenos, ni malos, solo un sistema
cruento que sirve para producir riqueza monetaria y que no nos permite ser
seres humanos.
Reconozco que existe una
izquierda de discursos estériles, que nos llevan a quemar las naves, por eso yo
vuelvo a Foucault, él hablaba de personas que no se sometían, que eran
“anormales”; “enfermos”, “delincuentes”, “monstruos”, los “inadaptados” en los
cuales los dispositivos no actúan de la misma manera, ellos eran metidos en
cárceles, hospitales psiquiátricos, eran excluidos de la sociedad y señalados.
En la sociedad las relaciones de poder, que ejercemos uno a uno, cuando
juzgamos, cuando educamos, cuando medicamos, cuando negamos quiénes somos, es
la forma en la cual se reproduce el sistema del poder, el gran hermano ya no es necesario, cuando tenemos a miles
controlando en razón de que un discurso dijo que poseía el monopolio de la
verdad y de la realidad.
¿Esas irregularidades que surgen
en el sistema serán expresiones de la semilla del cambio? Esas personas de
carne y hueso, que contra todos los pronósticos cuestionan a los poderes
autoritarios que les dicen que no encajan. Foucault analizó la sexualidad,
porque era un campo muy efectivo para comprobar su metodología que desarrolla
en la Arqueología del Saber.
La mayoría de los personajes que
conocí cuando era niña, fueron producto del boom latinoamericano. Las historias
eran muy realistas, de personas comunes y corrientes, que se enamoraban, que
sufrían, que hacían pendejadas y violentaban al otro debido a fines egoístas,
pero siempre había alguno que se salía de la regla de la realidad. El realismo
mágico, también nos da la posibilidad de mirar la existencia de esos sujetos
irregulares, de los que habla Foucault, esos niños con cola de cerdo y niñas
que podían ver fantasmas o eran pitonisas.
Soy de izquierda, porque entiendo y me horroriza como el sistema
nos aliena de la posibilidad de identificarnos con los otros, la mayoría de las personas viven más preocupadas por
juzgar a un movimiento, que por ayudar solidariamente ante una desgracia
humanitaria. Soy de izquierda porque veo todos los días a los cientos de
personas “inadaptadas” que son la expresión de la semilla del cambio. Soy de
izquierda no para imponer un discurso, sino para resistir a los embates crueles
del capitalismo salvaje y desde la resistencia visibilizar que el cambio ya está
entre nosotros.
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sábado, 2 de julio de 2016
A veces brillabas
Brillas
y brillas tan lindo
y brillamos juntos entre pestañas
divina, divina sonrisa
abrazo de luna, de luna llena
Los momentos esquizofrénicos eran
los más creativos, las escenas macabras que pintabas, todos esos cuerpos
mutilados, la pintura que más me inquietaba, era una que por alguna razón no
terminabas, una mujer en una tina llena de sangre, pero le faltaba el rostro.
Esa pintura estaba en el caballete de nuestra habitación, nunca la movías, ni siquiera la mirabas,
tenías otro caballete en la sala dónde trabajabas.
Y a veces brillabas, estabas
parada en el umbral de la puerta, no dijiste nada que pudiese darme una
respuesta a mi petición. Me entregué a ti desesperado, me abalancé sobre tu
cuerpo, temblaba. Todo el tiempo busqué tu mirada, mientras te despojaba de tu
falda. La penetración fue un acto fallido, porque ya no estabas. Intenté
atraerte, me sentí extraviado. Tu piel siempre suave, tus piernas largas,
blancas, demasiado excitante, me rebasabas.
Terminé con una exhalación tan
fuerte y confusa, en el suelo de la habitación, -no sé lo que piensas, nunca-. Me sentí de la chingada. –No llores- dijiste.
Pero el llanto inundaba mi rostro, un hombre que llora –demonios-, no cuestioné
ningún privilegio para llegar a eso. Te amaba y lloraba como un niño
extraviado, la obscuridad empezó a avanzar desde la ventana.Miré el cuarto,
estaba semivacío.
Cuando nos mudamos al depa, lo
llenamos de libros, de objetos, de chacharas. Me sentí dichoso a tu lado, pensé
en tu sonrisa, cada vez que disparaba la cámara. Tu cabello rizado, castaño, cuando te
levantabas por las mañanas eras siempre una confusión, después de un tiempo las
pastillas, la esquizofrenia. Eras tan locuaz, -la locura es una prerrogativa de
los artistas- pensaba… El caballete con la puta pintura, era lo único que no te
habías llevado.
Lloraba porque me sentía
despojado de todo, de ti. Me levanté y fui a la cocina por mi copa de vino,
estaba sediento y asqueado; quería decirte que no era necesario vivir tu ausencia,
por el contrario necesitábamos más tiempo para estar juntos. Te levantaste y
empezaste a fumar, tranquila, era por las pastillas, te quitaban el brillo de
los ojos. Me serví más vino, -no huyas, no te esfumes- recité. Pero no lo decía
en serio, estaba mintiéndote, porque yo no podía estar contigo, en ningún
estado, ni de locura, ni de ausencia. El acuerdo era que te dejaba ir, si
tomabas las putas pastillas… Y lo hiciste, porque te quemabas por dentro,
porque ya no pintabas, porque las voces te decían que corrieras lejos.
Me acuerdo cuando te conocí, en
tu primera exposición, en esa galería de la Roma, puros hipsters y yo un fotógrafo, bohemio, blasfemo y ateo, te divisé entre tus cuadros macabros, no entendía,
cómo todo eso había podido salir de ese cuerpo, te tomé una fotografía.
Después muchas más, tantas que ya
no podía sacarte de mi cabeza. La esquizofrenia es una compañera difícil,
incoherente, cuando estabas en ese estado, eras un sube y baja de emociones,
podíamos irnos en el coche a tomar por culo todo… y coger en la carretera
desolada, o podíamos estar encerrados en el depa, sin luz, ni agua, ni nada, -porque
venían por nosotros-, yo me dejaba arrastrar, porque te amaba. Y las
fotografías estaban prohibidas, porque el flash de la cámara te robaba el alma.
Tengo muy presente que ese día
hacía mucho calor, tanto que había puesto el ventilador nuevo que no había
querido estrenar porque me había costado un chingo de varo. Te sentía a mi
lado, esa noche tardé tres horas en hacer que durmieras, -las malditas voces en
tu cabeza- Me fui quedando dormido, y de repente sentí la punzada, por un
momento no era tan fuerte, abrí los ojos de golpe, y te vi encima de mí, tenías
un cuchillo en tu mano. Tomé tu mano rápidamente y forcejeamos, te grité que
era yo. Estabas muy alterada, gritabas, llorabas confundida. Llamé a
emergencias, me di cuenta que también sangrabas, balbuceabas –tenía que
salvarme de mi futuro-. Te sedaron en el hospital. Lo mío pudo ser más grave, si hubieras
encajado bien el cuchillo. Tus padres decidieron internarte en un hospital psiquiátrico,
dónde ya te conocían.
Transcurrió medio año, en el que te
visitaba, y no querías verme. Hasta que apareciste ese día fue un viernes, eran las seis de la
tarde, traías una mudanza, la última vez, por teléfono, lo habíamos acordado,
tomarías las putas pastillas. Lo único que quedaba era el caballete, con el
cuadro macabro (el sábado acordamos que lo recogerías) y ahí estábamos, yo siempre llorando, tu siempre huyendo y brillando.
-Escapemos juntos, yo te puedo cuidar- declaré,
-conozco cuando mientes- me dijiste. Entonces balbuceaste algo que en ese momento
no entendí, -me siento como una pitonisa griega, prediciendo el futuro-. La verdad lo interpreté como
otra de tus locuras. No podía ser más humillante la escena, no tenía la clave para acceder a tu cabeza. –Me tengo que ir,
mañana paso por mi cuadro- fueron tus palabras.
Pasó una semana y nada.
Cuando fui a buscarte a casa de tus padres, me recibió la muchacha, me miro extrañada –no sabe joven,
pobre-. La niña se suicidó, la encontraron, en una tina llena de pintura roja y sangre.
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lunes, 13 de junio de 2016
Llamarada
Yo misma no quiero distinguir el
dolor. No te voy a exigir estar abierta a las sensaciones que perduran, que te
llenan de incertidumbre, te conozco, te exalta, tendrías que tomar tus pedazos
y armarlos. Verte sin ningún velo. Tener miedo a perder la cordura y estar en
la nada existencial. Sabes que en algún momento vas a regresar, -no tengas
miedo- me repito en mi cabeza, si logras ver, tal vez no sea tan grave, tan
desolador; sin embargo no te puedo asegurar nada. Espera entonces, pánico, pánico,
mi cerebro se aturde. No puedo continuar y respirar. Lo veo de lejos, es una
llamarada, es el puro miedo, ¿soy cobarde? Polaridades, puedo sentir demasiado,
puede arrastrarme un deseo, un idilio, sin embargo de repente la prótesis, que
no deja que me doble demasiado. Entonces vuelvo a hacer un esfuerzo por desprenderla,
me la quitaré, tal vez si veo, eso que enterré en lo profundo de mi memoria,
aunque me destruya, aunque me confirme que la soledad fue mi aliada y que yo
misma soy mi propia salvación.
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miércoles, 25 de mayo de 2016
Marisela, Marcela, Marisol
Marisela, Marcela, Marisol
“Quisiera pedirte perdón, pero el coraje es
más grande. Quisiera haberme mantenido lejos y no someterme a lo que me haces
sentir. Me ofreciste una amistad, pero yo, ¿para qué la necesito? Mi irascibilidad
no me lo permite.”
Saqué el papel de la máquina de
escribir, el maldito cuento no nacía, no iba. Seguía pensando en ella. Marisela,
Marcela, Marisol, de mis días. Cualquiera que fuera tu nombre, el recordarte,
me paralizaba en mi proceso creativo. Tomé la botella de tequila, me la empiné.
Solamente me quedaba mi machismo paralítico.
Mi celular estaba ahí, busqué sus
fotografías, me había enviado algunas con poca ropa. Disfrute mirarlas
detenidamente, una sonrisa (seguramente falsa), las inundaba. Me dieron ganas
de lanzarlo por la ventana abierta. Es increíble la manera en que avanzan los
errores. Marisela esa mujer valiente, Marcela la insegura y Marisol la pasión.
El cuento lo tenía que mandar en dos días, el concurso más significativo de la
nación. Ganarlo era mi esperanza desde los 23 años, cuando terminé ingeniería y no volví a los libros de química.
Realizaba algunas correcciones de estilo para una revista de la capital, ahí
escribía sobre rock and roll y mamadas. Ganaba algo de dinero y podía ir a
conciertos hípsters pendejones. Ahí la conocí, a mis 23 años, yo era la persona
más “x” de la tierra, ni amistades tenía, solo me la pasaba escribiendo miles
de historias y novelas, que aún no habían visto la luz. Le entregué el título a
mi familia y les dije que no me buscaran más.
El departamento donde vivía tenía
una mesa y una silla, un colchón en el suelo y mi ropa regada alrededor. En la
mesa estaba mi maquinita de escribir, le llamaba la veloz. Yo era un mamón de mierda, pues tenía lap top, pero
prefería escribirlo todo en ella, porque mis manos corrían por las teclas. Y
siempre me regalaba una gran satisfacción, ver la cara de las muchachitas que
me ligaba, cuando decían –escribes con esto, ¡qué sofisticado!-, regularmente
eran de alguna preparatoria o un CCH, no quería relacionarme con mujeres ingenieras,
ni de otras facultades. La razón muy simple, las mujeres que estudian
cuestionan demasiado, quieren una amistad. Las muchachitas quieren enamorarse y
desenamorarse, en cinco segundos.
A Marisol la conocí en ese
concierto, al cual me mandó mi editora, con la cual sostenía relaciones para
mantener mi trabajo, realmente no me empeñaba como debería, me la pasaba ebrio
en mi departamento de renta barata en la lagunilla. Tiro por viaje, cuando
estaba pedo, me asaltaban, yo ya no traía nada, solo recibía los golpes en el
cuerpo, pero la neta me valía madre, hasta disfrutaba el dolor. En algún momento
Marcela me dijo –deberías entrenar
boxeo, así por lo menos podrías defenderte- me dio tanta risa, ella me provocaba
una sonora risa, con su inocencia. El concierto era de un grupo muy subnormal
Rana Santacruz, ¿qué pedo? Trova Latinoamericana, baratona. Sin embargo a
Marisela le encantaba. Ponía esa música cada que podía y me dedicaba una cajita de barro y lloraba convencida
del amor, que inhalábamos y profesábamos en mi departamento semi vacío. La
complicidad de tenerla en mi vida, cuando quería ser apasionada, ya no lloraba,
me enfrentaba con mis demonios, me daba los ánimos para elaborar el cuento para
el concurso, cuando tenía esa necesidad loca de invitarme a bailar, Marisol era
la elegida. La que me envenenaba con sus historias de triunfos y esperanzas. Ella
estudió artes plásticas en Casa Lamm (una escuela hípster mamona), cuando la
veía dibujando esos bocetos y dudaba de los trazos era Marcela. Su cabellera
china, negra, su piel morena, era hermosa, sin duda. Ese día en el concierto me volvió loco su forma de ser, la
pasión cuando cantaba. Ese día yo solo vi a dos a Marisol y a Marisela, la
pasión y la valentía, cuando bailaba en su vestido rojo y sus piernas largas se
movían con el ritmo, cuando gritaba histérica de felicidad. No le perdí la
mirada, la atraje poco a poco. Le conté que estaba haciendo periodismo, que
venía a documentar el concierto, y que se notaba que ella era una fan. Lo cual
me lo confirmó, le invite una cerveza y la alejé de sus amigas.
Tengo marido dijo, no sé si
debería ir contigo. Subimos al bocho destartalado y nos paramos en el puto Oxxo
para comprar más provisiones. -Lo de tu marido me vale verga- le dije, -No nací
ayer- las palabras se perdieron en un beso. Cuando nos adentramos por las
calles de Tepito, la insegura Marcela, me pregunto las razones por las cuales
vivía en un lugar tan peligroso. Mientras yo tocaba sus piernas morenas,
suaves. Estando sobre el colchón fui quitándole el vestido, tres pares de ojos
pequeños, negros me miraban. Marisol la ardiente pasionaria me llevó a las
profundidades de Marisela y Marcela. Aún recuerdo sus labios abiertos,
delgados, moraditos.
Después de seis meses de repetir
con ella. Marcela se hacía cada vez más presente, su inseguridad, la que no la
dejaba terminar lo que empezaba. La que mantenía constantemente presente su
otra relación en nuestras conversaciones. En aquel momento Marisela estaba
pintando un auto retrato con tres caras. Ahí fue cuando entendí qué era ella.
En ese momento, también yo escribía el cuento, el que me haría triunfar. Cuando
empezó a hablar tanto de su relación con ese wey, que si tenía una casa, una vida. Me sentía tan insignificante,
yo ¿qué tenía?, nada. Busqué en varios brazos de jóvenes, sin embargo, la mirada,
su cuerpo dividido en tres, me había inundado. Me emborrachaba, desde las 12
del día, hasta la madrugada y Marcela se enojaba. Se encabronaba, ¿qué vas a
hacer hoy? Eres un pendejo. Marisela me tronaba los dedos, Marisol solo se
burlaba.
Asistía a los conciertos y un
buen día la vi. Desde lejos estaba con él. Ese día identifiqué que estaba
Marcela y Marisela. Toda la noche a su lado. Me acerqué a ella, poco a poco.
Cuando la tuve de frente, Marcela puso cara de pánico y habló Marisela –Jorge te
presento a Jacobo, él es productor de este grupo- El wey estaba un poco sorprendido, era un mamón. Me saludó y preguntó
¿a qué te dedicas, eres pintor? –No, escritor, estoy trabajando en una crónica
de éste concierto- Jacobo me miro de arriba para abajo y amablemente me ofreció
unos pases para el after party y me
prometió presentarme a la banda, darme la entrevista exclusiva, ¡qué mamada! –Todo
por el amigo de Marisol, Marcela, Marisela- dijo altivo. Ella esperaba que yo
no aceptara. Pero en ese momento me moría de celos. Fuimos al after, la banda entera se embriago y yo
con ellos, la vocalista estaba buenísima y le tiré los perros abiertamente. Marcela
me miraba enojada. En un momento, cuando el wey
platicaba con sus amigos hípsters, la jalé al balcón. Marisol se emocionó, me dio
un beso furtivo y me dijo que presentaría sus cuadros en Bellas Artes, no le
creí pero me gustaba como me choreaba. Le intente meter mano y Marcela saltó,
que su wey, que su wey,- ¡no mames!- le grité. La tomé entre mis brazos, ella
levantó la mirada y entonces me tiro el pedo directo –Me voy a Nueva York con
él-.
Mucho tiempo no me relacioné con
nadie, porque la furia me invadía de diferentes maneras, a tal grado que cuando
me enojaba ya no recordaba lo que hacía. Me gustaba escribir porque me podía
evadir de esa personalidad iracunda. Con el tiempo aprendí a estar solo, a no
relacionarme. Me gustaban las mujeres, las adolescentes regularmente no
cuestionaban mucho. En la carrera no me relacioné con nadie, estudié porque mis
padres se empeñaron y la verdad me dio igual. Un día en un encuentro con una
joven, a ella le dio un pason de coca. Murió en mi departamento y yo la saqué a
la calle y no me importó. Nadie respondió por ella. Marcela, Marisol, Marisela,
era la mujer que yo amaba, por alguna razón me impulsaba a llenar esos vacíos.
La agresividad de tener esta puta furia, me la mataba con un abrazo, una
mirada, una palabra, una cogida. Cuando me dijo que se iba, la puse contra el barandal.
Mis temores, mis grandes miedos respecto a la vida, respecto a mi incapacidad
de relacionarme con alguien, con la puta sociedad, estando en ese balcón se
veía toda la Ciudad, las luces pequeñas, y cuando le dije-¡vete a la verga! No recuerdo.
Ella calló.
La máquina ya no tenía tinta,
miré el papel llenó de palabras, lo saqué, lo arrugué y lo tiré a la basura. -No
hay cuento que no se hubiese escrito mil veces - decían mis profesores de la
facultad de letras.
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lunes, 8 de junio de 2015
Las vías
Claudia seguramente no lo pensó
cuando salió corriendo a las vías. Era madrugada. Sentía que el tren ya estaba
por llegar. Y tal vez está vez lo vería. Corrió bastante hasta que empezó a
temblar la tierra. El ruido se hizo más claro. No necesitaba luz, conocía bien
el terreno. Conocía bien las piedras, la tierra mojada, la vegetación
selvática. Hacía calor, sudaba, el vestido estaba empapado. No se había
percatado que iba descalza. Se paró cerca de las vías. Cuando pasó el tren y se
paró. El ruido de la maquina cesó.
Y los murmullos, no eran los de la
noche, sino los de los viajeros. Comenzaron a bajar en desbandada. No esperaba
verlo. Solo buscaba entre la soledad. Camino de regresó a su casa. Pisó
firmemente, mañana tal vez lo vería. Cuando se reunieran en el albergue. Cuando
les sirviera la comida. Entre la gente cansada, sudorosa, temerosa del porvenir.
Pensó en todo eso y llegó a la cama, se durmió. A las seis de la mañana, el
gallo comenzó su canto. Se levantó. Se colocó otro vestido, se lavó la cara y
el cabello en la tinaja. Tenía el cabello enmarañado, negro, rizado. Era
morena, con el cuerpo formado. No tan alta. Carácter fuerte. Salió rumbo al
albergue, saludo al padre y fue a la cocina, comenzó sus labores. Tenía el
presentimiento de que tal vez ése era el día. Colombia no estaba tan lejana, la
sentía cerca como todos los días. La comida empezaba a calentarse, las
tortillas en el anafre. Estaba trabajando lentamente, ella sabía. A las siete,
las personas ya se estaban sentando. Sus compañeras ya servían. Claudia salió
de la cocina. El comedor estaba lleno. El padre convocó a la oración antes de
comer. Pidió por los viajeros, por la vida. Ella rezó en silencio y buscó entre las caras. La mayoría
comían cabizbajos, cansados, rápido. La comida caía en sus estómagos.
Masticaban fuertemente. Empezaban entonces las pláticas, los recuerdos, la
añoranza por el otro lado. La melancolía de lo que se dejó atrás, familia,
amigos, nación. Repasaba las caras. Él no llegó. Recuerda la primera vez que lo
vio, tenía 17 años, ella servía la comida era una mañana igual a muchas otras.
Colocó el vaso de leche sobre la mesa, él tomó su mano, ella la quitó
bruscamente. Recuerda la excitación, la belleza de su rostro, los ojos
castaños, la profunda tristeza. Piel morena, sonrisa fácil. Tenía un acento, le
decía la Claudia. No se quedó mucho, lo suficiente para tenerla. Para quitarle
la esperanza. Le dijo que su fueran juntos al otro lado. -Vámonos. Ahí vas a
tener todo lo que deseas. Pero ella nunca ambicionó eso, su padre, sus hermanos,
se habían ido, no sabía de ellos, el dinero llegaba. Su preocupación la hacía
trabajar en el albergue. Él tenía un nombre colombiano, Dalton. Nombre extraño.
Típico. Le hablaba de su país, emocionado por la vida que no tenía. Del narco.
Del paraíso. Tenía 26 años. Tenía un acento. La llevó por las noches a la
orilla del río. La mecía entre sus brazos. Tenía emociones fuertes. La tocaba
seguro, como si la conociera, recorría su cuerpo. Ella era callada casi no le
dirigía la palabra, le daba vergüenza. La noche en que llegaron los militares.
Ellos estaban juntos, llevaba tres semanas que no pasaba el tren. Había muchos
viajeros. Muchos migrantes. El albergue parecía bullicioso. Los cuerpos estaban
relajados. El padre les hablaba de los cuidados, de no olvidar la lucha
cotidiana. De no perder la esperanza. El cura era una persona muy clara en los
apoyos que tenía que dar, del camino que Dios le había asignado. Claudia
escuchó los gritos, las personas corrían. Él la agarró y corrieron. -Vamos a mi
casa- le dijo. -Me van a agarrar, me van a agarrar. Y tal cual gritó. Acto
seguido. Claudia llevaba lavando los trastes, tres años, cocinando, tres años,
extrañando, tres años, esperando, tres años. Estaba segura de que él haría todo
por regresar. Todos los días tenía un presentimiento, corría a las vías a
esperar el tren. Miraba a los migrantes. Buscaba entre la gente. Ella no sabía
olvidar, ella no podía olvidar. El padre se acercó y le dijo- te vez cansada
Claudia-, sigues pensando en lo mismo, han sido tres años. Le tomó la mano,
ella se dejó guiar, la llevó al traspatio, había mucha maleza. Le contó una
historia de crímenes, de ultrajo. Se confesó ante ella. La frase se quedó en el
aire -Esa noche solo estuvimos Dios, los militares y yo-. Por eso siempre los
cuidaba, por eso siempre intento salvarlos. Entonces ella comprendió, se tiró a
la tierra y lloró. Corrió a su casa y abrazó a su hijo, lo miró a los ojos ahí
estaba él.
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miércoles, 10 de septiembre de 2014
Él más allá
Ella no sabía definir adecuadamente cuáles
eran sus enojos. Tenía que pensarlo muy bien. Mirarse al espejo y repasar de arriba
abajo las palabras. No sabía que le provocaba un temblor. Saberse correspondida
o aquellas palabras que le provocaban duda.
Esa persona, le causaba un
sentimiento de asombro, pero también de pánico. Su voz, no la podía olvidar y
se enmarcaba junto con ciertos recuerdos. Que le provocaban cierta risa
nerviosa. Él no era la persona más sensata, la trataba bien, la trataba mal, la
trataba. Ella no quería repasar las veces en las que no había entendido
claramente qué estaban haciendo. Hablando, tranquilizándose, ¿coqueteando?
Probablemente un conocimiento de
causa tenían los dos. Sabían bien como les afectaba la indiferencia. Él la ejercía
magistralmente, sabía cuando hablar, cuando ignorar. Ella también sabía, a
veces era amistosa y en otras ponía una línea de separación descomunal
irónica. Las líneas no les agradan, pero sirven de algo. Después, ella resentía
sus ejercicios de despojo y regresaba a él.
Una palabra entonces, una amable,
hay que deletrear. Es extraordinario lo que puede hacer una sola, abandonada, ¿cómo
una gota de lluvia, se puede convertir
en un chubasco torrencial?
Pero siempre una mirada, vale
más. Entonces él, soltaba, la soltaba, -no deberíamos vernos jamás. Y entonces…
solo existe él, más allá.
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martes, 2 de septiembre de 2014
Dolores como síntomas
Dolores, te llamarás así porque
no tienes solo un nombre. Tienes que ser más inestable, grosera, evasiva,
sofocante para que te escuchen, los que saben.
Categóricamente eres una persona
ágil. Pero en el fondo eres inusual. Me gustaría tomarte por sorpresa y hacerte
menos. Decirte las cosas de frente y que de repente tu hermoso rostro, se
paralice y llore.
Dolores, eres lo único que tengo.
Por tu corazón de piedra. ¡Maldita! Muy tarde se comprende lo mucho que se
necesita, como una droga. Sin embargo tú no eres la que me va a salvar. Más
bien todo un dolor de cabeza descomunal.
Nadie te va a poder amar, decían
y al final sí pudieron quererme. Y trastocar todo mi ser hasta dejarlo roto. Me
colocaron un nombre, me ordenaron cierto comportamiento, siempre negué la
necesidad de hacerlo. No quiero y me voy a ir, porque yo lo digo.
Dolores, fueron mejores los años
en los que no te nombraba, si en algún
momento quería tener la oportunidad de mirarte fijamente y decirte cuanto te
necesitaba, ese momento se esfumó. Porque eres evasiva como un animal, perdido.
Nunca dejas que te tenga. Si no entiendes mi agonía, entonces no te puedo
querer, me dije y te dije.
La mitad de las personas piensan
que pueden decirme como sentir. Debido a que se sienten tan infelices con ellos
mismos. La Soledad es muy dura. Pero yo también tengo lo mío. Soy egoísta, doy,
como quito. La paciencia debería ser mi amiga. Pero los que me amaron nunca
comprendieron esa desazón que provoco en quien me quiere.
Dolores, eres brisa fresca en
atardeceres impunes. Cuando estaba agonizante me dejaste tirado. En medio de la
nada, sudando por la fiebre, te fuiste lastimera y no me miraste.
El escuchar no es una de mis
cualidades, más bien me gusta dar, una y otra vez, estar en ese punto en el que
me convierto en síntoma, no en continuidad. Me gusta dar todo lo que puedo.
Cuando me voy, ya no tengo nada, esa es mi mayor anhelo, puedo y soy muy
complaciente, acompaño un rato. Después simplemente me evado.
Ayer tomé mi medicina, Dolores.
¡Adiós amor, me voy!
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lunes, 25 de agosto de 2014
Un museo de grandes novedades
Un museo de grandes
novedades.
Repetimos, siempre repetimos
lo mismo, es como si no aprendiéramos de la historia. La soledad, es algo que
no podemos ni pensar y entonces buscamos a quien asirnos, para no estar solos. Te
conocí un día, no seguramente no lo hice. Tampoco ahora, aunque pueda saber que
vas a hacer, conozco los gestos, los nervios, la tristeza. Te tenía idealizado
en mi mente eras la persona que debía estar conmigo, toda la vida soportando
mis estupideces. Cuando te reencontré supe que estaba en un camino difuso de
convulsiones crónicas. Sabía que íbamos a hablar pendejadas y seguramente
confirmaría mis sentimientos. De deseo, pero también de miedo. No estábamos
ninguno de los dos en la mejor posición. Estábamos atolondrados por la novedad.
Éramos los mismos, pero ya no tanto. Nos alabábamos entre nosotros -que si ya
eres diferente-, -que si cambiaste de cierta manera-. No podíamos aceptar que
la habíamos regado por completo. Yo quería jugar con mis sentimientos, negar un
poco mi realidad, tú querías también tomarme por sorpresa, mirarme, decirme que
la regaste, hace mucho. En ese momento de antaño, yo también resguarde mis
heridas, las viví en verdad, estaba jodida completamente, pero eso te alejo
más. No me arrepiento, momentos felices vivimos separados. Actualmente estoy
convencida que los seres humanos, no podemos estar solos, somos seres
gregarios, necesitamos a los demás, sin duda digo muchas obviedades. Queremos
el afecto de los otros, aunque no sea lo más adecuado, aunque nos lastime y
lastime a nuestros seres cercanos. Tus palabras son intoxicantes me dejan volar
un rato. Pensar en las posibilidades de algo diferente. No en algo que
necesariamente tiene que hablar de tu persona conmigo. Sino de otros conmigo. ¡Alto! me digo,
esto no puede ser. Acuerdos, aunque duelan, aunque veas que la otra persona que
está contigo tampoco es feliz. Estaré sometida. Esquizofrénicamente voy a
escapar a otros lados en mi cabeza y al final voy a regresar con los míos. Con
los que quiero, con lo que no quiero, con los que tengo un conflicto, con los
que amo y también con los que odio. Y tú vas a estar ahí, aunque me de miedo.
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martes, 19 de agosto de 2014
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